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¿Ese Este oscuro? El Niño de János Háy

Ana Robles
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Fragmento de un dibujo de Háy
Fragmento de un dibujo de Háy

Ha sido una empresa realmente audaz e innovadora la de la editorial canaria Baile del Sol, que el año pasado publicó una de las más importantes novelas húngaras de los últimos años, El niño de János Háy. La editorial se había propuesto ofrecer una pieza de la narrativa contemporánea del país, que reflejase los problemas que había tenido que afrontar aquella generación de húngaros cuya juventud se había desarrollado durante los años del cambio de régimen, y dio con la insólita y sorprendente, pero sin duda brillante, novela de Háy; un texto inconfundiblemente centroeuropeo.

János Háy es un autor polifacético: editor, poeta, narrador, dramaturgo, se dedica también a la pintura y al dibujo, es ilustrador de sus propios libros, y creador de sus cubiertas, que llaman la atención por sus preciosos coloridos. La riqueza de esos bellísimos colores, que parecen abrir universos enteros, contrasta en la mayoría de los casos con las sencillas figuras trazadas con unas pocas líneas, denotando angustia, temor o una profunda soledad.

El niño es la tercera novela de Háy tras dos títulos de corte histórico, uno sobre la mítica época turca en Hungría, y el otro sobre la fabulosa Italia del siglo XV. Ambas obras son producto de una fantasía desbordante, y abundan en lirismo y en sorprendentes metáforas. Sin embargo, ya esas primeras novelas de Háy escapan de los patrones convencionales y ofrecen una narración sumamente insólita, un estilo que difícilmente se dejaría encajar en ninguna casilla. Quizás quieran producir la misma sensación inquietante que tiene el lector al tomar en sus manos estos libros y ver las cubiertas: su belleza es siempre de tal naturaleza, que no nos permite relajarnos cómodamente en el silllón, sino que nos obliga a levantar la cabeza a cada momento, o a removernos inquietos en nuestro asiento. Ni mucho menos, sirven para evadirnos, por mucho escenario fabuloso, ángeles o amor eterno que tengan.

En El niño, Háy se despide del mundo de la fantasía para conducir al lector a la realidad pura y dura de la Hungría de las últimas décadas del pasado milenio, es decir, a las postrimerías de la “dictadura blanda” de Kádár, a los albores de la nueva democracia y de la economía de mercado. Sin embargo, el cambio de régimen no se representa en la novela de forma directa, el autor nos da a entender semejante transformación tan solo a través de la aparición de coches de marcas occidentales, de empresarios privados o de cursillos de yoga. Háy presenta este capítulo de la historia de Hungría y su sociedad desde abajo, sin enfocar los propios hechos histórico-políticos y centrándose en los destinos humanos en los que repercuten tales cambios.

El niño es una especie de novela de educación negativa. El protagonista del libro, cuyo nombre solo se conoce en las últimas páginas, y al que todos llaman el Niño, nace en un pueblucho de Hungría cerca de la capital. Su padre, consciente de la falta de perspectivas en ese lugar, quiere rescatarlo de allí y lo manda a estudiar a un insituto de renombre de Budapest. No obstante, el hecho de que pueda acceder a esta escuela no se debe a su talento ni a su rendimiento, sino a la discriminación positiva de la que gozaban durante el sistema comunista algunos jóvenes provincianos. La vida del Niño abunda en giros; el protagonista pasa por diferentes ciudades del país para finalmente volver, como director de colegio, a su pueblo y acabar siendo otro alcohólico más del lugar. Mientras tanto, el narrador, que no se detiene durante toda la narración, ni siquiera para tomar aliento, nos ofrece una serie de destinos humanos, uno tras otro, que son historias de fracaso iguales a la del Niño. De esa manera, la novela va más allá del lugar y el momento históricos, así como de la sociedad húngara en concreto, para cobrar una dimensión ontológica. Tal vez en las primeras páginas, el lector español respire aliviado pensando en lo mal que lo pasan aquellos pobres del Este en aquel rincón poco conocido de Europa, pero a medida que avanza en la lectura, se siente cada más incómodo, porque se va dando cuenta de que lo que está leyendo no es una novela sociológica, sino algo que atañe a todo ser humano, independientemente del entorno y las condiciones en los que le toque vivir.

En el fracaso del Niño (entiéndase el fracaso del hombre, del ser humano) se unen física y metafísica. El niño es la historia de la carne, esa carne que tarde o temprano se echa a perder, porque esta es su naturaleza. En una entrevista, Háy responde a la pregunta de si se considera una persona positiva de la siguiente manera: “La vida no me parece un proceso con perspectivas; veo que nuestro ser es un sistema biológico que poco a poco se va descomponiendo en el tiempo y se reduce a polvo, y puesto que yo no creo en la vida del más allá, es difícil pensar en este proceso de forma positiva. Con todo, no soy tampoco muy pesimista.” Cierto es que el mundo de El niño parece ser regido por la fatalidad, en el que el libre albedrío es mera ilusión, y los personajes, figuras por lo demás muy realistas, se convierten en meros títeres del destino. Da la impresión que la vida del Niño no es otra cosa que tocar una partitura que ya su padre y su abuelo y todos sus antepasados habían tocado.

Curiosamente, a pesar de ese pesimismo existencial, la novela es una obra entretenida, puesto que Háy presenta magistralmente las anécdotas, que abundan en el libro, imprengándolas de ese humor negro tan familiar por aquella parte del centro de Europa. Háy logra mantenerse alejado de todo tipo de sentimientalismo, la voz narradora es sumamente objetiva e irónica, y el lector tiene la sensación de estar escuchando en una taberna historias que invocan otras historias, que a su vez apuntan a otras, y así sucesivamente.

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