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László Darvasi

La pregunta
¿Por qué no brindaron los húngaros con cerveza durante 150 años entre 1849 y 1999?
Porque en Hungría se bebe más vino y la cerveza no tiene tradición.
En homenaje a los militares húngaros de 1848–1849, que fueron ejecutados mientras sus verdugos tomaban cerveza.
Los húngaros nunca brindan porque según la superstición trae mala suerte y despierta a los malos espíritus.
Respuesta

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Lajos Grendel
Lajos Grendel

“El escritor no tiene otro remedio que dar voz a su ira”

Lajos Grendel

1948–

Lajos Grendel es el representante más destacado de la literatura húngara de Eslovaquia. Además de escritor prolífico e internacionalmente reconocido, Grendel es profesor y participante activo de la vida pública de los húngaros de Eslovaquia. Su humor absurdo y su visión grotesca, así como su estilo llano e impecable dan lugar a una prosa única en las letras húngaras. Lajos Grendel ha sido invitado a la 11ª edición del Taller de Traducción Húngaro-Español celebrada en Balatonfüred. El también escritor y traductor Adan Kovacsics y sus discípulos han hablado con él.

Traductores: El año pasado no pudo asistir a nuestro seminario porque estaba convaleciente de una grave enfermedad.

Lajos Grendel: Hace dos años tuve una apoplejía. Estaba en Moscú, invitado a una charla con los lectores tras la publicación de una novela mía en ruso. Apenas pude conocer la ciudad, solo visité las torres del Kremlin, algún que otro edificio estalinista y el hospital. Me trajeron a casa en una ambulancia, el viaje duró 24 horas.

T: Fue un incidente con durísimas secuelas.

L.G.: Efectivamente, me quedé con medio cuerpo paralizado, incapaz de hablar. Me he ido recuperando poco a poco. Desde entonces, he publicado un libro, El amor está lejos, que escribí con una mano, porque con la otra no puedo hacer movimientos tan finos. Tengo claro que ya no voy a escribir novelas largas, de esas que han publicado últimamente mis colegas. (Se ríe.)

T: Aparte del ruso, sus obras han sido traducidas a otros idiomas.

L.G.: Sí. Tengo tres novelas traducidas al francés. He estado en París unas 14 veces; desde finales de los años 80, he mantenido varios encuentros con los lectores; la última vez estuve en 2003. También tengo obras traducidas al italiano, al serbio, al inglés, y por supuesto, al eslovaco.

T: ¿La literatura eslovaca ha ejercido alguna influencia sobre la húngara?

L.G.: No, la eslovaca no, pero la checa sí. Hrabal, más que nadie. Pero su obra no solo repercute en la literatura húngara de Eslovaquia, sino también en otros autores húngaros. Y ©kvorecký, cómo no, también ha influido en nuestra literatura, lo mismo que el Kundera de los años 1960 y 1970.

T: ¿El centro de la vida literaria húngara en Eslovaquia sigue siendo Pozsony (Bratislava)?

L.G.: No, dejó de serlo después de 1989. En parte porque las generaciones jóvenes se fueron a vivir a la provincia; a Dunaszerdahely, por ejemplo, que es un pueblo enorme. Sin embargo, Pozsony tiene una editorial muy importante, Kalligram, de la que soy fundador y que edita tanto a autores húngaros de Eslovaquia como de Hungría. Por tanto, Pozsony se ha convertido en otro centro más de la literatura húngara. Ya no trabajo en la editorial, pero continúa teniendo una tremenda importancia para mí.

T: Estamos trabajando en la traducción de su novela Las campanas de Einstein, en la que habla de la decepción que experimentó en Checoslovaquia pocos años después del cambio de régimen, a principios de los 90.

L.G.: Efectivamente, es una novela satírica que escribí porque sentía una tremenda desilusión y una incontenible ira que quise expresar en esta obra.

T: Es una obra que tiene mucha fuerza, al mismo tiempo que es fácil de leer, el lector se deja llevar por el texto.

L.G.: La terminé en poco tiempo, guiado por el enfado que sentí.

T: Es curioso que la novela se publicase en el 92, poco después del cambio. Parece haberse escrito desde una distancia mucho mayor. ¿Tan pronto se percató de los defectos del nuevo régimen?

L.G.: Me di cuenta de que aparentemente todo había cambiado, no obstante, en el fondo seguía siendo lo mismo. Cambiaron las máscaras, pero las personas no. Y tuve que reconocer que no había libertad. Y en este caso, el escritor no tiene otro remedio que escribir su experiencia, dar voz a su ira.

T: Y en el extranjero, ¿llegaron a comprender la novela?

L.G.: En Italia, no estoy seguro. La alabaron, pero me parece que la malinterpretaron. En cambio, en Francia tuvo una excelente acogida, las extensas críticas publicadas en Le Monde o en Libération mostraban que el público francés había captado la esencia de la novela. Las críticas más feroces las recibí en Hungría. Curiosamente, uno de los críticos que en su día escribió una reseña demoledora sobre Las campanas de Einstein, al cabo de diez años, reconsideró su opinión en una crítica muy positiva.

T: El fervor tan característico del texto nos hace pensar que está nutrido de experiencias personales.

L.G.: Yo participé en el cambio de régimen en Pozsony, de modo que pude ver con mis propios ojos los cambios por los que atravesaron muchas personas. Terminé hartándome de la política, y la abandoné. Sin embargo, seguí con cierta envidia los acontecimientos de Budapest. Hungría ya era un país democrático cuando en Checoslovaquia había aún dictadura. En aquel entonces admiraba a Hungría. Justo durante una de mis estancias en París se produjo el funeral del ministro Imre Nagy, mártir de la revolución de 1956. Tras esos sucesos, me resultó terrible regresar a Checoslovaquia, tan atrasada en cuestiones de democracia. Viendo los acontecimientos de aquel junio de 1989, el escritor Miklós Mészöly, que también se encontraba en París, volvió inmediatamente a Hungría.

T: Mészöly fue el gran maestro de los escritores húngaros.

L.G.: A partir de los años 70, Mészöly fue más que un modelo o un simple mentor. Su postura ética era imprescindible para todos. Para él, ética y escritura estaban íntimamente ligadas. Lejos de encerrarse en su torre de marfil, participaba activamente en la vida pública. Su muerte ha dejado un gran vacío.

T: En muchos países había maestros como Mészöly, que presentaban la misma postura ética. Benet, por ejemplo, en España. Ahora parece que falta este tipo de modelos. Por cierto, ¿a quién le da primero sus textos para leerlos?

L.G.: A mi esposa. No es escritora, pero tiene observaciones muy agudas. Es como una crítica sagaz. Y no tiene pelos en la lengua a la hora de decirme su opinión. Tiene un excelente gusto literario. Conoce al dedillo Escuela en la frontera, la gran novela de Ottlik. ¿Ven?, he dicho que tiene muy buen gusto.

T: Muchas gracias por la conversación.


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