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Gábor Németh

Me toman por español

Traducción de Eszter Orbán

Fuente: ¿Eres judío?
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Este texto del escritor húngaro Gábor Németh, en su versión original publicada en la revista ’Lettre Internacional’, venía dedicado a Javier Marías. A continuación, el escrito fue publicado como parte de la novela ’¿Eres judío?’, libro celebrado tanto por la crítica como el público.

Quizás haga falta una botella de vino, corpulento y purpúreo, como si estuviera bebiendo la sangre, ennoblecida hasta convertirse en vino, de un toro sacrificado hace mucho tiempo, para evocar con exactitud la sensación, la ola de calor del deleite que sentí al oír la frase alucinante de la chilena: du sein spanisch, o do you spain, una frase absolutamente increíble, si bien, sin lugar a dudas, me lo podría haber preguntado en español, ya que su lengua materna, al contrario que la mía, era realmente el español, pues nada podría haber sido más natural que, de haberme tomado por tal, me preguntara en español, pero no, me preguntó en la lengua del país en cuya tierra había levantado su caseta, entre juegos de madera, libros llamados de arte, jerséis incas, falsos instrumentos musicales de África, y es que estábamos en Frankfurt, en la Feria del Libro, donde el Schwerpunktthema era mi país, y no precisamente España, yo mismo estaba envuelto en diseño danés, aquel día llevaba un traje de lana, de color gris oscuro, un modelo en todos los sentidos up to date de la firma Cottonfield, de 1999, con una camisa de tenis, también de la firma Cottonfield, de color gris tenue, con tres botones y mangas largas, que llevaba sobre una camiseta negra, pero calzaba unos zapatos españoles, de ante negro que, sin embargo, la chilena no podía ver, aunque sí mis repetitivas vueltas concéntricas, la determinación recatada, con la que volvía una y otra vez de entre la muchedumbre, para echar, una vez más, una mirada de soslayo a la pieza, sin duda alguna, más preciada de su colección, un brazalete de plata brutal y pesado, que protestaba por su cruda belleza, y que parecía ser el perfecto obsequio amoroso, pero su precio coincidía prácticamente con el límite superior de la suma destinada a regalos, así que, por lo menos con respecto a ellos, debería haber elegido entre mi amor y nuestros hijos, y yo me considero un padre emotivo y abnegado, sin embargo, la joya me había dejado hechizado, era el emblema de todo lo que me inclino a imaginar irresponsablemente sobre las posibilidades de nuestra vida en común, sobre que nunca moriremos, que después de que hayamos dejado atrás el lastre del tormento terrenal, ese montón confuso de los llamados deberes, nos esperará el tiempo de la eterna juventud, viajes, décadas pasadas ociosamente en estado de duermevela en países exóticos, era eso lo que sugería la joya, consentía ese anhelo imposible e infantil, prometía esa vida, pues en mis vueltas, en mi eterno retorno había algo de ansia melancólica, y en mi postura estaba el orgullo herido del escritor de incógnito, al que los funcionarios de su patria en el último momento habían encontrado falto de peso y habían tachado de la lista, sentía pues el orgullo del ofendido y también melancolía, la chilena, con su sentido impecable, atávico, era consciente de ello, le habría parecido típicamente español eso de que la mezcla de dos sentimientos se quedara entumecida en una mueca, y no mis rasgos, según algunos, latinos, según otros judíos, sino lo que emanaba de mis decididas vueltas, de La danza del Buitre, la locura domada pues, pero de esto, desde luego, me estoy formando una idea solamente ahora, en el momento de escribir este texto, solo ahora me pongo a pensar por qué me sentí contento de que ella me tomara por español, y, de hecho, ¿qué significa que alguien sea español?, ¿cómo es un español, más concretamente un hombre español?, ¿con qué asocio España?, no “con matadores de toros, con crímenes de brocha gorda y nunca perfeccionados, con gente vociferante y poco urbana, con tricornios, levantadores de piedras, botijos, guitarra”, no, sino que pienso en mi padre, en sus viajes oficiales a España, los partidos de fútbol, el FC Barcelona y el llamado Equipo Real, las anécdotas sobre los miembros del Equipo de Oro húngaro emigrados a España, los zapatos perfectos, cortados para pies estrechos, los relojes de oro y los abonos permanentes para los estadios, el trato de Don para todos, las palmeras, los cafés calientes, el vino, la paella, los objetos horteras: la pica que mi padre me había traído desde Madrid, en efecto, mortalmente peligrosa, su punta hecha aun más vil mediante un pequeño gancho estaba protegida por un corcho ridículo, sin embargo, pese a toda su ridiculez, me inclinaba a imaginar en torno al corcho historias lascivas sobre mi padre, que había pasado la noche rodeado de ardientes bailarinas, unas cuantas Cármenes, que adornaban su melena, negra como el cuervo, con unas rosas rojas, de aroma sofocante, por lo tanto, el corcho que reducía la punta de la pica, se había estrellado desde una de las incontables botellas abiertas, contra el brocado del techo del burdel, luego contra el regazo de mi padre, para, finalmente, salir de allí apretado entre dos labios llenos y húmedos por el vino; una botella de cristal azogado, con brandy español que habían animado con licor de café; una hoja en miniatura, de dónde si no, de Toledo, con la empuñadura dorada; una carroza diminuta, con estupendos caballos, encima de nuestro televisor; un saco de cuero de vaca, en el que llevaba todos mis trastos al comenzar mi época de veinteañero; el autorretrato del joven Velázquez en la Brera de Milán; María Schneider, en El reportero, mordisqueando su lápiz mientras estudiaba a Gaudí; el propio Gaudí, atropellado por el autobús, agonizante en un asilo; el ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, por supuesto; una bacía con el borde roto; un actor búlgaro haciendo del Goya demente en una película; un amigo mío que se había preparado para su viaje a Madrid con un manual de español de fin de siglo, por lo cual era capaz de refunfuñar sin faltas en materia del planchado de calzones y de almidonado de puños; la Fiesta; un racimo de uvas; el ensayo de Borges sobre el tango; la autobiografía de Luis Buñuel; una palma de una mano de la que salen hormigas; el bigote de Dalí; los camareros en Tossa de Mar, su orgullo oculto tras una impecable cortesía, las rocas en la bahía, el rostro de mi hija al levantar la cabeza cuando se quedó a solas con el mar por unos instantes; Unamuno y Ortega y Gasset; Lope de Vega, en su lecho de muerte, diciendo “Dante me aburre”; un ciego que ha recibido una patada en su estómago; la cara de una niña en la película Cría cuervos de Saura, una canción, de la misma película; y, finalmente, la cantinela infantil, Miente López, miente Gómez, pero al final todos tan francos*, y todo esto junto – que ser español puede ser, sin duda, una cosa grandiosa, trágica y atractiva, que la palabra español, en mi lengua materna, se encuentra en una sujeción inseparable, llamada fraseológica, con la palabra loco, el español loco, para nosotros, los húngaros equivale a lo que es el húngaro loco para G. B. Shaw, por ejemplo, y aunque “la imagen de un país no la dan precisamente aquellos que van por sus calles, ni siquiera el resto de sus ciudadanos, que tienden a sufrir la cada vez más común o planetaria alucinación de que la propia imagen es aquella que se les muestra en televisión”, detrás de la locura de los españoles, pese a todo, se vislumbra la trágica ópera del catolicismo y un imperio mundial hundido, mientras que tras la nuestra, la de los húngaros, el lanzamiento de la flecha hacia atrás, la carne reblandecida bajo la silla de montar, y la leche de yegua fermentada, o sea que sobre la locura de los españoles hay algo de moho noble, el reflejo de lo trágico, mientras que la de los húngaros es simplemente ridícula, así que, al fin y al cabo, es posible que la fuente de mi deleite no fuera que la chilena me tomara por español.

Sino que no parezco húngaro.

Notas:

* Dicho húngaro de tono humorístico sobre España, porque imita la musicalidad del español (Lop ez, lop az, és minden frankó lesz).

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