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¿Cuál es el título original en húngaro de la novela más famosa de Sándor Márai El último encuentro?
La historia de una amistad
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La holgazanería robada

Traducción de Judit Krasznai

Fuente: El perro catalán
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El mejor test de inteligencia consiste en ver qué hace uno con su llamado tiempo libre. Pocas mujeres y menos hombres aún, tienen carácter suficiente para hacer el vago. El tiempo que se desperdicia con placer no es tiempo perdido. El sol ya se ha puesto; este lento día se ha acabado también y, antes de darse uno cuenta, sopla ya el viento nocturno. El descanso es el mayor reto posible.

Y al día siguiente irrumpió el verano; la temperatura era de veintidós grados. Los capullos maduros hicieron eclosión en los árboles. En dos o tres días los alrededores se llenaron de melocotoneros y almendros en flor, además de las omnipresentes flores silvestres. La llegada de las cigüeñas puso el broche final. En cuanto a las garzas reales, parecía como si no se hubieran ido nunca.

Independientemente de donde uno tomara asiento, la costa se hallaba aún relativamente vacía. En medio de aquella falta de humanidad el mar tenía tiempo para desvelar su verdadero rostro. El cabra loca de Gyé, después de subir y bajar corriendo el cerro vecino, donde se escondía la capilla de No Sé Qué Santo, y de llenarse los brazos y las piernas con las heridas de Cristo, nadó hasta las rocas. El agua de la piscina de la casa era más fría que la del mar.

Luego bebieron y comieron. O al revés. No tiene sentido enumerar lugares ni nombres de los restaurantes.

Lo que es seguro es que, al margen de las pintadas con la palabra “¡INDEPENDENCIA!”, los catalanes son extremadamente amables, por no decir apacibles, con los turistas. Aunque es mejor no ir a sus naranjales sin invitación, tal y como lo hizo Gyé. Porque disparan. No se ven camareros con caras largas o malhumoradas. Sin embargo hay muchos ancianos sumidos en un plácido estado de bienestar. En el interior del café tiene lugar una tertulia de ancianos, animada y ruidosa. Estáis en la terraza, tomando un Veterano, un coñac ligero, popular y barato, y sabéis que desde la parada de taxis situada en frente, a cinco metros de allí, salió el coche cuyo conductor hubo de extrañarse forzosamente cuando Dalí, levantándose de la mesa, dijo:

“Vamos a París.”

Por consiguiente, estáis en Figueras (en catalán Figueres): aquí uno se arregla mejor con el francés que con el inglés. Bajo los cuadros y las estatuas que quedan por encima de sus cabecitas desfila un grupo de niños ricos y pobres de preescolar. Un cuadro de Dalí sobre Picasso: Yo conocí al Emperador. Los nombres no son necesarios. Mejor dicho, sólo hace falta uno: CADAQUÉS. U otro más: ALMADRAVA. Y tomar licor de manzana o de avellana, o sangría barata, a diez metros de las olas que se estiran sobre la playa.

Luego por la noche, una única botella de vino tinto cuesta tanto en un restaurante como el salario de un mes en nuestro país. Así que nada de vino tinto, claro.

Es el paraíso de los niños pequeños y de los perros: si un perro se tumba en la carretera, todos los coches se paran. Resulta tan conmovedor como musitar una oración en una basílica de gótico reconvertido en barroco, en unos claustros, tremendamente altos, situados por encima de las nubes.

El mejor test de inteligencia consiste en ver qué hace uno con su llamado tiempo libre. Pocas mujeres y menos hombres aún, tienen carácter suficiente para hacer el vago. El tiempo que se desperdicia con placer no es tiempo perdido. El sol ya se ha puesto; este lento día se ha acabado también y, antes de darse uno cuenta, sopla ya el viento nocturno. El descanso es el mayor reto posible.

La holgazanería robada, como el beso robado, son los auténticos, dice Gyé.

Si holgazaneas, no seas solitario. Si eres solitario, no seas holgazán, dice el anfitrión.

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