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¿Quién es el traductor actual de Imre Kertész, Ádám Bodor y László Krasznahorkai?
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Alaine Polcz
Alaine Polcz

Entre escritura y muerte

Alaine Polcz

1922–2007

Libros de autoayuda, de cocina, memorias de una mujer. Géneros que según los teóricos no forman parte de la alta literatura, sin embargo pueden ejercer un impacto fuerte en el lector. Así son los libros de Alaine Polcz, un personaje decisivo no sólo para la cultura húngara sino para la toda la sociedad.

Hay un libro que me persigue adonde voy. Lo encuentro en los salones de mis amigos, en la mesita de noche de mi abuela, en el cajón del escritorio de mi hermana menor, en bibliotecas de pueblos perdidos, y para los casos en que no lo encuentre tengo un ejemplar en España y otro en Hungría, más uno en el bosillo interior de mi maleta.

Hay un libro que me sirve de punto de referencia cuando leo sobre la historia húngara del siglo veinte, sobre las penas de la guerra y sobre las tragedias cotidianas de la convivencia, sobre la violencia y el perdón.

Hay un libro que me da esperanzas si estoy triste, serenidad en mi alegría, ganas de seguir cuando me siento acabada, y valentía cuando me invaden mis temores.

Hay un libro que necesito traducir al castellano aunque nunca encuentre una editorial interesada, aunque no se publique nunca, aunque sólo lo lean mis amigas y amigos íntimos, aunque sólo sirva para mi bienestar.

Con este plan de traducción llegué un día a Szigliget, a un pueblecito en la orilla del lago Balaton donde en medio de un jardín botánico, en un antiguo palacio de los condes Esterházy se encuentra la Casa de Artistas. Como no tenía ningún encargo urgente, pensé pasarme el noviembre lluvioso, nublado y gris, traduciendo el libro Una mujer en el frente. La primera noche bajé al comedor para hartarme de una cena casera que preparaban las mujeres del pueblo, y al sentarme a la mesa vi entrar a la autora de mi obra, Alaine Polcz. Y de repente sentía aquella confusión y entusiasmo ya olvidados de la adolecencia cuando aún tenía ídolos y fetiches.

Alaine Polcz nació en 1922 en la ciudad transilvanesa Kolozsvár (hoy Rumanía, Cluj Napoca). Fue novia y esposa joven durante la Guerra Mundial, después se matriculó en la universidad, e hizo la carrera de psicología. Al divorciarse, conoció al joven escritor Miklós Mészöly. Fueron la pareja más hermosa de Budapest, me dijo una vez la señora mayor que trabajaba en mi librería preferida. La más hermosa y la más inteligente, añadió. El matrimonio duró más de medio siglo hasta la muerte de Miklós Mészöly, que llegó a ser un autor prestigioso y de gran renombre. Alaine trabajaba en departamentos de psiquiatría; al comenzar se ocupaba de discapacitados mentales adultos, pero pronto surgió su empatía y capacidad extraordinarias para tratar a niños de toda edad y de todo tipo de enfermedades mentales. Fue una de los fundadores de la terapia por el arte en Hungría, inventó un modo de diagnosticar con la ayuda de juegos y elaboró tests lúdicos. Trabajando en la clínica, se dedicaba cada vez más a niños en fase terminal. Un trabajo del que nadie quería saber nada, me dijo ella. Su mayor preocupación llegó a ser la ayuda a gente moribunda. Con el fin de ayudar a todos los afectados –a los niños, que según me contó Alaine, muchas veces alargan su agonía para no entristecer a los padres, a los enfermos de cáncer destinados a morir en un hospital lejos de casa, y a la familia y amigos que a menudo llevan ya meses o años entre esperanza y desesperación– fundó el Movimiento Húngaro Hospice. Es una asociación de voluntarios paramédicos que intentan facilitar el último tramo a veces sólo con un masaje o con un vaso de agua, dedicándoles tiempo y atención a los que están preparados para irse. Alaine escribió varios libros de psicología y de tanatología, recogió en dos tomos confesiones de niños en fase terminal y memorias de personas comunes y corrientes sobre la muerte y otras pérdidas. Publicó libros de autoayuda y de cocina. El último tuvo un éxito sorprendente porque las recetas iban acompañadas con anécdotas y consejos, y con una buena guarnición del amor de la autora. Sin embargo, el libro que yo tenía guardada en mi escritorio aquel noviembre en el palacio clasicista de Szigliget no se trataba de la muerte, ni de la cocina, ni de la autoayuda. O tal vez fue una amalgama de todos.

En 1991, en plena transición política, cuando las tropas rusas comenzaban a dejar el país se publicó Una mujer en el frente. Alaine hizo estallar cuarenta años de silencio absoluto sobre los sufrimientos de la población femenina y sobre la violencia brutal de los soldados rusos. Es poco decir que el libro tuvo un éxito inaudito, para muchas lectoras (se trata de 200.000 mujeres violadas, unas contagiadas con gonorrea, otras embarazadas) fue un alivio y una recompensa. Las memorias de Alaine consiguieron que después de cuarenta años de represión soviética el embajador ruso pidiera perdón por las barbaridades.

“Este libro –me dijo Alaine, cuando una noche nos sentamos en la biblioteca–, nació de una gravación. Una amiga tuvo una crisis matrimonial, y decidí contarle mi historia para consolarla. La grabé en una cinta, y se la entergué. Después de escucharlo todo me dijo: “Sabes que tienes que publicarlo.” Y así fue.”

Una mujer en el frente cuenta la historia del primer matrimonio de Alaine, la boda y la luna de miel de una joven ingenua y de un hombre egoísta. La guerra les separa y Alaine pasa meses en el frente, ora presa de los alemanes, ora víctima de los rusos. Su marido la da por muerta, pero ella no se rinde, sobrevive a la violencia, las enfermedades y la indiferencia de sus queridos. Estas ganas de vivir, esta sinceridad que no conoce compromisos dan la fuerza conmovedora a sus memorias. Una mujer en el frente es el testimonio más valiente de la literatura húngara, y lo es doblemente porque nunca ha pretendido serlo.

Alaine ahora tiene 85 años, está enferma de cáncer en fase terminal. Cuando la última vez la visité en su habitación, en la misma donde guardaba su ataúd, regalo de cumplaños de sus amigas (“Es de madera de tila porque así se quemará mejor.”), se despidió con estas palabras: “Se ha de escribir todo. Todo y desnudo”.


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