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László Darvasi

La pregunta
¿Cuál fue la profesión del escritor Géza Csáth, cuyos cuentos acaba de publicar la Editorial Nadír?
Fue médico de balnearios y se dedicaba a investigaciones psicoanalíticas.
Fue periodista, ensayista y poeta.
Fue un morfinómano perdido y nunca tuvo una profesión seria.
Respuesta

La lectura del mes
Géza Csáth

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Rincones literarios
El castillo del conde Miklós Bánffy

Éva Cserháti
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El castillo de Dénestornya
El castillo de Dénestornya

El castillo de conde Miklós Bánffy, autor de la excelente novela Los días contados (Libros del Asteroide, 2009), que inspiró el castillo de Dénestornya –la finca del protagonista Bálint Abády– se encuentra en Bonchida (Rumanía). El pueblo aparece en las actas desde el siglo XIII y desde el año 1307 es propiedad de la familia Bánffy. El escritor Miklós Bánffy le tenía mucha estima al sitio donde pasó su infancia y gran parte de su vida. Según las memorias de sus contemporáneos antes del estallido de la II Guerra Mundial se despidió del castillo, tal vez sabía que el precioso edificio sería saqueado por el ejército alemán que se retiraba. La valiosa biblioteca fue destruida y los soldados cumplieron a rajatabla el orden de prenderle fuego para que el ejército ruso no encontrara ni rastro del castillo. Sin embargo, el edificio se salvó y desde 1999 está en la lista de los cien monumentos históricos más importantes en peligro. En los últimos años parte del castillo ha sido renovado y se ha rehabilitado un apartamento para el uso de la familia Bánffy que sigue siendo el propietario legal.

Miklós Bánffy en la novela Los días contados recrea el castillo de Bonchida bajo el pseudónimo Dénestornya El nombre –“torre de Dénes”– es una referencia clara a su antepasado Dénes Bánffy que construyó el primer castillo. He aquí la descripción que aparece en la novela.


“Dénestornya. Pueblo del condado de Torda-Aranyos. Distrito de Gyéres. 1.737 almas. Reformados evangélicos: 1.730; católicos romanos: 5; israelitas: 2. Castillo de los condes Abády. Correos, telegrafía. ” Así reza la enciclopedia.

El castillo se encontraba en un extremo de las praderas de Keresztes, en el altiplano mayor de la Transilvania central, sobre una colina baja, sólo unos veinte o veinticinco metros más alta que la llanura del río Aranyos. Era la primera de un grupo de colinas que iban ganando altura hacia el sur hasta convertirse en la cadena montañosa que se extendía desde Torda hacia Kocsárd. Durante el reinado de Béla III, se construyó el castillo, cuyas bóvedas más antiguas y la iglesia vecina eran del siglo XII. El lugar había sido una buena elección. La lengua de arcilla con capas de marga era lisa por arriba; la ladera oriental abrupta; la septentrional, suave como la occidental, donde bajo la protección de la fortaleza exterior se había refugiado el pueblo en tiempos remotos. Abajo se extendía la vaguada, que por aquel entonces seguramente era una ciénaga y tardó varios siglos en convertirse en tierra fecunda. El castillo ocupaba toda la cima de la loma, por eso era fácil de proteger con las armas medievales: desde arriba se podía asaetar a los invasores. Sólo era accesible por el sur, pero allí seguramente había existido un foso profundo, un vallado avanzado y un fortín, cuyos fundamentos y muros todavía podían apreciarse.

Únicamente se conservaba el edificio principal y lo que le habían añadido durante los siglos posteriores. Daba la sensación de ser un organismo cambiante, creciente. Al aparecer los primeros cañones, se construyeron cuatro bastiones gruesos en las esquinas del edificio principal. Los muros exteriores habían desaparecido y en su lugar se extendía el césped, interrumpido aquí y allá por arriates; la torre de entrada fue derruida a mediados del siglo XVIII, cuando el terrateniente, el padre del gobernador Abády, quiso ampliar la estrecha entrada porque le molestaba no poder acceder por ella con su carroza. La intentaron ampliar para poner una bóveda nueva, pero la torre se agrietó tanto que hubo que echarla abajo. El mismo Abády hizo construir un patio delantero en forma de U, con un establo de piedra para treinta y dos caballos, un picadero, un pajar, varios talleres para guarnicioneros, un sinfín de cocheras, un horno de pan para cien personas, un lavadero con una caldera enorme, vivienda para los porteros, los guardianes y los palafreneros, más una puerta nueva, tan amplia que el señor Abády pudo entrar con carroza, cochero y mozos de cuadra incluidos. Encima de la puerta, los titanes de piedra levantaban rocas amenazadoras, y en medio, el mismo Atlas mantenía el globo del mundo. El patio era totalmente rococó, construido entre 1748 y 1751; al menos eso decía la lápida del marco de la puerta. Dénes Abády debió de ser un gran constructor. Había ideado la escalera interior con techo de estuco y balaustrada, y mandó cubrir las cuatro torres con tejados a dos aguas.

Cada época tiene su estilo, y en el siglo XVIII no le daban mucha importancia a la arqueología, con lo que había huellas de todos los estilos posibles. Posteriormente tampoco actuaron de forma diferente: las dos alas del castillo fueron renovadas en estilo imperio cuando imperaba el gusto neoclásico, y más tarde el abuelo materno de Bálint Abády hizo un zaguán neogótico pegado al muro occidental para disfrutar del panorama que, por cierto, era majestuoso: las vistas se extendían desde el prado de Keresztes hasta la quebrada de Torda y los neveros de Jára.

Tal vez fuera una pena que Dénestornya no permaneciese en su estado original y no permitiese ver cómo eran los castillos de los siglos XV y XVI; no obstante, los Abády primaron la habitabilidad del lugar y lo habían modificado todo según las exigencias de su época; lo habían retocado para que fuese más bonito, más confortable —dentro de las posibilidades del viejo castillo—: ampliaron ventanas, construyeron varias escaleras y, cuando los turcos ya no significaron un peligro, los muros de defensa fueron destruidos para plantar flores. El edificio, si uno lo miraba desde el valle del río Aranyos o desde las colinas lejanas, con su imponente fachada, las torres con cúpulas, las alas extensas sobre la lengua de tierra, parecía nacido del paisaje, como si no fuera obra de mano humana. Por todos lados estaba rodeado de parques, bosques, matorrales, árboles gigantescos que lo tapaban como si estuviera asentado cómodamente sobre cojines de hojas frondosas; como si siempre hubiera estado allí, como si no pudiera ser de otra manera.

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