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Rincones literarios
Eszter Solymosi de Tiszaeszlár

Gyula Krúdy
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Imagen del pueblo de Tiszaeszlár
Imagen del pueblo de Tiszaeszlár

Eszter Solymosi de Tiszaeszlár es una novela del singularmente prolífico escritor Gyula Krúdy, publicada en 1931. La novela reconstruye la historia del proceso celebrado en 1883, en el que se acusó a József Scharf, conserje de la sinagoga de un pequeño pueblo del este de Hungría, de haber asesinado a Eszter Solymosi, una muchacha cristiana. Las supersticiones medievales y el profundo odio milenario hacia el Otro, esta vez encarnado en la persona del judío, alimentaron la infame acusación de que la comunidad judía había llevado a cabo un asesinato ritual.

Los caballeros de El cisne blanco

(Introducción)

El 7 de agosto de 1883, martes, ocurrieron en el mundo dos acontecimientos importantes.

Uno de ellos fue que Shapira, un comerciante de antigüedades inglés, expuso en Londres un manuscrito desconocido de los Diez Mandamientos; el otro acontecimiento señalado fue que un conserje de la sinagoga, de cuarenta y un años, de Tiszaeszlár llamado József Scharf llegó, en el tren de Miskolc, a la capital junto con su hijo y esposa.

Los Diez Mandamientos recién descubiertos estaban escritos en tiras de cuero de oveja y databan del siglo IX antes de Cristo: las diez únicas personas en el mundo entero que conocían las letras de aquella época, ya habían descifrado el contenido de la escritura invisible. Y la noticia hizo que los Diez Mandamientos, dictados por Dios a Moisés, salieran volando desde Londres al mundo.

El viajero de Tiszaeszlár, vestido con un desgastado abrigo de olor a cárcel, que acababa de bajarse del tren de Miskolc en la estación del barrio de Józsefváros y que recorrió con la vista a los mozos, estaba igualmente predestinado a que, al día siguiente, todos los periódicos del mundo publicasen la noticia de su prodigiosa liberación de la cárcel, el fin de su “cautiverio de Babilonia”. El viajero matutino no precisaba de mozos, pues allí estaba su mujer, una señora judía vestida de campesina joven, que cargaba con el baúl del señor Scharf, un hombre de aspecto respetable y robusto. A su lado tenía a su hijo adolescente de cara rechoncha y con sombrero de paja, que no dejaba de admirar lo que pasaba a su alrededor, y tomaba a los mozos de gorra roja por “viejos soldados”; con su sombrero de paja devolvía el saludo a los amistosos mozos, que trataban a toda costa de ayudar a “Lencsi” a llevar el baúl. Pero “Lencsi” no se dejaba.

El texto de los Diez Mandamientos recién descubiertos no se diferenciaba mucho de los Diez Mandamientos de Moisés antes conocidos. Esos en realidad no los había cumplido nadie: probablemente los Diez Mandamientos nuevos tampoco ejercerían un impacto muy grande en el mundo, ni siquiera si el anticuario recibía los diez millones de libras que había solicitado al museo inglés.

El viajero de Tiszaeszlár también habría pasado inadvertido entre aquella muchedumbre que desde el origen del mundo solía viajar en el tren de Miskolc a la capital, si un caballero entusiasmado, ruidoso y de rostro redondo no hubiera saludado alegre con la mano al conserje de Tiszaeszlár, que miraba alrededor perplejo:

––Bienvenido a Pest, señor Scharf. Ha hecho muy bien en traer también a su hijo Móric y a su mujer.

Ningún judío llegado en el tren de Miskolc había sido recibido en Pest con tanta efusividad como con la que el secretario enviado por la Oficina Nacional de los Israelitas celebraba al señor Scharf, recién salido de la cárcel. Quizás incluso hubiera dirigido un discurso al conserje puesto en libertad, si el señor Weinberger, también vecino de Tiszaeszlár, que había viajado en el mismo compartimiento que la familia judía, no hubiera dicho:

––Vámonos ya, József Scharf, no sea que esos mozos nos acaben pegando.

Sucedió pues que Weinberger de repente se acordó de que, a lo largo del prolongado viaje nocturno, había contado a algunos viajeros, a modo de judío del campo, qué otras personas famosas viajaban en el tren. Aquel viejo, József Scharf, no era otro que el judío de Tiszaeszlár que había sido acusado de asesinar a Eszter Solymosi; y el niño con pecas, a su lado, no era otro que su hijo, que ante el tribunal había acusado a su padre, cara a cara, del asesinato; pero los males habían acabado ya, padre e hijo se habían reconciliado y como invitados de los judíos de Pest, habían venido a la capital para divertirse.

Muchos sabían de los vergonzosos asuntos de los Scharf, incluso los mozos de estación. Y esos maleteros rudos no se pusieron muy contentos cuando corrió la noticia de la llegada de aquella familia en el tren. Los rodearon amenazantes:

––¡Viva Istóczy!-se oyó un grito entre el murmullo del gentío de la estación.

Y al instante se oyó otro grito:

––¡Viva Móric Scharf!

Se vitorea fácilmente entre la muchedumbre que llega en el tren mixto de Miskolc a la capital.

De pronto, los Scharf se vieron rodeados de gente que los vitoreaba y que los amenazaba.

Sin embargo, el secretario de la Oficina Nacional de los Israelitas se había encargado de antemano de buscar un coche, que ya esperaba a sus invitados delante de la estación. Era un coche de alquiler de Pest tirado por dos caballos. En él hizo sentar el secretario a padre e hijo, subiendo él mismo cuidadosamente al pescante. Solo cuando el coche de alquiler estaba ya en pleno camino traqueteando, se percataron de que la señora judía vestida de joven campesina se había perdido entre la muchedumbre.

––No hay que preocuparse-dijo el secretario volviendo la cabeza desde el pescante-. Weinberger nos seguirá con la señora “Lencsi” en otro coche.

La familia judía llegada a Pest recibió alojamiento en la posada de El cisne blanco, en la que, en aquellos tiempos, les gustaba alojarse a los judíos de las provincias. La posada era un edificio vetusto, de un solo piso, enfrente del que fuera el Teatro Nacional. El ventero se llamaba Weingruber, y saludó complacido a la famosa familia judía en su posada, no obstante aconsejó a József Scharf que lo mejor que podía hacer era ir de paseo con Móric y la señora “Lencsi”, efectivamente aparecida mientras tanto.

––Pero ¿a dónde vamos?

––Lo mejor será ir al zoológico-contestó el ventero.

El tren de caballos transitaba delante de la posada por la vía Kerepesi. El posadero acompañó a la familia hasta la parada del tren de caballos, los ayudó a subir a él, pero ya no pudo evitar su destino. Él y su casa, en la que los Scharf se habían alojado durante un rato, estaban ya señalados.

No era en el zoológico, sino en El cisne blanco donde todo vecino de Pest, que era capaz de ponerse en pie, buscaba a Móric Scharf.

*

Y eso que Pest (no contando las partes pertenecientes a Buda), por aquel entonces, tenía ya casi trescientos mil habitantes.

Y esas trescientos mil personas se pusieron en movimiento como electrizadas cuando al anochecer corrió la noticia de que los siniestros judíos, Scharf y su hijo, por cuya culpa Hungría llevaba un año a punto de arder, se alojaban en Pest en El cisne blanco.

Cierto es que los escribas desentrañaron, de entre las letras de los Diez Mandamientos recién descubiertos y expuestos en Londres, el siguiente mandamiento:

“No aborrecerás a tu prójimo en tu corazón. Soy Dios, tu Dios.”

Sin embargo, cuando aquel martes de agosto los nombres de ambos Scharf recorrieron las calles desde la puerta de Hatvan, cerca de la que se encontraba El cisne blanco, hasta la cafetería Central, en las inmediaciones de la estación de trenes, los vecinos parecían haberse vuelto todos locos y haber olvidado incluso los viejos Diez Mandamientos; para no hablar de los nuevos.

(…)

En Pest reinó durante casi diez días un estado de sitio, y al parecer el coronel Garibányi, que dirigía diariamente, delante del Teatro Nacional, al ejército movilizado, esperaba en vano poder retirarse con sus tropas al cuartel.

Eso fue lo que causaron los Scharf con su llegada desde Miskolc a Pest y con la inscripción de su nombre en la lista de forasteros de El cisne blanco, que en su día se publicó incluso en los periódicos: “József Scharf y su familia, de Tiszaeszlár”.

Los siguientes apuntes tratarán de relatar la historia de aquello que llevó a las cuatrocientas mil personas de la capital a perder la cabeza de esa manera, al enterarse de la llegada de los Scharf.

Traducción de Eszter Orbán y Elena Ibáñez

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