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El futbolista vejete

Traducción de Mária Szijj

Fuente: Viaje al fondo del área
Magvetõ • Budapest, 2006
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El futbolista vejete (en lo sucesivo: f.v.) suele ser un mamífero lento, padre de familia y de edad indefinida; ser f.v. es –aunque no necesariamente al margen de la edad– un estado, una filosofía, una forma de concebir la vida. Nuestro lugar en el mundo. El f.v. suele ser una persona de mal carácter y sus rachas de enternecimiento, oleadas de humanismo y el silencio indudable que lo rodea no hacen más que acrecentar su antipatía. El f.v. es, antes que nada, un tipo receloso. Sospecha de todo, con mayor razón si no es sospechoso. (En comparación con él, la sospecha suicida de la lucha de clases que caracterizaba los movimientos comunistas en los años treinta, o aquí en los cincuenta, no es nada, una simple confidencialidad afable, claro está, sin tener en cuenta las víctimas mortales. Cuán poco sabía Rákosi en comparación con Puskás…) El f.v. es dogmático.

Todo el mundo le parece joven. Primero considera unos niños a los veinteañeros, luego a los que tienen veinticinco, y finalmente a los de treinta años. A los de treinta y cinco no, porque (a lo largo de muchos años) cree que él también tiene esa edad. Andando por la calle, no sólo le parece joven la mayoría de la gente, sino también que son futbolistas (la calvicie, la panza, una pierna amputada, el pertenecer al género femenino, o incluso todos estos factores juntos –¡imaginémonoslo!– no supone mayor obstáculo que la verdad en el caso de las tragedias sociales antes mencionadas: o sea, nada en absoluto). Y precisamente por eso todos pretenden lo mismo: figurar en el equipo, ni que decirse tiene en lugar de quién. Teniendo en cuenta este hecho, toma las medidas oportunas, el maquiavélico f.v. realiza llamadas telefónicas conspirativas con el utillero y el guardameta, o sea, con las personalidades más competentes, y con alguien influyente que no debe ser nombrado, no duda en acosar con llamadas anónimas al entrenador, o comunicarle –en su nombre– al joven delantero de futuro prometedor que, digamos, el partido del domingo empezará una hora después, y llegado el domingo, defiende grandilocuente al chaval, por el amor de Dios, ha llegado tarde, le puede pasar a cualquiera, pero qué talento, aunque, claro está, también debe haber disciplina…

El f.v. aún no es viejo. En los entrenamientos (!) lo sabe todo mejor que nadie. Así que es prepotente. Su prepotencia va de mano de la humildad, porque el f.v. exige privilegios, respeto, reconocimiento y un puesto fijo por considerarse el dueño de los tiempos y del balón –y si en la prensa deportiva lee que nadie tiene puesto seguro, lo asume como una intriga, un ataque directo contra su persona–, sin embargo, carece de autoestima, considera cada minuto que está en el campo como un generoso don de la Vida, un regalo que uno no puede llegar a merecer, en todo caso, agradecer. En otras palabras, un f.v así puede llegar a ser muy agradecido.

El f.v. –como podemos ver– es una solterona histérica, de pasado brillante y tempestuoso (ver, como siempre, la relación de Flaubert y de Madame Bovary). Pero esto no es más que una anécdota. Los pilares fundamentales de la caracterología del f.v. son la pereza y la queja.

Su pereza puede calificarse, sin duda alguna, de ontológica. Se trata de una desidia y oposición profunda, serena, que no es fruto de la resolución, sino algo mucho más natural (podríamos preguntarle a la roca ¿por qué no vuela? y al bosque ¿por qué no corre?; al oro ¿por qué no flota?), que por un tiempo puede disimularse con algo de correteo y de gimnasia, pero luego a la hora de la verdad, el f.v. no sólo se detiene sino que se queda plantado como un mono, suspira tan hondo que se estremecen las estrellas y suelta la palabra casi al unísono con el firmamento: NO. Ni un paso más. Ni uno sólo. No quiero seguir sufriendo. Basta. Yo, por voluntad propia, no volveré a correr. Sin balón no es que lo hiciera antes; en los escasos esprints de más de diez metros lo invadía la terrible soledad de los corredores de fondo, pero de hoy en adelante sólo se quedará parado sobre el verde césped, hasta la eternidad, contemplando, reordenando sus ideas, meditando y, mientras, le molestará algo el apresuramiento presente en el campo, ese caos atolondrado del que, por lo que parece, aún tiene ciertos recuerdos.

(…)

Al f.v. le duele todo. Le duele o le dolerá cada mota de su cuerpo. No hay movimiento que no le rememore un dolor pasado, una historia dolorosa y una queja presente. Vendas, esparadrapos, bolsas de hielo, tobilleras, rodilleras, fajas elásticas, ungüentos, aceites, pastillas contra calambres. Si hace el calentamiento a conciencia, se siente muerto de cansancio; si no, se lesiona. Si lo hago, me duele, me quejaba de niño a mi padre. Pues no lo hagas, me contestaba llanamente.

Lo que más respeta el f.v. son sus rodillas. Hay una variante de rotura de cartílago que llaman –según tiene entendido– ratón articular. Piensa mucho en ese ratón. Que va y viene por allí, dentro de la rodilla donde mora; con ello el f.v. se siente un ser especial, elegido y vulnerable. A veces se acaricia la rodilla con ternura. Al ratón lo llama Béla y lo tutea. Si, por pura casualidad, logra meter un gol, le dice: Bien, Béla, lo hemos conseguido… Considera a Béla un amigo, con quien poder contar. Ya sabe que la amistad causa dolor.

Las quejas no se conforman con poco, son ambiciosas, lo quieren todo: el tobillo flojo es un tema fecundo, con sus problemas de ligamentos, las inflamaciones enigmáticas del tendón de Aquiles, la abundancia de calambres (en pantorrillas, muslos), el sensible músculo interno de la pierna, amén de las contracturas, las obstinadas contracturas, y, faltaría más, un ataque vil e inesperado: los músculos de la espalda. Quién hubiera creído que existían, y de allí a un sólo paso –mal dado–, los músculos del cuello: la última traición. Y los pecados a la altura de la cintura…


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