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La tumba de Sándor Lénárd y su mujer en Donna Irma
La tumba de Sándor Lénárd y su mujer en Donna Irma

Escritor en los confines del mundo

Sándor Lénárd

1910–1972

¿Quieren que enumere mis ocupaciones, como debe hacer uno al presentarse? Fui pinche de cocina, iba de casa en casa a medir la presión arterial, fui el médico de la Academia Húngara de Roma, mendigué, en los pintorescos paisajes del Vesubio y en las laderas de las viñas de Maquiavelio ensamblé esqueletos a partir de minúsculas piezas como antropólogo del ejército americano –pegábamos esqueletos de aviadores derribados sobre los Balcanes– y todavía antes escribí –para otros– disertaciones sobre historia del arte, de arqueología y medicina entre los gruesos muros de la Biblioteca Nazionale y en la del Vaticano. En 1941 la biblioteca era como una isla, en el bar flotaba el aroma neutral del café, y monseñores bien nutridos comían chocolate suizo con la callada sonrisa de los lotófagos. Durante un tiempo me dediqué a tocar el piano con un director de banco a cambio de la cena; su cocinera, más empática que él, me robaba patatas de la despensa para que tuviera algo que comer al día siguiente. Fui traductor del primer congreso de criadores de perros celebrado tras la guerra. Tuve pacientes… un carcelero me encomendó a un ratero aquejado de lumbalgia, el cual a su vez me recomendó a otros rateros y ladrones. (Eran enfermos que pagaban muy bien.) Traté las varices de un obispo, receté plantillas a la superiora de un convento, ya que la fundadora de la orden se resistía a obrar el milagro necesario para su beatificación. Curé el cerdo de un embajador acreditado ante la Santa Sede; el valioso animal enfermó en el frío invierno de 1943, ya que la improvisada pocilga de la embajada no podía caldearse. El cochino se merecería un libro aparte: el primer puerco del mundo que gozaba de inmunidad diplomática. Estuve presente durante su matanza. En Brasil empecé como médico para todo en una mina de plomo, con el sueldo de un enfermero… y eso solo por mencionar mis principales ocupaciones. (Traducción de Mária Szijj)

Con estas palabras se presenta Sándor Lénárd en su libro autobiográfico Valle en los confines del mundo, en el que narra su vida en un pueblo recóndito de Brasil. “La vida de cada europeo es ’toda una novela’, leí cierta vez. Bienaventurados son aquellos de cuya vida no se puede escribir una novela, porque suyo es el reino de los cielos.” Efectivamente, la vida de Sándor (Alexander) Lénárd da incluso para más de una novela, sin embargo, este polifacético escritor de origen húngaro, que hablaba, escribía y leía en trece idiomas, publicaba en cuatro, impartía clases de filología clásica, mantenía correspondencia con Robert Graves, escribía libros de medicina, ilustraba libros de poesía, tocaba a Bach y curaba a indios de Brasil está actualmente relegado al completo olvido. Mejor dicho, en realidad nunca ha formado parte de la memoria literaria de la nación. Ni de la húngara, ni de ninguna otra. La vida de Lénárd transcurrió siempre en un espacio intermedio, entre lenguas, continentes, literaturas, naciones, profesiones y disciplinas. En una carta dirigida a Lénárd, el escritor Ferencz Karinthy, autor de Metrópolis, lo alaba por ser un gran hombre digno del premio Nobel tanto de Literatura como de Medicina, y por saber latín mejor que Virgilio y Boecio juntos, pero confiesa tener un problema: no sabe dónde poner los libros de Lénárd en su biblioteca. Si entre los autores húngaros, los alemanes o los latinos. Cuando en 1967 se publicó en húngaro Valle en los confines del mundo, en la portada apereció su nombre como Alexander Lénárd. A uno de sus amigos se quejó de esta forma, “Me puedes imaginar como al rey del cuento, que lloraba con un ojo y reía con el otro. Río como el que, tras medio siglo, pero aún más acá de la tumba, logra llevar a cabo su único plan verdadero; en realidad nunca había deseado otra cosa que escribir un libro húngaro. Mi ojo que llora es el que me ha visto convertido en Alexander Lenard… ¿Por qué no aparece en la portada el mismo nombre que figuraba en mi primer cuaderno de colegio en Pest?”

Lénárd nació en 1910 en una familia judía asimilada (su padre había cambiado el apellido Lévy por Lénárd), siendo el primero de tres hermanos. Sándor aprendió húngaro de su madre y de la gente del pueblo donde la familia tenía su finca, sus abuelos paternos le hablaban en alemán. La I Guerra Mundial y sus secuelas afectaron a la familia en varios aspectos, y Sándor acabó interno en el Theresianum, el prestigioso instituto vienés. Su padre trabajaba en la ciudad y Sándor lo visitaba en su casa vienesa los fines de semana; pronto se sumaron a ellos la madre, la hermana y el hermano menor.

Tras el bachillerato, se matriculó en la Universidad de Viena para estudiar Medicina. “Había estado mucho tiempo vacilando entre la Filosofía, la Filología y las Ciencias. La matrícula era un proceso administrativo complicado. Tenía un conocido en la oficina del decano de la Facultad de Medicina, que sabía arreglar esas cosas rápidamente. Así fue que elegí Medicina, con la intención de estudiar las demás disciplinas en la biblioteca.” No solo se dedicaba al estudio de esas disciplinas, sino que también escribía y traducía e incluso viajaba por Europa.

Tras el Anschluss, la anexión de Austria a la Alemania nazi, huyó a Roma dejando atrás a su mujer y su hijo, para los que su origen judío podía constituir una amenaza. Tenía la esperanza de que desde Roma fuera más fácil llegar a Francia. En la capital italiana, donde primero tuvo que aprender el idioma para sobrevivir, pasó hambre y todo tipo de vicisitudes. Treinta años más tarde salió a la luz en Hungría Historias romanas, un libro lleno de sensibilidad, sutileza intelectual y un admirable humor en el que narra el día a día del fascismo italiano en la Ciudad Eterna. El escritor György Kardos G., cuya novela Los siete días de Avraham Bogatir fue traducida al alemán por el propio Lénárd, dice que Lénárd “se ríe con sabia superioridad, a veces amargamente, pero observando las sangrientas absurdidades de la historia siempre desde la altura de la dignidad humana”. Su húngaro es impecable-recordemos que había salido de Hungría a los ocho años, y al publicarse el libro rondaba ya los 60-, su estilo es elegante, ligero e ingenioso, y el texto, a la vez triste y divertido, está impregnado de un humanismo difícil de encontrar tras los horrores de la II Guerra Mundial.

La estancia en Italia fue fuente de inspiración para otro libro: La cocina romana, que según Kardos G. es “una historia cultural camuflada de recetario de cocina”. Leyéndola nos enteramos no solo de la receta de las alcachofas fritas. Lénárd, que dicho sea de paso era un cocinero excelente, nos habla también de la vida del romano Apicio, la historia de la pizza o los camisas negras. “Excelente lectura“, dice Kardos G. “Un libro de cocina humanista. Es más, y en eso quizá sea único en el mundo, un libro de cocina antifascista.”

Durante su estancia en Italia, entre 1939 y 1951, se dedicó a un sinfín de cosas: medía la tensión arterial por dinero en la calle y ejercía de médico en una farmacia, escribía numerosas tesis, realizaba estudios de historia medicinal, enseñaba inglés a partir de Winnie the Pooh, participaba de la resistencia antifascista, trabajaba para el ejército americano. En Nápoles exhumaba cadáveres de soldados estadounidenses, trababa amistad con importantes escritores húngaros que visitaban la ciudad, hacía trabajos de interpretación, publicaba traducciones al italiano de obras literarias, de libros de educación sexual así como de libros de medicina, por ejemplo sobre el parto sin dolor. Empezó a publicar sus poesías, algunas de las cuales envió a Thomas Mann que no dejó de contestarle e hizo de guía para turistas holandeses que visitaban Roma. Mientras tanto, aprendió otros idiomas en la Biblioteca Nacional. “Una vez estuve enfermo, tuve que guardar cama durante seis semanas; de rabia y de aburrimiento aprendí noruego”. Se casó con una italiana con la que tuvo un hijo. Se compraron un piano que Lénárd tocaba a diario.

Ante el temor a la inminencia de una nueva guerra, Lénárd y su familia dejaron el viejo continente y en 1952 se mudaron a Brasil. Al principio Lénárd trabajó en una mina en el estado de Parana donde asimismo impartía clases de inglés, latín, matemáticas e historia a los niños de los propietarios franceses, pero al protestar contra las inhumanas condiciones de trabajo de los mineros, fue despedido. Posteriormente se dedicó a actividades muy diversas como trabajar como ayudante de un famoso cirujano, lanzar una revista de medicina ilustrada en portugués, ejercer de intérprete en congresos, publicar reseñas de novelas, de teatro, de memorias, de poesía publicada en Viena. También tradujo Winnie the Pooh al latín y lo editó con su propio dinero. El libro llamó la atención de una editorial americana que consiguió vender más de un millón de ejemplares. Tradujo al latín asimismo Buenos días tristeza de Sagan y Max und Moritz, un popular cuento alemán en verso. Preparó para la radio alemana una serie de charlas sobre siete lenguas raras, entre ellas el húngaro. Participó en un concurso televisivo muy popular en Brasil, El cielo es el límite, donde con su tema elegido, la vida y obra de Johann Sebastian Bach, logró ganar el certamen y la simpatía de los brasileños convirtiéndose en toda una celebridad y provocando el resurgimiento del culto a la música del compositor alemán en tierras brasileñas.

Más tarde, se retiró a un pequeño pueblo, Donna Irma, en el estado de Santa Catarina, fundado por colonos alemanes. Con el dinero ganado en el concurso se compró una pequeña casa que más tarde llamarían “la Casa invisible”, por estar rodeada de una exuberante vegetación (Lénárd era un apasionado jardinero). Durante el día curaba a los indios del valle, por la tarde tocaba el órgano de la iglesia del pueblo y por las noches, además de seguir con Bach, con Wohltemperiertes Klavier, se dedicaba a sus múltiples tareas literarias y a su dilatada correspondencia con científicos, traductores y escritores de todo el mundo. Le preocupaban cuestiones como cuál era la mejor forma de traducir al latín ’avión’ o ’bomba atómica’, si en las traducciones de poesía al latín era aconsejable usar rimas o convenía traducirla libremente, etc. También dedicaba grandes esfuerzos a crear su propio jardín e introducir plantas del viejo continente que le ayudaban a paliar su añoranza por la vieja Europa. Aparte de cartas, libros y partituras, sus amigos le enviaban también semillas de flores y verduras. “… (uno) las planta… y un buen día ya tiene dos puñados de guisantes. Ésos no sólo le servirán para hacer sopa, sino que de su vapor emergerá al mismo tiempo un mundo perdido. Entre la primera y la última cucharada, la morriña remite, las angustias del peregrino se disuelven aunque sabe incluso en sueños que da igual en qué dirección avance, nunca llegará a casa. Sólo en la sopa de guisantes, sólo en un quinteto de Schubert puede sentirse en casa.” Sus experiencias en el pueblo de Donna Irma las dejó plasmadas en sus libros Valle en los confines del mundo y Un día en la Casa invisible, que, a falta de un fotógrafo profesional dentro de un radio de varios cientos de kilómetros, él mismo ilustró. Los escribió primero en alemán, luego en húngaro y al final en inglés (sí, no son traducciones, son tres variantes del mismo libro), la edición inglesa fue prologada por su amigo Robert Graves.

En 1968, un periodista llamado Erich Erdstein llegó a Santa Catarina y al oír hablar del médico de Donna Irma pregonó a los cuatro vientos haber dado con el fugitivo nazi doctor Mengele, el “Ángel de la Muerte” que vivía en una casa oculta en la selva bajo el nombre de Alexander Lenard, un médico “alemán” melómano, como el monstruo fugitivo de Auschwitz. Como en esos días Lénárd estaba ausente pues impartía clases de filología clásica en una universidad estadounidense, no pudieron detenerlo. La noticia se publicó en la prensa local y no tardó en divulgarse en los periódicos internacionales. “Erdstein, el agente secreto, da con el refugio de Mengele”. “El criminal nazi escribe libros infantiles en latín.“” Los amigos de Lénárd acudieron de inmediato a aclarar la situación y a probar su identidad, y él pronto quedó libre de acusaciones. Sin embargo, el caso hizo mella en su ánimo y afectó gravemente su salud. Sufrió un derrame cerebral, el segundo de su vida, que le dejó paralizado el lado derecho. Murió en 1972 de un infarto de miocardio. Fue enterrado junto a su casa. Al sepelio asistieron los campesinos del pueblo y los botocundos que vivían en las reservas indias vecinas. Lénárd se había preparado para su muerte. Él mismo había redactado la noticia de su muerte en cinco idiomas, acompañándola de una ilustración. Durante el entierro sonaba la Misa en H menor de Bach. “El que ha hecho las paces con la muerte, vive mejor, ya no precisa del consuelo de la imaginación. Como el pez acepta el Océano, acepta tú también que todo es efímero, y que no solo nuestro último minuto es de la Muerte, sino que cada uno de nuestros minutos es un granito de arena de ella, cada uno de nuestros luminosos minutos es un destello de su guadaña.”

Eszter Orbán


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