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Dígame. Habla el ministro.
Dígame. Habla el ministro.

Antesala

Dezsõ Kosztolányi

1885–1936

Nacido en el seno de una familia provinciana de intelectuales, estudió Filología en Budapest y Viena entre compañeros ilustres que posteriormente se convertirían en los líderes de la vida literaria de su tiempo. Abandonó sus estudios para dedicarse al periodismo. Colaboró en numerosos diarios y publicó reseñas, poesía y prosa en diferentes revistas literarias, entre ellas en Nyugat (Occidente), la más prestigiosa y progresista de la época, y emblema de la modernidad literaria húngara. A partir de 1907 publicó regularmente volúmenes de poesía y de relatos cortos, así como novelas. En 1910 apareció su primer libro de poesías, Los lamentos del niño pobre, que le valió el reconocimiento unánime de sus contemporáneos. Kosztolányi fue también un excelente y prolífico traductor de los grandes maestros de la literatura universal, entre ellos Shakespeare, Moliére y Calderón. Su éxito entre los autores de la época postmoderna se debe en gran medida a su actitud juguetona y apolítica, y a su experimentación lúdica y creativa con el lenguaje. Márai afirmó en una ocasión que “todo lo que Kosztolányi escribía era invariablemente perfecto”. Murió en 1936, tras una larga y dolorosa enfermedad.

Dezsõ Kosztolányi: Antesala

Una anciana está sentada en la antesala del despacho del ministro con el sombrero puesto y con la cara amarilla; está esperando.

El ministro aún no ha venido. Pasan horas hasta que aparece. Esto se nota en seguida en todo. Una especie de electricidad estremece el aire. Las luces se ponen algo más intensas, y los ojos también se encienden. En el infinito edificio, se oyen agudos timbrazos, el secretario sale volando, desaparece tras una puerta silenciosa, y luego regresa. ¿Ya tiene consulta el ministro? No, todavía no puede recibir a nadie, tiene una reunión urgente. Dura aproximadamente una hora y media.

Solo tendrá consulta después. Recibirá a los solicitantes por orden de llegada. Por supuesto, la necesidad carece de ley. De vez en cuando, es el propio ministro el que llama a los solicitantes cuando se trata de asuntos sumamente importantes; a un cura de pelo blanco con cintas moradas y una cruz dorada al cuello, o a un señor de apariencia completamente insignificante y desgastada, que -según señala el caso- en absoluto es insignificante. Llega un alto funcionario con carpeta, al que dejan entrar en seguida, que sale del misterioso despacho horas más tarde. Delegados de provincia, con levita, irrumpen en el despacho, como una asociación coral, o pequeños granjeros en botas que tienen que regresar en el tren de la tarde. Hay que contar con semejantes cosas.

La anciana también cuenta con ellas. Su esperanza se reaviva cada vez que se abre una puerta o suena un teléfono para luego callarse. De tan despistados, aquellos que salen del despacho del ministro se olvidan de quitarse de la cara la sonrisa que se han puesto allí dentro, y durante un rato se la dejan puesta como una máscara de la cortesía; esperan en la antesala, son incapaces de marcharse, siguen deleitándose en su gloria reciente, y se complacen en saber que el ministro está cerca, que los acaba de despedir generosamente; se miran las manos, y casi se asombran de que no estén envueltas en humo de oro por haber sido tocadas por sus dedos. Finalmente, el secretario lamenta tener que anunciar que la hora de consulta ha terminado, el excelentísimo señor ministro ha sido solicitado con urgencia.

Así pasa día tras día, el otoño se torna invierno, la nieve se derrite y llega la primavera. La anciana que pasa todos los días de consulta en la antesala, un día veraniego gloriosamente resplandeciente, es admitida por el excelentísimo ministro. Ni ella misma se lo puede creer. Y no es un sueño, es la realidad. Tras ella, se cierra la puerta, está sola con él, tan cerca que podría incluso tocarle la nariz si no la contuviera el infinito respeto que siente hacia él. Está a punto de comenzar a hablar de su asunto, pero en ese momento, en el despacho cerrado, alguien se entromete entre ella y su petición en forma de llamada telefónica. En el escritorio del ministro se encuentra una auténtica batería de teléfonos, teléfonos para comunicarse con la ciudad y para comunicarse dentro del ministerio, con botones blancos, amarillos y rojos. El ministro habla, habla durante una media hora, y apenas cuelga el auricular, suena su otro teléfono. Habla unos cinco, seis minutos. Mientras tanto, irrumpe el secretario, le susurra algo, y el ministro se ve obligado a poner fin a la audiencia.

La anciana es inquebrantable. En otoño, tras las vacaciones de verano, se encuentra otra vez sentada en la antesala esperando. Un nebuloso día de noviembre, el ministro la recibe. En esa ocasión tiene suerte, los teléfonos se quedan quietos, el secretario no aparece con carpetas y mensajes. El ministro alza su enorme cabeza para escucharla. Sin embargo, el insondable capricho del destino quiere que aquel conjunto de células, que en su totalidad componen la característica personalidad política del ministro con sus finos resortes y rueditas, deje de funcionar justo en aquel momento. La cabeza del ministro se abate, su rostro palidece y cae muerto sobre su escritorio.

La prensa internacional conmemoró durante mucho tiempo este dramático asunto. Los artículos resaltaron que la muerte sorprendió al eminente hombre de Estado mientras trabajaba infatigablemente. Se celebró su eficiencia, diligencia, altruismo, nobleza y humanidad, solamente se olvidaron de la anciana. El autor de estas líneas trata de compensarla ahora.

Traducción de Eszter Orbán y Elena Ibáñez


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