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Mihály Babits

El califa cigüeña

Traducción de Eszter Orbán y Fernando de Castro

Título original: A gólyakalifa
Osiris • Budapest, 2000

I

(Autobiografía de Elemér Tábory)

Quiero reunir los escritos de mi vida. ¿Quién sabe cuánto tiempo me resta? El paso que me he determinado a dar puede que acabe siendo fatal. La noche va pasando lenta y segura. De repente, cual un asesino, se acercará de puntillas el Sueño negro y se parará silencioso detrás de mí. Súbitamente me tapará los ojos con la palma de la mano. Y entonces ya no responderé de mí. Podrá ocurrirme cualquier cosa.

Quiero reunir los escritos de mi vida antes de volver a dormirme.

Guardo apuntes fieles de todo lo sucedido. Mi vida ha sido como un sueño, y mis sueños, como la vida. Mi vida ha sido bella como un sueño. ¡Ay, ojalá hubiera sido mi vida desgraciada y mis sueños bellos!

… Todo comenzó cuando tenía dieciséis años.

Antes también habían ocurrido cosas extrañas, pero no había en ellas nada que llamase la atención: podían considerarse meras niñerías. Por ejemplo lo del carpintero. Cada día, de camino al instituto, pasaba junto al taller del carpintero. Muchas veces me detenía delante de la estrecha ventana. Poco a poco, en mi fantasía aquel taller tan oscuro se iba convirtiendo en un escenario de misterios. Sin causa ni fundamento me imaginaba cómo allí, con el pretexto del inocuo oficio de carpintero, malhechores, falsificadores de moneda, quizás incluso asesinos maltrataban o torturaban a inocentes muchachos… como yo. Es más, de alguna manera les llegué a insinuar esta convicción a unos camaradas míos, de modo que acabamos fundando una auténtica sociedad secreta del doctor Holmes para esclarecer aquel misterio. La sociedad, igual que el propio enigma, dejó de existir sin más, no obstante yo, inexplicablemente, seguía estremeciéndome cada vez que me asaltaba el olor a cola que se desprendía por la ventana de la ebanistería, como si fuera un olor familiar, como si yo mismo hubiera vivido y sufrido durante mucho tiempo en aquel taller.

Sin embargo, yo era un muchacho rico de buena familia, y el mejor alumno del insituto.

En el instituto tenía dos compañeros a los que me unía un apego especial.

Por lo general era muy superior a mis compañeros. Me tenían cariño y me admiraban porque era guapo y capaz, más inteligente y más fuerte que ellos, porque me vestía bien, siempre llevaba encima dinero de bolsillo y, sobre todo, porque no les hacía el menor caso, ni valoraba en absoluto su amistad. Era un verdadero Sonntagskind, había nacido con estrella: me mimaban, y todo al que yo sonreía se alegraba. La gente se deleitaba sólo con contemplarme, y yo, bañado en tan abundante cariño ya desde mi más tierna infancia, ignoraba completamente lo que éste valía; era amable con todo el mundo, pero no me preocupaba por nadie en especial. Tanto más se preocupaban los otros por mí: se agarraban celosos de mi brazo, e incluso había un muchacho encorvado y silencioso, Iván Horváth, que estaba como enamorado de mí.

A él sin embargo lo toleraba, pues iba a una clase superior a la mía y era un muchacho inteligente; filosofábamos juntos, yo le prestaba libros franceses, y de vez en cuando le pedía cuentas:

—¿Sigues con escasas quince páginas leídas? —Sabía que estudiaba francés sólo para no tener vergüenza delante de mí.

—Tú lo tienes muy fácil —se quejaba en esas ocasiones—, ya de pequeño aprendías con tu institutriz.

—¿Y qué aprende uno con una institutriz? De todas formas tienes que leerte como mínimo unos cuantos libros enteros con ayuda del diccionario.

Me gustaban mucho los libros. Quería comprenderlo todo, saberlo todo, asegurarle a mi mente el acceso a todas partes. Y detestaba a los demás, a los que carecían de semejantes deseos. Comprendía y encontraba natural su admiración, pero aun así me incomodaban. Era consciente de causar dolor a aquéllos a los que trataba con indolencia, a los que yo no premiaba por manifestar sus sentimientos; sin embargo, eso incluso aumentaba tanto más mi indolencia y mi despreocupada superioridad. No había en mí malevolencia alguna, es más, era capaz de desprender ternura y cariño, pero era fuerte, y mi amabilidad no quería hermanarse con la debilidad.

No obstante, entre mis compañeros había dos ante los que me sentía débil.

Ambos eran unos muchachos bastante ordinarios y tontos. Karcsi Hódi siempre se reía a sus anchas, desconcertándome cada vez, y dándome la impresión de que se estuviera riendo de mí. De ninguna forma lograba combatir aquel sentimiento molesto, y explicarlo aun menos. Si bien todo el mundo puede observar en sí mismo cosas parecidas, en el caso de nadie cobran tal sentido como en el mío.

El otro era Fazekas. Este joven grande y apático alquilaba una habitación en la casa de una bodeguera, llevaba peinado de ayudante de barbero, iba vestido con ropa polvorienta, negra y holgada, y siempre estaba pálido. Cada vez que lo miraba me sentía mal, como si me recordara algo malo.

Eran muchas las cosas que parecían indicar que en el fondo de mi memoria había algo terrible, algo que de repente le proporcionaría al mundo otra imagen, pero yo ignoraba qué era aquello.

Así y todo, era como un alumno más, me sentía igualmente feliz en el campo de fútbol, en la academia de baile o entre mis libros: todavía niño, alegre y jugador, y ya todo un pequeño filósofo. Me gustaban las matemáticas, todo lo que fuera difícil y riguroso, donde pudiera lucirme ante mí mismo con la justa agudez de mi joven mente. Mis profesores me tenían aprecio, es más, hasta cierto punto ellos también me trataban como mis compañeros. Todos procuraban quedar bien conmigo, se avergonzaban ante mí de cualquier ignorancia o debilidad, casi tenían celos de mí y de aquella persona a quien yo quisiera y estimara más. Incluso me consideraban una autoridad: Miska Cúbico me llamaba a mí cada vez que surgía algo que ni él mismo sabía con certeza. Y así pasaba un año tras otro.

Y a los dieciséis años…

Había acabado sexto y eran las fiestas de mayo de la escuela. Me levanté temprano y me apresuré a ver qué tiempo hacía. Recuerdo vivamente aquella mañana. La describiré –describiré el día entero- para que el lector pueda ver cómo era mi vida antes de que me despertase en aquel horror. Era un día dorado, un mundo frondoso y fresco se asomaba por las paredes de cristal de la veranda: chispas plateadas, frescos y pálidos dedos como agujas en los pinos, bolas de nieve en remolino. Me acuerdo de todas las flores. ¡Cómo lucía la lila! Había un arbusto que nosotros los niños lo llamábamos simplemente baya, porque tenía unas bayas blancas que eran como bolsitas, y las pisábamos con el tacón de modo que hicieran chasquidos al reventar sobre la tierra. Echaba diminutas flores racimosas de color rosa y como estaba cubierta de abejas, todo el arbusto sonaba como un órgano de iglesia.

Algunos cristales estaban abiertos, y podía oír todo lo que pasaba fuera. Las abejas y las avispas alzaron el vuelo desde el arbusto de bayas, súbitamente, como el extremo de una cuerda desenrollada, y luego salieron a la calle por encima de la reja de hierro, describiendo una curva audaz y zumbante, atraídas por el meloso olor de la flor de la acacia. Oía también los pájaros, miles de formas de gorjeos y gorgoritos, todo sonaba e irradiaba vida. Y los mirlos, ¡qué alborozados que estaban! Una y otra vez daban voces y chillaban, como los mozos en la posada, y yo, un niño, no me pude contener y les grité: ¡El juez es un bribón! !El juez es un bribón![1]

Aquel mundo verde era una risa continua. Silbido, más silbido y jolgorio. Las vacilantes sombras de los rayos de sol se esparcían por la espesa fronda igual que los diminutos hoyos que la risa produce en una cara. Yo reía por la felicidad que me provocaba el hecho de que para las fiestas de mayo hiciera un tiempo tan maravilloso. Una hermosa paloma gris se posó en la ventana abierta, yo me acerqué para atraparlo, pero ella se echó a volar, se detuvo en el patio y empezó a andar a pasos mesurados mientras movía el cuello orgullosamente.

En ese momento entró Mariska con el desayuno. El incitante olor del café inundó la habitación. Mariska llevaba en la cabeza un pañuelo atado por detrás, como de mozuela, y sonreía mucho. “El señorito va a llegar tarde. Está todavía sin vestirse.” Volví corriendo a la habitación donde me esperaba la ropa limpia, ni siquiera tenía que buscarla.

“¡Qué suerte es tener una habitación propia! ¡Qué magnífico es percibir sobre la cara el agua fría por la mañana temprano! ¡Qué agradable es el tacto fresco de la ropa interior limpia! Es realmente estupendo sentirse tan cuidado. ¿Habrá piñata en la fiesta?”

De repente se abrió la puerta, mi madre asomó la cabeza y yo, sentado en la cama, tratando de ponerme la camisa limpia, hice un movimiento parecido al de un corzo sorprendido. Mi madre era una mujer tan guapa, joven y elegante que me daba vergüenza vestirme delante de ella. Delante de la criada, en cambio, no me daba. Sin embargo, al ver aquel rostro hermoso y noble al que, según dicen, el mío se parece bastante, aquella estatura distinguida vestida con una preciosa bata, me acurruqué debajo de la manta como un caracol en su concha.

Ella se inclinó para besarme la frente, que yo, asustado, procuré esconder debajo de la manta. “¿Quién ha visto a un niño así? Tiene vergüenza delante de su propia madre.” Tan pronto como ella salió, recogí las ropas y abrí presuroso la puerta. El café humeaba y tras el mantel blanco estaba mi tía, la nenne, repartiendo la nata.

De entre todos los humanos era tal vez a ella a quien más quería. Era la hermana mayor de mi padre, no se casó nunca y vivía con nosotros. Yo siempre tenía la impresión de que toda ella era de plata. En su pequeña cabeza tenía el cabello asombrosamente plateado; su rostro era finísimo, con su color ligeramente blanco y su sonrisa de discreta luminosidad, como una filigrana de plata. El resplandor de su sonrisa era el de la plata, y jamás había oído un timbre argentino como el de su voz. Sin embargo, lo más plateado era su alma; su voz argéntea era el eco de su alma, y su sonrisa reflejaba el resplandor de su espíritu. Me da la impresión de que incluso su nombre, nenne, como la llamábamos en casa, evoca una imagen de irresistibles y suaves luces y de timbres argentinos, tan sólo recordándolo. Me resistía a creer que tuviera el cabello blanco por la edad. Era joven, fina y dulce. Habría nacido plateada, como un hada; yo no me imaginaba a las hadas de otra forma que a su imagen, tal como estaba ella allí tras el mantel limpio, la nata fresca y las cucharas de plata que brillaban en el sol de la mañana.

Las chicas paseaban por el jardín: mi hermana Böske, de diez años, y mi prima Böske, nuestra invitada, que era una muchacha de dieciséis años, alegre y guapa. Mi padre aún estaba durmiendo, pero me prometió acudir a la fiesta. También los profesores contaban con él, uno de los principales personajes ilustres de la ciudad. Yo, el orgullo de mis padres, tenía que estar guapo y arreglado, y mi madre realizó una vez más una exhaustiva inspección de mi atuendo. Mariska esperaba detrás de mí con el cepillo de ropa en la mano. Estaba asimismo la vieja ama Vivi, de la que hablaré más adelante. La nenne dijo: “Niñas, cortad una rosa y ponedla en el ojal de Elemér para que esté guapo.”

Böske, la mayor, colocó la rosa en mi ojal, y yo contemplé muy de cerca su hermosa cara. Luego, me acerqué a ella dando un ágil paso de baile, me incliné y la besé en la mejilla como señal de gratitud: aquello le gustó, pero después se arregló el pelo como si estuviese indignada. Yo me reí, con una sana picardía propia de los niños.

Así era aquella mañana resplandeciente, llena de zumbido de abejas. Hasta Cézár, aquel cariñoso perrito, daba saltos sobre mí, de modo que apenas logré proteger mi bonito vestido. Todos me acompañaron hasta el portal y se quedaron mirando cómo me alejaba. Yo me fui a la fiesta de mayo orgulloso, limpio y radiante.

De esta manera recuerdo todo, y así podría describirlo todo: la reunión en el patio del instituto, aquel zumbido prometedor y cargado que, como el zumbido en el teatro antes de la función, como el olor fresco de los libros recién impresos, me encendió el alma. Mis compañeros, que parecían tensos y extraños en su nuevo vestido, arreglados como si los hubieran pelado y envuelto; se podía ver que, tan sólo por un día, habían logrado salir de la escuela y entrar en el mundo, como las focas que abandonan el agua. Los profesores: Miska Cúbico, que aguardaba entre nosotros sin moverse, con todo el peso matutino de su sangrienta autoridad. El señor profesor Ernõ Krug, organizador de la fiesta de mayo: aquello constituía su mayor orgullo, el principal acontecimiento de su vida, se pasaba la primera parte del año preparándose para ella, y la otra, bañándose en la gloria. Recuerdo asimismo la bandera, regalo de mi madre al instituto: ella era la patrona de la bandera. La salida: ¡qué estupendo era salir a caminar! Caminar por los campos. El sol de Dios quemaba, las axilas se refrescaban por el sudor, el gitano tocaba, y no habría clases al día siguiente. ¡Quién pensaría en esos momentos en los deberes de latín! ¡Vamos!.

—Este bosque es magnífico —exclamó Pista Révi, que aún leía libros de Verne, y hablaba siempre sobre pulpos y campanas de buzo.

—Los vaqueros acechan en lugares así.

Podría describir toda la fiesta y los juegos: ¡sí que hubo piñata! Y tiro de cuerda. Y entalegado. ¡Qué patoso estaba Krausz!, intentando luego justificar su torpeza durante media hora… Hasta el propio profesor Náci Kákay, que tenía el principio pedagógico de “mezclarse en los juegos de los niños”, rompió una de las jarras de barro. Yo mostraba habilidad en todo y estaba feliz, era un minúsculo partícipe de una enorme felicidad: mi ferviente alma llegó casi a perderse en aquel bullicio de juegos. Ocurre con frecuencia con los niños que no se sienten a sí mismos. De vez en cuando, sentado en el pupitre entre mis compañeros, me preguntaba: ¿Por qué entre tantos yo soy yo? ¿Qué clase de secreto le une todos mis intereses y sentimientos precisamente a ese cuerpo pequeño y bello? ¿Por qué no al de mi vecino de pupitre? Sin embargo, en ese momento mi alma se fundió con el de la muchedumbre alegre y sin reflexiones.

Era un día feliz, muy feliz. ¡Y precisamente ese día tuve que enterarme de todo!

¿Por qué rivalizaba en los juegos todo el tiempo ostentosamente con Karcsi Hódi y con Fazekas? Era como si quisiera demostrar mi superioridad ante mí mismo. Cuando sin lugar a dudas era superior.

¿Qué daño me habían hecho? ¿Por qué, sin querer, les tenía tanto odio?

A mis ojos, aquellas dos caras formaban dos toscas manchas que me recordaban algo, dos puntos en un hermoso cuadro en el que la pintura se había desprendido, dejando al descubierto el desnudo lienzo.

Precisamente aquel día tuve que enterarme de todo.

Almorzábamos apiñados en los largos bancos, un vientecillo refrescante soplaba en medio de aquel gran calor, el dorado tapete calado se movía, y una que otra hoja de acacio venía a parar a nuestros platos. Tras terminar la sopa, alguien lanzó súbitamente un grito:

—¡Viva el profesor Krug!

—¡Viva! —salió el grito de las gargantas de cuatrocientos muchachos, como un pájaro prisionero de su jaula, como toda una bandada de pájaros que de repente emprende el vuelo para elevarse velozmente muy alto en el cielo. Fue una exclamación interminable y ensordecedora: los más nerviosos gritaron tapándose los oídos, los ramos de los árboles se estremecieron, y los profesores se rieron y se enfadaron.

Krug andaba entre nosotros y vigilaba la comida.

—Soy muy popular, ¿verdad? —le dijo a Darvas riéndose, pero estaba contento de aquella manifestación.

El vocerío, sin embargo, no se atenuó, los gritos se desprendieron como en oleadas; después de cada plato fue el turno de otros nombres:

—¡Viva el profesor Darvas!

—¡Viva el profesor Cserey!

—¡Viva el profesor Kákay!

No faltó nadie. Algunos eran celebrados tímida y modestamente, otros con tormentosa mofadura. Cuando tocó el nombre de Kákay, el bosque entero resonó despiadadamente.

—Basta ya, chicos, basta! —dijo Náci haciendo un ademán de resignación.

Pero nostros continuamos, y el director nos miró angustioso desde la veranda del restaurante. El viejo tiralevitas cultivaba su reputación entre algunos invitados que, en su función de padres o personas distinguidas, amigos del instituo, se iban presentando en aquella comida social. Allí encontré también a mi padre. El juez de distrito Licskó, que llevaba toda la mañana bebiendo, estaba contando una anécdota de caza imposible de seguir, elevando cada vez más su ronca voz para que se dejara oír entre los vivas.

—Oye —me dijo al oído Pista Révi, mi vecino. —Mira a aquel hombre que está sentado junto a Licskó.

—La tercera mancha —fue el pensamiento que atravesó súbitamente mi alma al dirigir la mirada allí.

Era un hombre grande y fuerte, con una barba morena y enmarañada al estilo Kossuth[2], y con ojos azules acero que vibraban extraños. Llevaba unos pantalones de lana grises y una casaca; en vez de chaleco tenía puesta una cintura de seda ancha, arrugada y negra, atada al cinturón. Tenía el cuello de la camisa doblado, por debajo colgaba una corbata oscura y desfilachada.

—¿Sabías que ése es un yanki?”, me explicaba Pista Révi, con sumo interés. —Ha estado mucho tiempo en Amércia, sabe inglés, trabajó de ingeniero. Se llama Kincses. Hace poco que ha regresado. Estuvo en la Cuidad del Gran Lago Salado, en el Great Salt Lake City.

—Greit Solt Leik Siti —corregí su pronunciación.

Por fin se acalló el alboroto. Kriegler, un alumno sobresaliente de octavo, se detuvo delante de la veranda y comenzó un discurso sin arte.

Yo no dejaba de contemplar a aquel ingeniero … No le podía quitar el ojo. ¿Intuiría ya que aquellos momentos eran el comienzo de algo? ¿De una tortura para el resto de mi vida? Lo dudo. Pero aquella cara… ¿La habría visto ya en algún lugar? Yo recordaba nítidamente aquel rostro.

Desde mi primera infancia, los rostros humanos me han producido un poderoso impacto. Hasta el día de hoy me parece ver en ellos el reflejo del alma: un hombre y su rostro para mí son uno. Sin embargo, ningún otro rostro humano me había causado tanto impacto como el que me causó aquél (excepto el tuyo, hermosa Etelka; pero aquella cara y la tuya no tienen nada que ver). Aquellos ojos masculinos azules oscuro, asombrosamente familiares… Me estremecí cuando de repente acertó a mirarme, como si fuera mi profesor que me soprendiera haciendo algo prohibido. Como si miles y miles de oscuros recuerdos se arremolinaran en mi cabeza y avanzaran desde la oscuridad y la profundidad hacia aquellos ojos que los estaban llamando; llamando a la luz aquella amarga tropa…

Todo aquel hombre tenía un aspecto prodigioso y a la vez enormemente real. El agudo rayo de sol que caía desde lo alto de la veranda rayaba su pantorrilla; su cabeza permanecía en la sombra. Era todo menos elegante: llevaba la ropa arrugada y polvorienta. Su camisa estaba abierta al desgaire, de modo que cuando hacía determinados movimientos, se le descubría el pecho. En su rostro se sentía algo salvaje, cierta rudeza de artesano, y en su mirada había algo llamativo. Cuando lo observaba, el resto del festejo me parecía irreal, un agradable sueño. No tenía ojos más que para él. Los niños charlaban. Kriegler pronunciaba un discurso. El director no contestaba. Yo no oía.

Me estremecí. Se lanzó un triple Viva, acompañado por un trémolo que tocó el gitano.

¿Acaso conozco a alguien que se parecza a ese hombre? No, no, es él mismo a quien yo conozco.

¡Menuda estupidez! ¿De dónde lo conoceré? ¡Si acaba de regresar de América, del Gran Lago Salado…!

Silencio. Habló mi padre. Hizo un brindis en nombre de los invitados, con efusión, claridad y cordialidad señorial. Hablara con quien hablara, su voz siempre tenía un tinte de condescendencia, sin embargo nunca resultaba ofensiva o desagradable, antes bien honorífica. Era un verdadero señor húngaro: de una alegría sobria y ojos abiertos, con una cuidada y canosa barba completa, atuendo delicado y vestidos escogidos con esmero. Era inteligente, cuerdo y buen catador de hombres. Yo siempre lo consideraba un ideal. Y en ese momento de pronto me pareció maravilloso que él fuera mi padre. Como si estuviera soñando que yo era hijo de ese hombre tan culto, garboso, noble y rico.

Se me estaban cerrando los ojos. ¿Sería por la cerveza? ¿O por la abundante comida? Finalmente nos disgregamos. Mi padre me llamó:

—¿Qué tal lo estás pasando?

—Bien. —Pero ya estaba huyendo: huía de la veranda. Tenía miedo, realmente tenía miedo: de aquel hombre. Me tocó ponerme en la taquilla durante media hora. Bajé con Pista Révi por la alameda oscura donde ya estaban colgando los farolillos.

—Oye —me dijo Pista Révi. —¿Sabes que la Ciudad del Gran Lago Salado también se llama El Nuevo Jerusalén? —No le contesté, por lo que Pista empezó a explicarse:

—Allí viven los mormones. ¿Sabes que los tres directores generales tienen en total hasta ochenta y dos mujeres? —Seguí callado. Él, sin embargo, no se calmó hasta contarme todo lo que sabía de los mormones.

—¿Sabes que los mormones lucharon mucho con los indígenas? Y eso que se consideran parientes de los indios… —Siguió pensativo: —Me gustaría saber si el ingeniero Kincses ha visto indios.

—¡Pero si los indios prácticamente se han extinguido! —le interrumpí.

—Por allí todavía existen —insistió Pista, y luego planteó otro tema: —Me pregunto cuántas veces se habrá ajustado el reloj el ingeniero Kincses hasta llegar aquí. Allí es de día cuando aquí es de noche.

—Yo lo podría calcular —le contesté. —Eso sí, para ser extacto debería conocer la longitud y latitud geográficas.

¿Por qué tengo grabada con tanta nitidez cada palabra, cada imagen de aquel día? La media hora en la taquilla… En la brisa ondulaba un arco de triunfo, el escudo nacional compuesto de ramas se estaba cayendo. Madera blanda, fronda de cintillo y estrado. La pequeña mesa de la taquilla se bamboleaba sobre el suelo desigual, las torres de moneda se desmoronaban tintineando.

—¿Qué tal andamos? —vino a preguntarnos el profesor Krug.

Májer, un rubio guapo que a buen seguro había apilado esa noche todos los diccionarios griego-latín sobre sus pantalones planchados, acechaba a los Sárközy visiblemente excitado y luciendo una escarapela con los colores de la bandera nacional — esperaba en especial a Ella Sárközy. Pero eran siempre otros los que llegaban. Se acercó un coche con un alguacil: llegó el vicegobernador Simonffy con su esposa, una mujer afectada y nerviosa, y la pequeña Alice, que llevaba el cabello extendido, unas cintas azules junto a las orejas, zapatos blancos y medias. “Tus padres ya están aquí, ¿verdad?”, me preguntó la señora Simonffy.

—Ahora no tengo tiempo para pensar en nada —dije para mis adentros. —En seguida, en cuanto pueda, pensaré en todo.

Llegó Gizi, la morena Yizi, la “belleza italiana”, una muchacha madura de catorce años, que coqueteaba con todos los alumnos del instituto. Y los Szanders, con la pequeña Nelli, tímida y lista…

Acto seguido comenzó el baile en el cobertizo afestonado: la danza vespertina de los niños. La bailaban niños y niñas pequeñitos, extrañamente desconcertados y sonriendo con picardía. Las pequeñas parejas cruzaron la sala al compás de la música; los chicos conducían con grandezza a las diminutas damas. Alguna que otra niña, a la que se le había soltado el pelo, se separó de su pareja y acudió corriendo a su mamá. Súbitamente, Nellita dio un chillido porque una avispa se le quedó enredado en el pelo. Aparté hábilmente la pequeña bestia con mis manos. Nellita me sonrió agradecida. Silenciosos, bailamos un par de rondas más. Me gustaba bailar, pero era poco amigo de las niñas pequeñas. Algunas tenían las manos muy sudorosas. Además, con ellas no se podía hablar sino de tonterías. Prefería a las muchachas mayores, que a veces contemplaba con ojos ávidos.

Conduciendo a Nellita a su madre, me deslicé del cobertizo. Pasé angustiado delante de la veranda envuelto en humo de cigarro. Empecé a errar por allí y llegué muy lejos, hasta el bosque, por donde ya no andaba nadie. Había allí un pequeño arrollo, un claro y un estrecho puente hecho de tablas. Me senté en un tronco. “¡Estar a solas! ¡Pensar! Kincses… ¿De dónde conoceré yo a Kincses? ¿Qué mal recuerdo asocio a esa cara? ¿En sueños…?”

“¿Por qué? ¿Por qué me parece tan importante? ¿Qué tendré que ver con él? ¡No me va a interesar por América, como a Pista Révi! – le tengo miedo… ¿Alguna sospecha? ¡Bah!, ¡vaya necedad!”

Aquí están estas montañas verdes, con su pompa aterciopelada, siempre listas y tranquilas, como unos viejos hermosos. No le tienen miedo a nada. No se arrepienten de nada, no le hacen daño a nada; ¿a ellos acaso les aflige algo? Y aquí, a sus pies, pensé, está este pequeño hombre, un nino, lleno de fantaseos. Cree que es el centro del mundo. A él sí que lo aflige todo, y se siente relacionado con todo. Cuando era más pequeno, al ver corretear la cegadora luz de los faroles sobre las ventanas, creía que Papá Noel estaba allí merodeando y observando cómo me comportaba. Si de noche abría los ojos y veía un traje blanco colgado de una percha, me parecía un fantasma que me estaba acechando. Me acuerdo que durante un tiempo vivimos en Budapest, en la calle Stáció, en la planta baja de una vieja casa de un solo piso; en el piso de arriba vivía una viuda rica, que tenía la cocina en el sótano; las comidas se le transportaban en un ascensor. El ascensor, empotrado en un hueco cuadrado de la pared, pasaba por nuestro cuarto de niños. Durante las comidas se oían de ese nicho extraños golpes y ruidos como de que algo se escurría. Los escuchaba petrificado, sin atreverme a preguntar a nadie qué eran. Creía que era algo vergonzoso, misterioso y terrible, sobre lo que jamás se debía hablar.

Siempre había tenido fantasías de ese tipo, como sobre el taller del carpintero. Siempre sentía en mí mismo una especie de dualidad: el muchacho alegre y amable estaba acompanado por otro que seguía invisible mis pasos, y cuando me miraba en el espejo, me susurraba al oído:

—¡No le creas a ese chico guapo! Él no eres tú, él te esconde. Debes buscarte a tí mismo, buscarme a mí detrás de él.

Había veces cuando en medio de las más espléndidas diversiones y placeres me decía al oído:

—No les creas. Son meros sueños.

Porque el mundo entero era para mí una sola imagen, una magnífica imagen, y muchas veces pensaba que todo aquello quizás no fuera sino un ensueño; mi infancia, con su curso ligero y llano y su felicidad franca se asemejaba realmente a un sueño. Inconscientemente, siempre tenía miedo de despertarme. Algunas veces, al ver algo muy feo o malo, por un instante tenía la impresión de que en ese momento me iba a despertar de aquel sueño feliz. También me ocurría repetidamente que algún que otro ambiente o situación de pronto se me aparecía como familiar, como si en sueños, o en algún estado anterior al nacimiento ya los hubiera vivido. No obstante, se dice que semejantes impresiones las suelen tener todos.

—Bah, todo eso tendrá sin duda alguna causa natural —pensé bostezando.

—Tal vez, de pequeño, algún día me encontré con el maestro o con alguien que se parecía a Kincses, y a lo mejor, siendo un niño pequeño, le tenía mucho miedo, y ahora se habrá vuelto a despertar en mí ese profundo impacto.

No reparé en que estaba pensando continuamente en Kincses como en un maestro; no tenía ni idea de por qué le encajaba esa palabra desde el primer momento.

—Y ahora se habrá vuelto a despertar en mí ese profundo impacto —me rondaba en la cabeza, cual un montón de palabras sin sentido. Cerré los ojos, y poco a poco fui invadido por un intenso calor: en ese momento ocurrió la primera cosa extraña que entonces, por supuesto, no me preocupó mucho, pues creí que no era sino un sueño.

Alguien me dio una patada.

Un pie descalzo me propinó un golpe. Yo lo sentí, sin embargo, y eso era lo más curioso, no encontré nada insólito en ello. Abrí los ojos: había una oscuridad completa, lo cual entonces también me pareció del todo natural.

Todo eso no duró más que un instante.

Una gota de lluvia cayó sobre mi rostro y me levanté de un salto.

—Uy, va a llover, me voy corriendo.

[1] En el original: Huncut a bíró! Frase popular con la que se imita el canto del mirlo. (Nota de los traductores.)

[2] Lajos Kossuth (1802-1894): una de las figuras políticas más destacadas y populares de la historia de Hungría. Era el líder intelectual de la Guerra de Independencia de 1848-49 contra los Habsburgo. (Nota de los traductores.)


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