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¿Dónde está Pécs la Capital Cultural de Europa en 2010?
En el Sur.
En las montañas del Norte.
En la Gran Llanura.
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Géza Csáth

Balassi Institute
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Rincones literarios
Carne y piel

Anita Moskát
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Tardaron cinco meses en criar a Kirill en el centro de socialización.

El primer día se lo pasó vomitando. Le daba náuseas el olor de la sala: el detergente en el suelo, el desinfectante en su propia piel y el penetrante hedor a lejía en el aire que le hacía saltar las lágrimas. No sabía dónde estaba. No comprendía por qué su corazón traqueteaba. Solo percibía que algo no iba bien pues no hacía mucho había estado corriendo entre los árboles, haciendo retumbar con sus patas la tierra, y ahora se hallaba tumbado boca arriba en un camastro, con el cuerpo rígido y los músculos ardientes, pudiendo mover únicamente el cuello para ver a los demás recién nacidos que gimoteaban cerca de él.


Tardaron cinco meses en criar a Kirill en el centro de socialización.

El primer día se lo pasó vomitando. Le daba náuseas el olor de la sala: el detergente en el suelo, el desinfectante en su propia piel y el penetrante hedor a lejía en el aire que le hacía saltar las lágrimas. No sabía dónde estaba. No comprendía por qué su corazón traqueteaba. Solo percibía que algo no iba bien pues no hacía mucho había estado corriendo entre los árboles, haciendo retumbar con sus patas la tierra, y ahora se hallaba tumbado boca arriba en un camastro, con el cuerpo rígido y los músculos ardientes, pudiendo mover únicamente el cuello para ver a los demás recién nacidos que gimoteaban cerca de él.

Más tarde comprendió lo que pasaba a su alrededor. Que una mano que asomaba de debajo de una bata blanca insertaba un chip bajo su piel y le ponía unas vacunas. Que debido a la metamorfosis, sus músculos eran aún blandos e inexpertos, y por eso no podía moverse. Que unos trabajadores sociales les ponían la comida y ellos la engullían ruidosamente, y cuando la papilla de sémola se desbordaba de sus bocas, la recogían del suelo con la lengua.

––Ya no sois animales – les iban diciendo, aunque ellos al principio no entendían ni siquiera las palabras. – Debéis aprender a vivir como humanos.

Cuando los vistieron por primera vez, Kirill se alarmó, la tela le raspaba la espalda, el borde de la camiseta le estrangulaba. La segunda piel parecía estrecha, una cárcel que picaba y en la que querían encerrarlo. Agarró la mano del trabajador social y le mordió la muñeca. Luego se echó al suelo e intentó librarse de la ropa, estuvo allí revolviéndose por el pavimento hasta acabar tumbado, exhausto. .

Tuvieron que aprender a andar a dos patas. Se aferraban a una barra instalada a la altura de la cadera y avanzaban a tropezones y con los tobillos inclinados hacia dentro. Sus rodillas chirriaban y sus plantas rozaban el suelo pesadas como plomo. Algunos dejaban de luchar y empezaban a corretear a cuatro patas, aunque con sus extremidades de nuevas proporciones eso no resultaba en absoluto más fácil y se caían continuamente de bruces.

––Solo recibirán cena los que lleven ropa y se pongan en la cola a dos patas – decía el trabajador social al golpear el caldero con el cucharón. – Y los que usen el lavabo, claro.

Al principio, muchos cagaban al fondo de las salas. Intentaban enterrar la mierda rascando con sus garras y garfas el linóleo, mientras que los engendros celosos de su territorio manchaban las paredes lanzándoles chorros.

Semana tras semana se volvían más diestros y comprendían más cosas del mundo. En cuanto pronunciaban las primeras palabras, los trabajadores sociales les ponían aleatoriamente un nombre de una base de datos. Kirill trató de articular el suyo entre dientes. Kirill, Kirill, Kirill – como la rama que cruje bajo las patas. Pusieron detrás también su género: Capreolus -como un carraspeo catarral.

Lo que más le gustaban eran los ejercicios de pronunciación. Contemplaba hechizado los labios del instructor que formaban voces y trataba de memorizar cada palabra, sin embargo huyó de las actividades de manualidades en varias ocasiones. Lo encontraron en el lavabo y lo llevaron de vuelta entre reprimendas a la sala donde estaban los demás. A veces tenían que pasar objetos con foma de luna, estrella o cruz por unos agujeros con las mismas siluetas, otras, levantar torres a partir de cubos de construcción. A nadie le importaba que Kirill careciera de manos para las manualidades, dejaban que bregara con los cubos cogidos entre las patas. Todo su cuerpo se concentraba, sus orejas de corzo se estremecían. El movimiento le resultaba ajeno. Las patas no estaban destinadas a eso. En una ocasión, extendió la pata para coger la siguiente pieza, la acercó a la punta, pero el cubo se le cayó de entre los dos córneos bloques, arrasando la construcción a medio hacer.

El engendro de gata que trabajaba junto a él se rio de Kirill. Alargó la mano, entrando en su territorio, y le arrebató unas columnas. Levantó todo un palacio. Ante ella lucían arcos y balcones. En su mano izquierda se alineaban tres y en la derecha cuatro dedos humanos. Los agitó jactanciosa. Ella lo tiene fácil, pensó Kirill, tiene fácil reírse. Soltó un bramido y cimbreó la pata, cual si fuera una cachiporra, hacia el castillo de la chica; un alud de cubos de construcción cayeron al suelo con gran estrépito.

–– Tienes que controlar tu ira – le dijo luego Laura, una trabajadora social, en su despacho. A Kirill le caía bien la mujer, no usaba jabones perfumados como los demás. -No podemos dejar salir del centro a los que presenten señales de agresión.

Kirill estaba sentado frente a ella con las patas encogidas, ella no podía quitarle los ojos de encima.

–– La metamorfosis es injusta -dijo. Hacía unas escasas cinco semanas que practicaba el habla, las palabras aún le salían a la lengua de una manera extraña, como si estuviera masticando algo incomestible. -¿Tú no te parece?

––Claro que sí -reconoció Laura. – Según tenemos entendido, en la actualidad depende de la suerte qué y cuántas partes del cuerpo animal se puede conservar. La has cagado con las dos patas, ya lo sé, pero tienes que sacar el máximo partido de tu situación. Y reconoce que podría ser peor.

En el centro se impartían en grupos especiales clases de lengua de signos para los engendros incapaces de hablar. Había quien conservaba las patas traseras y no las delanteras, de su cadera humana colgaban dos inútiles patas de gallina. Un hombre grúa tenía un esbelto cuello de ave que no podía sostener la nueva cabeza de sapiens, por tanto ese engendro se pasaba el día jadeando en su camastro, y cuando se incorporaba, descansaba el mentón en la palma de la mano. Kirill alcanzó a oír una conversación de los de la bata blanca, que se disponían a sacrificarlo. Su cuello era tan débil como un espagueti.

––Puedes aprender lo que quieras -prosiguió Laura -. El primer año, vuestro cerebro está fabuloso, tienes que aprovechar su capacidad. La mayoría queréis daros el piro en seguida, sí. Cierto es que los manitas son inmediatamente contratados por las fábricas, pero tú podrías quedarte en el centro para seguir estudiando. Aquí tienes la oportunidad.

A Kirill le hubiera gustado trocar esta oportunidad por unos dedos humanos. Nunca sería capaz de desenroscar el tapón de una botella de refresco, ni abotonarse la camisa. No comería con cuchillo y tenedor, ni conduciría un coche, ni tocaría el violín, ni se haría el lazo de los cordones de los zapatos, ni agarraría el asa de un tazón. El mundo estaba diseñado para los sapiens, todas las herramientas se ajustaban a sus manos, aunque el cuerpo de un corzo no era peor que el de los humanos.

Kirill dijo lentamente, saboreando las palabras, para hacer el menor número posible de errores:

–– Si un día salo del centro, invento objetos que funcionan con patas. Los sapiens tratarán usarlos llorando. Esto será justicia para nosotros.

Laura lanzó un suspiro. Kirill sabía ya distinguir varios tipos de suspiros, el impaciente, el iracundo, el resignado, pero ese ahora le pareció más bien compasivo. La mujer meneó la cabeza:

–– Tendría que poner en tu ficha -dijo – que eres hostil con los sapiens.

Traducción de Eszter Orbán y Elena Ibáñez

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