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Pequeña Voivodinografía Húngara

Orsolya Bencsik
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Un fragmento de la novela de Orsolya Bencsik. La historia de una familia húngara en Voivodina.

“Estoy cavando una tumba”

Solo yo sabía que la abuela estaba fatal, pero yo tampoco me lo tomaba en serio. Cuando mi padre me llamó y me dijo que la abuela tal y cual, que había fallecido aquella tarde, y que él personalmente estaba convencido de que no sería inútil que yo estuviera en casa en estos momentos, es decir, que volviera a Serbia, no vacilé sino que llamé un taxi. El taxista vivía en el barrio de mis padres; yo tenía que viajar con él porque por la noche ya no había ni autobús ni tren, y el precio de los taxistas húngaros era prohibitivo, y mi padre no estaba para coger el coche y venir a recogerme.

Me sentía un poco culpable porque en las Navidades, la última vez que había estado en casa, no advertí a mis padres del estado de la abuela. Es que desde que la conocía siempre estaba más o menos fatal.

Camino a casa, el taxista y yo escuchamos música, y apenas pasamos la frontera, hicimos una parada en una gasolinera para que yo pudiera comprar cerveza. Mientras me la tomaba, el taxista me preguntó por la muerte de la abuela, y yo tuve que mentir (me lo habían pedido mis padres): que había muerto de un ataque de corazón. El taxista conocía a toda la familia, él solía llevar al mercado todos los sábados a la abuela y al abuelo, y me contó que no pensaba continuar con el taxi, que cuando le llegaran los papeles húngaros de doble nacionalidad en unos meses, se mudaría a Austria. Su hermana mayor vivía allí, la vida era mucho mejor, había más oportunidades y más dinero.

Le pedí que me llevara directamente al tanatorio. La abuela estaba allí tendida en la capilla ardiente, desmayada. Ya estaba todo el mundo allí velando el ataúd cerrado. Yo siendo la más joven, la que vivía más lejos, evidentemente fui la última en llegar. Es la definición.

No pude verla.

El entierro se celebró al día siguiente a las dos, porque en Serbia no pierden el tiempo, o como diría mi amiga Anna: “Al menos con los entierros no se andan con gilipolleces.”

Habíamos quedado en no llorar, aunque según mi hermana, a las lágrimas no se las puede frenar. Mi padre dijo que “solo una mujer es capaz de decir tal cosa”. Fue mi madre la que sacó de los armarios la toca de luto para todos y vistió al abuelo. Puesto que yo no tenía un abrigo negro, tenía que ponerme el de mi hermana mayor que era de tela, cuyo forro se había roto hacía años, pero mi madre dijo que no importaba ya que no lo vería nadie.

Los amigos de mi padre también asistieron al entierro. Karesz Énekes (electricista) vestido con guerrera militar, Tibike (pintor) llevaba abrigo de piel. Karesz Énekes estaba ya mamado, aun así charlaba tranquilamente con el abuelo. Mis padres habían comprado Fanta, Cockta, agua mineral (con y sin gas), aguardiente Kruskovac, barquillos rellenos y pogacha de queso. El abuelo comía lo segundo a dos carrillos, lo que no le sorprendió a nadie.

A Aranka, a la hermana mayor de mi madre, no la avisamos de la muerte de la abuela porque mamá pensaba que no tenía sentido. Aquella parte de la familia seguramente no habría venido. Sin embargo estaban allí los vecinos, los amigos radioaficionados del abuelo que estaban todavía vivos, los primos vivos de la abuela y del abuelo, la madre de mi madre, la hija de los padrinos de mi madre, el marido y los hijos de ella, las mujeres de los hijos, mi madre, mi padre, mi hermana y yo.

Mi madre escribió unas letras para el último adiós siguiendo las fórmulas preestablecidas, el maestro de coro lo cantó, pero el abuelo no se quedó satisfecho. La abuela fue colocada encima de su suegro (Antal), y el abuelo dijo que él yacería encima de su madre (Erzsébet).

No tiramos puñados de tierra.

Mientras los enterradores daban las paladas finales, el abuelo esperaba al borde de la sepultura apoyándose sobre la lápida. “¡Cómo echa de menos el tío Feri a la tía Magdi!”, cuchicheaba la gente, pero mi padre, mi madre, mi hermana y yo sabíamos que él solo quería ver de cerca si los enterradores hacían un buen trabajo.

Nadie tomó Kruskovac, y eso que yo pensaba que sería lo primero en agotarse. Cuando el entierro terminó, el abuelo quería llevárselo a casa para que no se echara a perder, pero mi padre se lo dio a los enterradores. Los sepultureros eran cuatro, el más joven había ido al mismo colegio pero a un curso inferior, y había sido novio de una lejana conocida mía. A los otros tres no los conocía.

El abuelo tiene 89 años, es pesado pero está vivo. La abuela tenía 85 años. Desde que la conocía, siempre me decía que “La vida no es una fiesta. No nos espera nada”. Toda su vida anheló la muerte. Mi padre no se lo puede perdonar. Yo tampoco. El abuelo está descaradamente alegre porque él sigue vivo, porque pensaba que él moriría primero. Le dice a todo el mundo que “La Mari estaba tan fuerte. Le gustaba tanto comer”, en realidad la muerte habitaba en el corazón de la abuela. Y en lugar de su alma solo había miedo.

Cuando en las Navidades le había dicho a la abuela y al abuelo que volvería a escribir sobre la familia, el abuelo se alegró, la abuela no. Entonces tuve la sensación de no poder escribir sobre la familia con precisión, pero pensé que con el paso del tiempo me saldría cada vez mejor. La abuela no quería aceptar que no podía prohibírmelo. Ella estaba fatal, pero solo camino a casa en el taxi, entendí que ella también lo temía.

Mi padre ahora está plantando rosas bajo la cuerda donde la abuela solía tender la ropa. El abuelo pidió comida a domicilio. (La recoge a través de la ventana.) En una cartera apuntó los costes del entierro, el nombre de los participantes e hizo el inventario de todas las pertenencias de la abuela. Mi hermana guarda en su cajón el grueso collar y la pulsera de oro de la abuela, a mi me ha tocado la bata negra. El taxista que está esperando los papeles húngaros, se mudará a Austria. Donde la vida es mejor, hay más oportunidades, más dinero.

Mientras, mi padre está cavando hoyos para los rosales, yo estoy escribiendo. Y mientras estoy escribiendo, tengo miedo de que todo eso se convierta en literatura, aunque claro, la literatura está hecha de esta clase de verdades. La abuela está hecha de la muerte de mi abuela, los costes están hechos de los costes de su funeral, la supervivencia está hecha de la desfachatez de nuestra supervivencia. Solo eso es seguro.

(En el texto arriba presentado se encuentran formas literales o distorsionadas en formas literales o distorsionadas.)

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