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Fútbol y letras
László Darvasi

La pregunta
¿Por qué no brindaron los húngaros con cerveza durante 150 años entre 1849 y 1999?
Porque en Hungría se bebe más vino y la cerveza no tiene tradición.
En homenaje a los militares húngaros de 1848–1849, que fueron ejecutados mientras sus verdugos tomaban cerveza.
Los húngaros nunca brindan porque según la superstición trae mala suerte y despierta a los malos espíritus.
Respuesta

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Viceversa
Baltasar Porcel

Chocolate perfumado y fino

Traducción de Antonio Manuel Fuentes Gaviño

Fuente: Las primaveras y los otoños
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… sí, chocolate perfumado y fino. En Budapest, claro. Una tarde que me encontraba yo, distraído, con el Journal del pintor Delacroix sobre la mesa y bebiendo de vez en cuando un sorbo de chocolate. Yendo obligatoriamente por el mundo, como es mi caso, te agarras unos aburrimientos endemoniados. Me he tenido que aficionar a dos cosas para solucionarlo: a los museos y a la historia de cada lugar. La pintura son ’santos’ y los hechos del pasado también: una maraña de gente y de batallas, todo junto… –Bajó la voz, guiñó un ojo–. Y a las mujeres también me he tenido que aficionar, que muchas veces resultan muy suculentas, ja, ja, ja…

Los otros corearon la risa de Joan Pere Tudurí. El viejo Honorat protestó:

–- Sí, éste con la excusa de los despertadores de los órganos, ha ganado la lotería.

–- Leía concretamente aquella tarde –continuaba Tudurí– la nota del 3 de abril de 1847 en la que Eugène Delacroix escribía con admiración de la casa del Duque de Morny, donde había estado: “J’ai vu là un luxe comme je ni l’avais vu encore nulle part.” Lo leía, digo, cuando la vieja dama, sentada en la mesa contigua, me miró de manera hipnóticamente fija y me lanzó, también en francés: “Nunca sabrás, querida Júlia, dónde o cómo te llegará la desgracia o el bienestar. ¡Qué desconcierto que el ser humano obtenga o conserve la vida, siendo ésta tan compleja y en esencia frágil como es, comenzando por el propio mecanismo corporal, y en cambio le falte algún indicio fiable sobre el destino que le espera!”.

Sorprendido, lancé un manotazo al aire con el que acerté a darle de refilón a la jarrita del chocolate derramándolo y salpicando un busto de mármol, recamadísimo, de Mihály Vörösmarty, el insigne poeta romántico cuyos versos lanzan los húngaros cada dos por tres, y que, seamos francos, no me agradan nada. ¿Lo conoces, por casualidad?

–- ¿A quién? –preguntó Cristòfol Mardà, que había acercado la silla.

–- A Vörösmarty –precisó Joan Pere.

–- ¿Y quién es el mártir este? ¿Un cristiano perseguido por los comunistas que hay en Hungría? –preguntó Benat el Sabio.

–- ¡Tío, no fastidies, se trata del poeta! –se impacientó Tudurí. Yo estaba en el café que se llama Vörösmarty, y que es el antiguo salón Gerbaud de Budapest, quiero decir la parte de la ciudad que se llama Pest, la llana y más nueva, porque la primitiva, Buda, está sobre una montañita. Y en el café había entonces, debe de estar todavía, un busto del poeta Mihály Vörösmarty.

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