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Rincones literarios
Los baños de Budapest

Kinga Dornacher
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Rácfürdõ, el baño serbio de Budapest
Rácfürdõ, el baño serbio de Budapest

Baño Király.

Mis senos: los pétalos de lirio salpicados de estrellas del cielo.

La cúpula cuela agua en las palabras

De mis vecinos – su eco se confunde

Antes de llegar a mí.

La manzanilla me embriaga, concentra mi soledad.

Turnando el abrazo entumecedor del vapor y el agua fría

Me quedan justos los contornos de mi cuerpo.

Estoy mirando: aquí no se ve más que a uno mismo.

Agarrada al borde de la piscina voy amansando mi vejez.

Las que seré, están flotando alrededor de mí

en gorros de plástico multicolor.

Ya no me vestiré de belleza, sólo con mis prendas tal vez,

El concepto aquí carece de sentido.

Ya puedo deslizarme con delicia

En la elección de mi nacimiento.


Debido a circunstancias geológicas particulares y positivas, la corteza terrestre es relativamente delgada bajo la cuenca de los Cárpatos y recalienta el agua que se encuentra en las numerosas bolsas acuáticas de la región. De ello se desprende un número extremadamente elevado -más de 500- de fuentes de agua caliente.

Por muy lejos que se remonte en la historia de Hungría, la existencia de fuentes termales ha determinado la vida cotidiana de los hombres que han habitado su territorio. Los baños al aire libre celtas, las termas romanas (el nombre de Aquincum, la plaza-fuerte romana que se erigía en Buda donde antes se encontraba el pueblo celta, sería el resultado, según muchos historiadores de la expresión celta “ad ink”, que significa “múltiples fuentes”) los baños-hospitales de la Edad Media, los ilidzsá o kaplidzsá turcos, y los baños cuya cantidad se ha multiplicado a partir de la Época de las Luces han contribuido al desarrollo cultural de la región. Han contribuido al bienestar y a la higiene popular durante más de dos mil años, llevan las marcas arquitectónicas de las épocas cuando se construyeron o que fueron renovados, y han constituido desde siempre un lugar de reencuentro y de intercambios sociales primordiales, hasta tal punto que se les ha consagrado un capítulo entero en el código civil del rey Segismundo (1368-1437).

Sometidos a un clima continental, los húngaros conocen veranos extremadamente cálidos e inviernos rigurosos. Yo diría que la existencia de veranos tórridos alimenta en ellos la nostalgia de la calor: en algunos domicilios húngaros reinan en pleno invierno temperaturas que van hasta los 27 grados, inimaginables para los acostumbrados a climas –y calefacciones– más temperados.

Esto explica la pasión de los húngaros por los baños.

Tras mi traslado a Budapest, en plenos 1990, en un pequeño apartamento de escaso encanto situado en el ala norte de un inmueble de principios de siglo veinte, hube de juntarme pronto a la horda de los incondicionales de los baños termales, instantáneamente convencida por el relax y la felicidad procurada por algunos momentos pasados en chapotear en el agua caliente en lugar de tener que afrontar, en pleno corazón del invierno continental, el aseo cotidiano en una sala de baño instalada, a falta de nada mejor, en la inmediatez de la despensa y, por lo tanto, desprovista de calefacción.

De todos modos los baños han constituido desde hace mucho para la gente humilde el único medio de asearse integralmente: sólo los apartamentos burgueses situados dando al lado de la calle tenían una sala de baño. Los modestos salón-cocina que estaban a lo largo de los pasillos de los patios interiores no disponían, en el mejor de los casos, más que con un aseo comunal por piso y esto duró incluso hasta los años 1980.

Ciertos baños no estaban reservados más que a los hombres. Otros tenían días para hombres y días para mujeres. Las visitas regulares a los baños desde la infancia hacía que uno se acostumbrara a su atmósfera particular y que se aprendiera la coreografía inmemorial que regulaba los mínimos detalles de la visita al baño: qué pasillo tomar, qué vestuario utilizar, cómo dirigir la palabra a una guardiana y obtener de ella que se dignara a abrir o a cerrar con llave la taquilla de la ropa (solución: propina a la salida, y fidelidad …. o infidelidad: los cancerberos de bata blanca, pantuflas de plástico y rostros de bull-dog tenían una memoria de elefante) y ¿qué hacer cuando uno se encuentra desnudo como un gusano, delante de la ficha? (Es ahí cuando la importancia del peto de lino –entregado por la misma guardiana y que servía principalmente a esconder, al menos parcialmente, las partes íntimas del bañista de las miradas indiscretas­­–, era evidente: no servía en ningún caso, vista su pequeñez, a cubrir los pechos de la bañista que, si era principiante tenía todas las posibilidades de terminar su sesión de “vestido” con una crisis de risa tonta. No: el peto era el lugar del bolsillo necesario para no perder la ficha).

Como tantas otras cosas, los baños han cambiado. El último bastión masculino, el Rudas, ha abiertos sus puertas al “sexo débil”. Las llaves-pulsera han remplazado a los/las guardianes/as. Los trabajos de renovación llevados a cabo la mayor parte desde el cambio de régimen han hecho desaparecer vestuarios y duchas insalubres y piscinas de una limpieza cuestionable. Pero igualmente han aumentado de manera astronómica los precios de las entradas y los baños que antes eran el bienestar de los humildes se han convertido poco a poco en un privilegio. O, eventualmente, el teatro para ocasiones excepcionales: espectáculos, happenings artísticos, lecturas de autores organizados en los baños por un público en bañador instalado en el agua están actualmente muy de moda y contribuyen a rizar el rizo: de lugares de encuentro e intercambios sociales, se han convertido en foros de cultura que, a falta de ser accesibles tienen por lo menos el mérito –si así se puede llamar– de añadir una dimensión intelectual al placer de los sentidos.

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