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Piroska Szántó con su marido, el poeta István Vas
Piroska Szántó con su marido, el poeta István Vas

En dos palabras – Autobiografía breve

Piroska Szántó

1913–1998

Piroska Szántó, eminente pintora e ilustradora, nació hace cien años. Fue mujer del poeta István Vas y perteneció a varios círculos de intelectuales húngaros desde los años cuarenta hasta su muerte. El presente texto fue publicado como introducción a su volumen de cuentos Desnudo (1994).

Epígrafe: “¿Qué le has hecho a mi corazón, época infame…?” (Frigyes Karinthy)

¿Qué me ha hecho esta época? De todo, me ha hecho de todo lo imaginable, todo lo que se podía esperar de estos años, vamos a ver, desde 1913 hasta 1993. “¿Pero, señora, cómo ha podido sobrevivir a todo eso?” –me preguntan los jóvenes. Cómo podría contarlo, le pregunté a mi marido Pista, cuando la revista Nueva Escritura me pidió unas memorias en 1976. No las creerá nadie, pensarán que son exageraciones y quejas. A los ochenta años todavía lloro porque a los cinco no me regalaron la muñeca que quería. Hay mucha gente con quejas póstumas que les sirven como excusa, como explicación a sus fechorías. Yo no debía hacer lo mismo.

–– Escríbelo todo –me animó Pista–, ¿ no sabes que la verdad tiene una fuerza impactante? Simplemente procura no sentir lástima de ti misma mientras estés escribiendo. Es mejor que sea el lector quien te la tenga, ¿entiendes?

Yo no me tengo lástima. Afortunadamente tuve una infancia tan horrible, que al cumplir los ocho ya había logrado ser totalmente inmune a toda maldad. De niña decidí que mi padre era el Rey y que lo encontraría al Final de la Novela. Por supuesto, sería heroína de ficción dado que tuve la mala suerte de nacer mujer y por ese hecho algunos campos de la gloria nunca me serán accesibles, lo que significa que todo lo que me pasara a mí le pasaría a esa misma heroína que yo contemplaría con atención para ver cómo termina esta aventura.

¿Me libro en algún momento del encierro de la pequeña ciudad? Claro que me libro, y luego me voy a vivir a Budapest con mi adorada hermana Panni, de la que me separé cuando tenía diez años. Malvivimos felizmente durante los estudios universitarios y de la Academia de Artes, como debe figurar en las novelas y en las biografías de los grandes pintores.

El maestro János Vaszary me admite en su clase, en la Academia de Artes, pero pronto me echan.

Me condenan a prisión porque me gustaría que los campesinos no tuvieran que hacer la cosecha alimentándose solo de sopa de fideos, y que todos los niños tuvieran un par de zapatos para el invierno. Pero ¡qué más me da! Aladár Garamvölgyi en la novela de Jókai pasó más años encarcelado, por no mencionar al conde de Montecristo.

Los muchachos no me miran, me tratan como a un compañero más, pero de repente uno se enamora de mí, y al mismo tiempo aparece otro, un rival digno con el que quiero vivir toda mi vida. Interesante.

No puedo pintar paisajes porque es la guerra, y al aire libre solo se puede pintar con un carné de pintor. El mío me lo han quitado porque no me consideran persona de fiar. ¿Será cierto que el paisaje puede quedar reducido a un mapa militar? ¿Me tienes miedo , pobre Hungría? ¿Así partes en dos mi carrera por primera vez? Es la guerra, puedes pasar un rato sentada al lado de un joven herido que agoniza y hacer de enfermera en un hospital militar. ¡Qué putada es la guerra! ¿Querías ser heroína novelesca? ¡Pues toma!

Los alemanes entran en Hungría. Los contemplo llegar junto a mis compatriotas.

Tengo que esconderme, me persiguen. Encuentro un escondrijo en el pueblo más bonito y pobre del mundo, donde con papeles falsos ayudo en la cosecha alegremente. Cultivo el cáñamo, robo leña del bosque. Tal vez soy la princesa descalza y oculta.

¡Pum! Vuelvo a Budapest justo cuando se produce el golpe fascista del partido de la Cruz Flechada, disfruto del privilegio de estar presente en el asedio de la ciudad, desde la voladura de los puentes hasta los cadáveres ahogados en la nieve, y entretanto me están buscando. Pero yo me escondo en la boca del león; allí no se les ocurre buscarme. Un sitio agradable y seguro en el que mi anfitrión me cuenta sus fechorías diarias con mucho placer.

En el Partido me abroncan tremendamente por no haberlo matado de un tiro y haberlo dejado salir por la puerta de atrás cuando entraban los rusos, pese a que en la casa había un montón de armas. Sea como fuere, al anfitrión no se le mata, pienso yo, ¿no es cierto?

El Grupo Socialista de Artistas se convierte en la Asociación de Artistas. Se les olvida avisarme. Es cierto que yo nunca había pegado en el Grupo porque me interesaban más los árboles budapestinos atrapados en el asfalto que los temas obreros que me exigían. ¿Qué le vamos a hacer, si era eso lo que me interesaba?

No pasa nada. Nace la Escuela Europea, que se convierte en mi hogar, en mi dulce madrastra, y tres años más tarde la cierran, por supuesto.

Soy incapaz de pintar según el realismo socialista, y mi marido tampoco puede escribir poemas por encargo. Entonces me dedico a las ilustraciones y él hace de corrector. Deja el Partido en 1951, yo sigo. Vienen tiempos difíciles que serán el fundamento de la cardiopatía en mi caso y de la dispepsia en el suyo.

Y luego se produce el milagro: el 23 de octubre de 1956. ¿Verdad que todavía hay milagros? El mundo me da la razón, aunque solo durante once días.

Quedamos sumidos en la oscuridad; la mayoría de nuestros amigos está en el extranjero o en la cárcel, o en sitios todavía peores. A mi marido lo salva un comentario suyo irónico, le quedo muy obligada para siempre a aquél soplón (¿chivato?, ¿delator?) que informó al Jefe de los Jefes.

¿Y eso? Sufro un infarto justo cuando el Government nos invita a Inglaterra. ¿Me voy a morir justo ahora? No es de extrañar que me pase porque Pista no vuelve del ministerio donde tiene que solicitar el permiso de viaje. Lo espero en Szentendre, estoy convencida de que lo han detenido, pues por aquel entonces eso pasaba con bastante frecuencia. Resulta que había estado tomando unas cervezas hasta la madrugada con su amigo el escritor Géza Ottlik porque el primer ministro Imre Nagy había sido ejecutado ese mismo día.

Al año siguiente podemos aceptar la invitación inglesa, nos dejan irnos de viaje con cinco (5) dólares por persona. Así es, y ahora nos toca algo de las falsas promesas de la barraca más alegre de Europa del Este. Desde entonces podemos viajar, somos invitados y enviados.

Nuestros amigos jóvenes rompen con nosotros porque 1956 nos es más significativo que 1968. Viejos chochos que se han quedado en 1848. Tendrán razón, es la ley del mundo. No importa que hayamos visto el milagro.

Sin embargo, me sorprende que se nos considere unos cobardes despreciables que apoyan al gobierno. Se quedan pasmados cuando aceptamos el encargo de escribir algo contra el régimen comunista en el libro sobre Bibó. Qué remedio, no nos gusta firmar cualquier cosa; pero es un honor escribir acerca de István Bibó, a quien ambos conocimos bien.

Viajamos a Italia varias veces. También a Inglaterra. Y a Grecia. Por supuesto, en Siena, anginas; en Roma, hemorragia de estómago, y en Londres e Israel, accidentes. En el Partenón nos ayudamos mutuamente a subir arrastrándonos por las escaleras, y me veo desde fuera: el viejo poeta y su mujer logran en su vejez lo que de jóvenes tanto desearon, y lo pagan caro, muy caro. No solo con dolor físico, sino con las muecas de los amigos: “Claro, el que es amigo de Cristo se salvará sin problemas”. Es cierto que tenemos relación con György Aczél (cuando nos lo consiente), seríamos unos desagradecidos si olvidáramos que nos salvó la vida a los dos por separado. Es cierto que de momento es ministro, pero fue un miserable estudiante de teatro, y será una grandeza caída del que echarán pestes aquellos que antes se hincaron de rodillas ante él.

Después de la muerte de Carlomagno el imperio quedó dividido. Solo ciento cincuenta años más tarde, añade Pista. El progreso es más acelerado ahora. ¡Pensadlo, proletarios!

¡Por Dios, cómo se precipitan nuestros amigos más jóvenes para alcanzar sus objetivos, y cuánto arriesgan para lograrlos! Afortunadamente no me hacen caso. ¡Qué preocupada estoy por ellos! ¡Cuánto miedo me dan! De momento no los eliminan, pero yo ya he visto cosas semejantes dos veces, y hay muchas maneras de matar. Malditos tiempos, ¿qué habéis hecho con sus inocentes corazones?

A mí me ha protegido en cierto modo lo que no quiero definir aquí. ¿Ha gustado el cuento, querido público? Fueron felices y comieron perdices. ¿Ha habido un final feliz? No hay final feliz. Claro que vivieron felices, pero después murieron. Murieron todos.


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