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“Hija de inmigrantes”. Autores húngaros más allá de las fronteras

Eszter Orbán
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¿Cuál es el rasgo común de conocidos personajes tales como Sándor Márai, Agota Kristof, Béla Bartók o Ferenc Puskás? Pues que todos ellos murieron en la emigración. Como tantos otros, tras haber abandonado su país natal por motivos económicos, políticos o personales, hallaron acogida en algún país europeo o fuera del continente. La historia de la literatura húngara también está entretejida por el tema de la emigración y el encuentro de culturas y lenguas. A continuación vamos a hacer un repaso breve por los autores húngaros que realizaron parte o la totalidad de su obra en el extranjero. Nuestra lista, por supuesto, no pretende ser exhaustiva.

A lo largo del siglo XX, Hungría tuvo varias olas de emigración, de las que la primera se dio en 1919, tras la derrota de la Comuna. Entonces, muchos artistas vanguardistas, que en su mayoría simpatizaban con los movimientos obreros, se vieron obligados a abandonar el país, en el que el “terror rojo” fue reemplazado por el “terror blanco”. Entre ellos estaba Lajos Kassák, uno de los más grandes de las vanguardias húngaras, también reconocido internacionalmente como pintor. En 1919, escapado de la cárcel, Kassák emigró a Viena, donde continuó publicando su revista Ma (Hoy), uno de los documentos clave de la vanguardia húngara. Kassák, como muchos otros emigrados, regresó a Hungría en el segundo lustro de la década de los 1920. París, Berlín, Londres, Moscú y cuidades transilvanas y rumanas fueron otros destinos de escritores, artistas e intelectuales forzados a emigrar tras la caída de la Comuna.

Otra ola de emigración izquierdista sacudió el país durante la Segunda Guerra Mundial, seguida por un masivo éxodo, de signo opuesto, durante los primeros años del comunismo y en 1956. Márai emigró a los Estados Unidos en 1948, tras reconocer que el nuevo régimen constituía una amenza mortal para el liberalismo burgués y , por tanto, para las personas con raíces e ideología burguesas como él. Hasta el último momento, se aferró a encontrar su hueco como intelectual de procedencia burguesa en aquel hostil entorno nuevo que amenzaba con acabar con la librertad de las personas: “Éste es el momento en el que hay que tomar una decisión. Y yo ya la he tomado: mientras aquí me quede todavía alguna posibilida de sobrevivir, no me iré, me quedaré, empeñaré mi último par de pantalones, me arrancaré el último empaste de oro de los dientes, pero no me marcharé. Porque mi lugar está aquí. Porque tengo derecho a vivir aquí. Porque soy un escritor húngaro”. Sin embargo, en 1948 la situación resultó ya insostenible, y Márai tomó la ardua decisión de abandonar el país: “Noche insomne. Interiomente comienzo a librerame de todas las cosas. En el momento en que rellené la solicitud en la que pedía a mi país un permiso de viaje, todo se volvió más sencillo”. Márai pasa por Suiza e Italia para, finalmente, entontrar la última estación de su exilio en Estados Unidos. Sus diarios, que forman parte de sus mejores textos, dan testimonio de la amargura de la emigración, de su trágica condición de apátrida.

Los escritores que salieron del país en 1956, forman una categoría independiente dentro de la historia de la literatura húngara a pesar de que, por supuesto, no se trata de un grupo homogéneo. Muchos de ellos colaboraban en revistas que tuvieron una larga vida, como Irodalmi Újság (Revista Literaria) o Magyar Mûhely (Taller Húngaro). El primer número de la Revista Literaria se publicó en Viena, en 1957, y más tarde se eligió Londres como sede. El primer redactor jefe de la revista fue György Faludy, poeta, escritor y traductor literario. Faludy huyó del fascismo en 1938 y fue a París, donde conoció a Koestler, nacido también en Budapest, y a destacados miembros de la emigración húngara. Su vuelta a Hungría resultó siniestra para él: después de detenerlo a base de falsas acusaciones, lo internaron en un campo de trabajos forzados. Esta experiencia, junto a sus años transcurridos en la emigración, la recoge en su autobiografía Mis felices días en el infierno.

Taller Húngaro se publicó por primera vez en 1962, en París, y se propuso ofrecer un espacio no solo a los escritores emigrados, sino también a aquéllos que habían permanecido en su patria, y que sin embargo, por motivos políticos, habían quedado marginados de la vida literaria húngara. Aparte de funcionar como revista literaria, Taller Húngaro se dedicó tambén a la publicación de libros. La existencia de estos órganos fue sumamente importante, porque permitieron la articulación libre de opiniones, que si no, en la Hungría comunista hubiera sido imposible. La revista sigue publicándose en la actualidad (http://www.magyarmuhely.hu/).

Kosztolányi dijo cierta vez que “un escritor húngaro es aquél que escribe en húngaro”. El propósito de este artículo está lejos de indagar semejante cuestión espinosa; es cierto, no obstante, que hay muchas personas nacidas en Hungría que, tras abandonar el país, se conviertieron en escritores en otro idioma, o que en la emigración empezaron a escribir en la lengua del país elegido. Agota Kristof dejó Hungría en el 56, a los 21 años, y escapó a Suiza. Comenzó a escribir en francés, y sus libros pasaron a formar parte, innegablemente, de lo más valioso de la literatura universal. Amenazado de ser internado en un campo de trabajos forzaos por haber criticado la política pro Alemania del régimen de Horthy, el escritor y redactor Ferenc Fejtõ, gran amigo del poeta Attila József, huyó de Hungría a París en 1938. Después de la Segunda Guerra Mundial regresó a Budapest, sin embargo, sus experiencias en la Hungría comunista lo convencieron de no volver todavía. En 1949 rompió definitivamente con Hungría, y solicitó asilo político en Francia. Allí se convirtió en uno de los intelectuales de más prestigio, y publicó varios libros en francés, entre ellos L’Histoire des démocraties populaires. Su obra más conocida redactada en húngaro se publicó en 1936: Viaje sentimental, un libro de corte autobiográfico, entre novela y ensayo.

No todos los escritores emigrados han dejado Hungría por razones políticas. Terezia Mora cambió de patria en 1990, convirtiéndose en una escritora en lengua alemana, reconocida entre otros, con el premio al mejor libro (Deutscher Buchpreis) en 2013 por Monstruo. Al llegar a Alemania se sintió una inmigrante más, que tenía que luchar para ser admitida y salir adelante. Además de importante escritora, Mora es una excelente traductora de obras de grandes autores húngaros contemporáneos. Otra mujer joven que recorrió un camino similar es Melinda Abonji Nadj. Nacida en Voivodina, Serbia, como miembro de la minoría húngara encontró el éxito como escritora en Suiza, país al que había ido a estudiar en la universidad de Zurich. En 2010 recibió el mismo premio que tres años más tarde recibiría su compatriota Mora. Muchos titulares anunciaron la noticia con la frase: “Hija de inmigrantes gana el premio a la mejor novela en alemán”.

Se podría dedicar un artículo aparte a aquellos “hijos de inmigrantes húngaros” que escriben en lengua española, como György Ferdinandy, Pablo Urbányi, Judit Gerendás Kiss o Adan Kovacsics. Lo haremos en un futuro próximo. Prometido.

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