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La vida de un hombre

Lajos Kassák

1887–1967

Lajos Kassák es el principal representante de las vanguardias húngaras, y no solo en las letras, sino también las artes, en las que consiguió hacerse un hueco entre los mejores del escenario internacional. Nacido en una familia humilde, pronto se unió a los movimientos de izquierda y se convirtió en el máximo portavoz del proletariado húngaro. A los veintiún años comenzó a recorrer Europa y finalmente llegó a Paris. Allí, aparte de conocer a fondo el movimiento obrero internacional, se encontró por primera vez con las corrientes modernas de la poesía y la pintura. Además de ser un gran poeta lírico, fue también autor de novelas de corte naturalista en las que retrataba la vida de los obreros. Tras la fallida revolución comunista de 1919 escapó de la cárcel y emigró a Viena, donde continuó publicando su famosa revista vanguardista Ma (Hoy). Tras su regreso a Hungría, en 1926 escribió la novela autobiográfica La vida de un hombre, un retrato de valor documental de la época. A continuación ofrecemos el primer capítulo de este libro.

Primer libro

Infancia

No soy un hombre supersticioso, nunca he pensado suicidarme, ni tengo especiales exigencias materiales.

Di mis primeros pasos en un patio campesino de olor rancio, no recuerdo haber jugado en mi vida a soldados, ni recuerdo a nadie que me contara cuentos ante mi camastro sobre perros de ojos grandes como platos o princesas de cabello claro como la luz de la luna-y he llegado a este punto en el que me hago frente a mí mismo.

–-¿Quién eres y cómo has llegado a serlo?

Insisto en que esto que estoy haciendo ahora no es, según mi interpretación, arte. No deseo principalmente crear, tan solo evocar el pasado de un ser creado, de mí mismo, con medios de los que yo dispongo. Soy artista, de modo que mis medios para lograrlo no pueden ser sino artísticos. Habrá los que, al contrario de mí, considerarán esta obra también arte. Yo solamente quiero ofrecer el reflejo de la vida, con una simpleza casi indocta y una precisión mecánica.

Siempre he buscado al hombre, y sin duda lo que más me interesa de mí mismo es, igualmente, mi condición de hombre. No obstante, se plantea la pregunta de si existe algo en mí de aquello que ha sido el ideal de toda mi vida. Tengo un carácter ansioso y voluntarioso, y parece como si no hubiera en mí un color que sea capaz de diluir ambos extremos. Si me enfado conmigo mismo (solo conmigo mismo soy capaz de enfadarme seria y largamente), no deseo morirme, porque considero que la muerte es una forma necia de eludir la vida, sino que quisiera romperme bajo mis propios puños, y luego arrojar todo mi ser, como una fuerza vencida por mí mismo, a la basura. Pienso que el cubo de la basura es el único lugar en el que las cosas se destrozan por completo no solo material sino también espiritualmente.

Es probable que esto sea un asomo de la vejez. Pero el mero hecho de escribir, es decir, de dedicarnos a algo seriamente, ¿no es también una forma de vejez? Y en mí siempre ha habido algo de la prudencia de la vejez. Al verdadero niño le gusta vivir despreocupado, y los asuntos más serios los descarga, instintivamente, en los adultos que lo rodean. Le gusta comer bien, y nunca tiene serios problemas de hambre, está obligado a ir al colegio, pero prefiere que el preceptor mameluco aprendiera la lección por él. El ha venido al mundo para vivir y crecer, y llegar a ser fuerte, para que con esa fuerza libre y exento de preocupaciones consiga para sí mismo el mejor lugar posible en el mundo. La persona cuya infancia no transcurre de esa forma, ya en su voz chillona y vieja de nacimiento trae consigo la fatiga de sus padres. La mayoría de esas personas se pasa la vida sin oír una sola voz con sus oídos puros, ni ver un solo color con sus ojos puros. Nada les produce una sensación de novedad, todo les da la impresión de haberlo experimentado ya cierta vez. Y a las pocas que logran destacar entre ellas, con el paso del tiempo no les alcanza el cansancio de la vejez, sino la juventud eterna. Mejor dicho, están constantemente en el camino del rejuvenecimiento. De las cosas que han heredado de sus antepasados como modelos o fórmulas, van tirando una que otra día a día, y para cuando otros se vuelven completamente grises y, ni fríos ni cálidos, sino tibios, ellas se alcanzan a sí mismas, y comienzan a oír cada vez más con los oídos de la juventud, y a ver con los ojos de la juventud. Haber experimentado las fuerzas del mundo ha provocado en ellas una vida ansiosa de excelencias. Ellas serán los aventureros geniales, los descubridores y los artistas capaces de expresarse a sí mismos.

En suma: nunca he sido un niño excelente, en el sentido de lo arriba expuesto, del infante movido por sus instintos. Siguiendo el razonamiento, pues: debería haberme convertido en un excelente gamberro, descubridor o un buen artista.

Tengo treinta y siete años.

Traducción de Eszter Orbán y Elena Ibáñez


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