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Entrevista a Erzsébet Galgóczi de 1981

Erzsébet Galgóczi

1930–1989

Fuera y dentro de la ley, el libro cuyo contenido y éxito fueron el punto de partida de nuestra conversación de 1981 es una auténtica sensación en la vida pública de nuestro país. Debido a su tema y al coraje de su autora, la primera edición de las dos novelas cortas, con una tirada de 50.000 ejemplares, se agotó en pocas semanas.

(…)

––La primera edición de tu nuevo libro, Fuera y dentro de la ley, ha alcanzado el envidiado número de ejemplares de muchos clásicos y de las novelas policíacas: la tirada ha sido de 50.000 ejemplares que se han agotado en dos semanas, al menos en las librerías de la capital. Su heroina, la periodista Éva Szalánczky, al final no resulta capaz de recorrer el camino que se ha impuesto: su exilio que se desemboca en una tragedia (la mata la bala de un guardia de la frontera mientras huye) es una forma de suicidio. ¿Ha sido inevitable su muerte?

––Yo creo que sí. Éva Szalánczky es un personaje intransigente con principios, que nunca se doblega, y en la época de Rákosi yo conocí a una sola persona así: a István Szabó. Su vida también acabó en tragedia. El que no se doblegaba se rompía.

––¿Cuál es razón de que últimamente te dediques con tanta intensidad al tema del fracaso vital? Porque en el destino de Éva y de otros miembros de su dispersa generación pareces presentar innumerables variaciones sobre el tema del fracaso vital.

––Esto no es un fenómeno nuevo en mi escritura. Desde siempre me interesa el tema del fracaso. Emocionalmente apoyo siempre a los perdedores. A decir verdad, en las relaciones humanas no me gustan ni los triunfadores, ni el hastío del triunfo. Me duele cuando alguien junto a mí se siente o puede llegar a sentirse perdedor. Mis relatos no abundan en triunfadores simpáticos.

––En esta elección, ¿qué es lo que cobra protagonismo los motivos psicológicos o la

crítica social?

––Ambos me parecen inseparables. Pero ya que me has preguntado: yo hasta los treinta y cinco años fui una perdedora o al menos me sentía así. En mi infancia no vivíamos con una gran pobreza pero éramos ocho hermanos, y yo conseguí mi primer abrigo, ni siquiera hecho a medida sino comprada por mí misma, a los veinte años. En los años cincuenta, en el pueblo odiábamos a los triunfadores. En Budapest me arrastraba de alquiler en alquiler y tenía la sensación de que nunca iba a tener un piso propio. Hasta los veintiocho años no fui capaz de escribir según mis propias exigencias. Luego cuando ya me sentía segura de lo que escribía, el rechazo me dolía doblemente. Con un pasado así, no es muy fácil ponerse de parte de los triunfadores. En cualquier caso, el triunfo es siempre un estado temporal que la vida y la historia se encargan de superar: de las nuevas luchas surgen nuevos triunfadores y nuevos perdedores.

––Y desde luego, nuevos temas. He observado que tus héroes son casi siempre gente apasionada…

––Si el autor es apasionado, sus héroes también lo son. No me gusta la gente regular, si es que eso existe. La gente apasionada vive su propio destino más profundamente, las cosas le ocurren más extremadamente, y en una situación extrema se puede mostrar mejor una vertiente más general del drama, del carácter y de la historia individual. Francamente, nunca me han gustado los conflictos corrientes de lo que se llama el hombre corriente. No dudo de que de eso también puedan nacer obras maestras. Pero gris con gris no es mi mundo.

(…)

Hacía mucho que quería escribir el destino de la heroina de Dentro de la ley, pero no encontraba cómo. De pronto oí la historia de un policía de la frontera que había matado en nuestro comarca a una persona que huía, y empezó a intrigarme quién era esa persona a la que había encontrado la bala. A través de esta historia, el drama de Marosi, volví al trayecto vital de mi protagonista. Pero no sólo uní esos dos temas. El motivo de la denuncia vivía en mí aparte, hasta que me di cuenta de que el destino del chivato podía cruzarse con el de Éva Szalánczky. Cuando escribí La capilla de San Cristóbal también se encontraron dos temas lejanos e independientes uno del otro. Hace año y medio o dos años cuando el obispo de Gyõr me contó que se habían descubierto unos tesoros eclesiásticos enterrados en 1949, supe de inmediato que eso había que escribirlo, pero no tenía ni idea de cómo se se iba a convertir ese tema en un asunto propiamente mío. Entonces recordé que llevaba 15 años deseando escribir acerca de un restaurador de iglesias.

––Ya en relación con El crimen común se planteó el carácter y el hilo policíaco del argumento. ¿Cuál es la razón de que en ambas novelas cortas otorgues un papel tan destacado al aspecto policíaco?

––En primer lugar, según mi experiencia, la novela policíaca, es decir, el crimen cometido y descubierto o por descubrir, le confiere una buena escructura a la obra. Así tengo la posibilidad de elaborar un número máximo de vivencias en una extensión mínima. La segunda razón, y eso está otra vez estrechamente vinculado con la cuestión de por qué no escribo novelas largas, es que a mi parecer, en este mundo acelerado en el que vivimos, el escritor debe adaptarse a las exigencias del lector. El lector está acostumbrado a que la televisión o el cine le proporcionen una experiencia completa en una hora y media, lo que en la literatura significaría que sólo le interesa lo más esencial.

(…)

––¿Y Erzsébet Galgóczy cuánto admite como suyo del destino y el carácter de Éva Szalánczky?

––Por supesto, Éva Szalánczky también soy yo. Aunque yo no he sido tan intransigente. En los tiempos más duros, yo he mostrado mayor disposición a adaptarme. Los escritores trabajan, en parte siguiendo a modelos, en parte a sí mismos. No soy idéntica a ninguno de mis personajes pero cuando escribo trato de identificarme con todos. Con el que no puedo identificarme nunca lo represento por dentro. Por ejemplo, lo que me es absolutamente ajeno es la atracción y el placer del poder, la voluntad de poder. Puedes ver que las personas que están en el poder o anhelan el poder, aunque sea el presidente de una cooperativa, siempre son otros, siempre los represento desde fuera.

––Tu elección de títulos resulta siempre acertada. Esta vez, sin embargo, parece que has confundido al lector intencionadamente: Dentro de la ley es la historia de una heroina fuera de la ley.

––El título ha nacido junto con la novela corta y alude al destino de otra protagonista, Livia. El título también sugiere lo que es la intención del escritor: que la ley hay que crearla. Si todos hubieran aceptado aquello que les rodeaba al nacer, el mundo nunca habría avanzado. De la misma manera, no es una ley inalterable que un libro sólo pueda ser encabezado por el título del texto publicado en su interior. El título de mi selección de cuentos, El perdedor no eres tú, no es el título de un cuento. Esta vez también he optado por esta versión porque tenía la sensación de que este título podía ser interpretado de una forma más amplia.

(…)

––¿Qué será de ti cuando acaben las preguntas espinosas?

––No acaban.


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