Literatura húngara online
Literatura húngara online
Inicio Noticias Agenda Libros Crónicas húngaras Castellano Catalán
Literatura húngara online
Literatura húngara online
Literatura húngara online
Fútbol y letras
László Darvasi

La pregunta
¿Cuál fue la profesión del escritor Géza Csáth, cuyos cuentos acaba de publicar la Editorial Nadír?
Fue médico de balnearios y se dedicaba a investigaciones psicoanalíticas.
Fue periodista, ensayista y poeta.
Fue un morfinómano perdido y nunca tuvo una profesión seria.
Respuesta

La lectura del mes
György Spiró

Magyar Szak- és Szépirodalmi Szerzõk és Kiadók Reprográfiai Egyesülete
Edita la Fundación Húngara del Libro
Literatura húngara online
La lectura del mes
Opinión del lector Recomienda este artículo a tus amigos Versión para imprimir

Gábor T. Szántó

Regreso a casa

Traducción de Judit Gerendas Kiss

Título original: Hazatérés
Palatinus • Budapest, 2004

De la chimenea de la locomotora asciende el humo con fatiga, y de las válvulas fluye lentamente el vapor, con un leve sonido, como un silbido. La nebulosa masa cubre la parte delantera del tren. El ferrocarril se sacude bruscamente por un momento más y luego se detiene. El conductor, sudado, con la cara tiznada y en camiseta, se asoma por la ventanilla de la locomotora, como si estuviera apurando a los viajeros, anhelando que se bajen lo más pronto posible. El ferrocarril consta sólo de la locomotora y de dos vagones: uno de pasajeros y otro de carga.

El revisor, bañado en sudor y de aspecto desarreglado, con la gorra echada hacia atrás, sobre la nuca, salta de la plataforma del tren, con la esperanza de poder encontrar alivio bajo el aire fresco, después de estar en la ardiente jaula de metal, pero luego casi no percibe la diferencia entre el adentro y el afuera. También al aire libre la temperatura es superior a los treinta grados. Es un tórrido y pegajoso día de julio. Ya el mediodía ha pasado. El tren partió de la capital temprano en la madrugada, hace más de siete horas.

En el andén sólo hay un hombre, esperando a alguien. No se ve a nadie más, ni cerca ni lejos: por aquí en estos días no llega nadie, ni tampoco sale nadie de viaje. También él está aquí en misión de servicio: cumple con un encargo. Espera a aquellos que lo han contratado, los que, por mediación del notario, le ofrecieron el trabajo.

El revisor desearía irse de una vez a beber. En su imaginación aparece una espumosa jarra de cerveza, pero, de acuerdo a la hoja de ruta, es aquí donde hay que descargar el envío, y hasta que eso no termine no estará libre. ¿Quién sabe cuánto tiempo les llevará bajar todo? – se enfurece. Que con él no cuenten. ¿Para qué iba a ayudar? El que despacha el envío es el que debe ocuparse de la descarga. Él es revisor, no estibador. Sin embargo, si no ayuda, quién sabe hasta cuándo tendrá que permanecer aquí, y además estos podrían imaginarse que siente alguna animadversión hacia ellos y es por eso que no ayuda. ¡Bueno, que crean lo que les dé la gana! Todos ellos son iguales. Unos inútiles. Después de todo lo que pasó, lo son más todavía. Ahora mismo ni se mueven, como si estuvieran esperando que alguien extienda una alfombra roja. A lo mejor están rezando allá adentro, a cuarenta grados de temperatura. En traje negro y con sombrero. Quién demonios puede entender eso.

Estos siempre andan vestidos de fiesta, ¿o será que se han vestido así porque de verdad están celebrando alguna fiesta? Pero entonces no estarían viajando, eso hasta él lo sabe, por más que sean tan misteriosos. Y hay que ver, no fue suficiente para ellos lo que sucedió, ahora han regresado. De vuelta al lugar donde les sucedió todo aquello que pasó. Son una gente tenaz, obstinada, eso es indiscutible, ¡que el diablo se lleve a toda su raza!

El revisor se dirige hacia la oficina del jefe de la estación para pedirle una carretilla. Se librará del asunto más rápido, piensa, si él mismo se ocupa del trabajo y no permite que estos lo hagan, con su torpeza característica. Fue más que suficiente ver en Budapest cómo daban vueltas, titubeantes, al subir la carga. Como si esos perfumes que transportan fueran tan frágiles. Él hasta había preguntado si había vidrio en las cajas, porque eso hay que señalizarlo, la mercancía requiere otro tipo de manejo, un empaque especial. Claro, eso significaría un recargo en el precio.

–- No es frágil –dijeron, en tono tranquilizador-, pero de todas maneras hay que tratarlas con cuidado.

Si quieren ahorrar, pues que sea, pensó el revisor. Si le pasa algo a la carga, de ellos será la pérdida. Así son éstos, quieren ahorrar en todo, por eso recurren a estos trucos y prefieren correr el riesgo. En todo caso, no se separaron de él hasta que no cerró herméticamente la puerta rodante del vagón, la cual se trancó con un gran estruendo.

Tuvo que instalar diez pesadas cajas y una más liviana, todas con las tapas clavadas. Exigieron que ninguna otra mercancía ni paquete fuera traladado en ese vagón, preferían pagar el precio de todo el vehículo. El ferroviario, encogiéndose de hombros, se dio por enterado de las extrañas condiciones. A él, por supuesto, le daba igual. La planilla de despacho se llenó de la forma debida y ellos la firmaron, pagaron por adelantado el costo del flete en la oficina y a partir de ahí podían transportar lo que quisiesen y de la manera que les diese la gana. Tenía ya sus buenos treinta años trabajando en los ferrocarriles, muchas cosas había visto, y había tenido que soportar muchas molestias de parte de sus jefes y de pasajeros chiflados, pero de todas maneras de esta gente de ahora tenía su opinión, ciertamente. Un año atrás había visto cómo apretujaban hasta a ochenta-noventa personas de su raza en cada vagón; había visto desde la ventanilla las manos que se tendían entre los alambres de púas, y había escuchado las llorosas súplicas por una botella de agua. También él había remitido, por un buen precio, las cartas que habían lanzado antes de llegar a la frontera, y hasta compadecía a los desdichados, que trataban de informarse, desperadamente, del sitio a donde los llevaban. Pasó un par de noches insomne a causa de lo que había visto. Pero le parecía repugnante que después de todo lo que había pasado, y de las muchas cosas que los periódicos publican en estos días (quizás demasiado, si a ver vamos también otros sufrieron lo suyo), fuera con los alemanes, precisamente con los alemanes, con quienes estuviesen haciendo negocios. Transportan cajas cerradas de un lado a otro por toda Europa, marcadas con el sello del imperio alemán, comprobando una vez más que en toda circunstancia se desenvuelven perfectamente y carecen de todo escrúpulo, con tal de obtener ganancias. Porque del hecho de que la carga prometía grandes beneficios, de eso no tenía ninguna duda, debido a las particulares precauciones tomadas.

No aprendieron nada estos, piensa de nuevo. Aparte de los negocios, no les interesa más nada.

Cambiando de parecer, aunque desearía ir de una vez al pueblo por una cerveza fría, se encamina hacia donde está esa maldita carretilla, para arrastrarla hasta aquí. Que no se pueda decir de él que no fue servicial. Pero después que resuelvan sus cosas como puedan. Ayudar a bajar la carga, eso sí que no. Él es un revisor, no está ahí a la orden de cualquiera.

Arrastra la carretilla hasta el tren, y luego se dirige hacia la oficina del jefe de la estación.

En la puerta del vagón de pasajeros aparece un hombre mayor, de barba canosa, con sombrero negro, traje negro y camisa blanca. Tras de él baja un hombre más joven, de aspecto similar. Este no lleva barba larga, su cara está tapada solamente por una hirsuta barba negra de pocos días. Está de luto, por eso no se afeita.

Se les nota cansados y atormentados. Están a punto de marchar tras del ferroviario, cuando se dan cuenta de la presencia del hombre que espera al final del andén, el cual ahora se acerca hacia ellos. Es un viejo campesino que calza botas y viste pantalón de paño, un poco abullonado, una camisa desgastada y desteñida, y chaleco y sombrero.

–- Buenos días – los saluda.

–- Para usted también.

–- ¿De Pest, verdad?

Hacen un gesto afirmativo.

–- Yo sería el cochero, pues.

–- ¿Se logró preparar todo? – pregunta el mayor, impaciente.

–- Tal como se solicitó en el telegrama. El señor notario me designó a mí y a mi cuñado.

–-¿Cómo que os designó?

–- Pues, porque estamos en tiempo de cosecha. Casi todos están trabajando en las tierras.

–- ¿Aquí todo el mundo tiene tierra?

–- Casi todos.

–- ¿Los demás quizás no quisieron aceptar el trabajo?

–- Bueno, en verdad, nadie tenía muchas ganas, no. Pero nosotros tenemos necesidad del dinero. Así que yo me encargaría, si os parece. Yo y mi cuñado.

–- ¿Cuál es su nombre?

–- Shuba, a sus órdenes – se saca el sombrero -. Mihály Shuba.

–- Hermann Samuel – le tiende la mano el mayor, mientras que el joven se limita a hacer un gesto con la cabeza.

–- Entonces podríamos comenzar, señor Shuba.

El cochero se pone en marcha para llamar a su cuñado, que espera del otro lado de la estación, a la sombra, junto al caballo.

Aparece también el revisor, que señala hacia la otra punta de la rampa:

–- Con la carretilla va a ser más sencillo. Sólo hay que dar un pequeño rodeo, pero es más fácil que cargar a mano las cajas. Por el otro lado hay una puerta.

–- ¡Gracias! – hacen un gesto con la cabeza.

–- Habría que firmar los documentos, de que todo está en orden.

–- Preferiríamos esperar a que descarguen – entrecierra los ojos el viejo.

–- Por mí – contesta ofendido el revisor y se da vuelta, ostensiblemente. Se arrepiente de haber querido ayudar, pero no se puede oponer, el transporte finaliza con la descarga. Esperaré lo que haga falta, piensa. ¡Lo esperaré, si eso es lo que quieren!

Llega el cochero junto con su cuñado, el cual toca levemente el borde de su sombrero y gruñe algo en calidad de saludo. También a ellos les muestra el revisor la carretilla, como si no fuera evidente que con ella se hace más sencillo el trabajo. Luego se acercan al vagón, él rompe el precinto, que está intacto, y después abren la puerta.

Las cajas están en perfectas condiciones.

El cochero se trepa al vagón, arrastra las cajas hasta la puerta, baja de un salto, y una por una las van colocando en la carretilla. En medio de sus veloces movimientos una parece caer de sus manos. Hermann Samuel y el hombre más joven se sobresaltan al mismo tiempo y en sus caras se expresa la angustia, pero Mihály Shuba recupera el equilibrio y la caja ocupa su puesto, encima de las otras.

–- ¡Con cuidado, por favor! No importa que demoremos más – dice el anciano, y se sujeta del brazo del más joven.

Mientras continúan descargando, de la oficina del jefe de estación parte un mensajero. Con su bicicleta va rodando entre los árboles, cuyas hojas ni se mueven en medio de la calma sin viento, a lo largo de la alameda que conduce hasta el extremo superior de la aldea. Toda su tarea consiste en informarle al notario: llegaron, y vienen con un cargamento, y acerca de las cajas sólo dijeron: productos de perfumería.

Así que de verdad vienen, suspira el notario, y se afloja la corbata. Se acerca a la ventana, la abre, como si le faltara el aire, pero desde allá afuera fluye un calor ardiente hasta la oficina que huele a moho, pero que está fresca. Cierra con un movimiento colérico la ventana.

–- Anda y dile a mi hijo que tenga paciencia, dentro de un rato pasaré a verlo. Vamos a esperar a ver qué van a hacer éstos. ¿Hay entre ellos alguno de la aldea?

–- Yo no conozco a ninguno – dice el escuálido chico, exaltado por la emoción de la tarea.

–-¿Cuántos son?

–- Dos.

–- Por ahora sólo dos, pero luego ya vendrán los demás. ¿Cómo se llaman?

–- Sólo aparece el nombre de uno de ellos en la planilla de despacho. Hermann Samuel.

–- Ese ni siquiera es de aquí. Ese seguro que no tiene que ver …- comienza la frase, pero la interrumpe.

No entiende nada. El de la farmacia era Török. ¿Será posible que dejó algún testamento? ¿O vendió la tienda, aún antes? Eso no podía hacerlo. Hubiera tenido que informarlo y solicitar el permiso de las autoridades, y hubiera tenido que pagar los impuestos. Entonces no puede haber un contrato válido, ni tampoco puede haber un propietario nuevo.

István Semjén piensa en su hijo, Árpád, quien hace unos años atrás sólo era el auxiliar de la farmacia, pero luego sobre el papel ascendió a gerente de la empresa y después a propietario, y como en el verano de mil novecientos cuarenta y cuatro Imre Török y su familia abandonaron el pueblo – el notario siempre formula la situación de esta manera, si le preguntan, aunque en verdad casi nunca le pregunta nadie –, siguió llevando el negocio él, por su cuenta.

¿Será posible que al fin podrá hallar alivio? Porque en contra de Török hubiera sido bastante difícil encontrar argumentos, con lo bien que trató siempre a Árpád, pero en relación a otros no debía sentir escrúpulo alguno. Y si es otra gente la que viene a reclamar los derechos de Török, eso quiere decir que el propio Török no puede hacerlo. Con un gran suspiro se ajusta la corbata. La vida es un combate, y los jóvenes de hoy son de peor calidad que los de su tiempo. Si no estuviera detrás de ellos la generación anterior, para ofrecerles apoyo, simplemente caerían abatidos.

–- Ve donde mi hijo y dile que se tranquilice. Por ahora tengo que quedarme aquí. Puede ser que justo vengan para acá y haya que resolver algo.

El mensajero hace un gesto con la cabeza, sale, se monta de un brinco en su bicicleta y va rodando por la calle principal hasta la farmacia, donde baja de su vehículo de un salto. Intenta entrar a la tienda, pero la puerta está cerrada. Golpea y rasguña el vidrio, pero no recibe respuesta alguna. No lo entiende. Nunca cierra al mediodía, ni siquiera a la hora del almuerzo.

–- ¡Árpád! ¡Árpád Semjén!

No hay nadie por ninguna parte, adentro reina la oscuridad, pero afuera no está colocado el aviso de “Cerrado”. Toca la ventana de la casa de enfrente y pregunta si no han visto hoy al joven farmacéutico.

–- Por la mañana estuvo aquí, abrió a la hora – le contestan-. Luego no lo vimos, aunque en verdad tampoco estábamos mirando – dice la anciana.

El muchacho va rodando con su bicicleta de vuelta a la oficina del notario, llevando la noticia de que la tienda se encuentra cerrada.

–- ¿No está en la tienda?

–- No, señor notario.

István Semjén no quiere creer lo que oye. Acerca de Árpád se pueden decir muchas cosas malas, pero es responsable y preciso. Aunque cayeran niños gitanos desde el cielo, abriría la tienda. Es imposible que justo hoy no esté en su puesto. Sabía muy bien que era hoy que venían.

El notario en persona va para allá en su carrocín. Le gusta manejarlo, nadie más tiene una silla volante tan liviana como esta en el pueblo.

–- ¡Vete a por tus asuntos! – le dice todavía desde el pescante al mensajero, mientras sale del patio a la calle principal. El muchacho va rodando de vuelta al correo, feliz de quedar libre por una hora por lo menos.

István Semjén conduce con rapidez, abanicando al animal con el látigo, mientras se pregunta, colérico, dónde puede estar Árpád justo hoy, cuando debería estar parado en su puesto como si fuera parte misma de la estructura. ¿Qué le dio precisamente en este maldito día, para abandonar así no más la tienda? Le había explicado claramente lo que debía hacer, aunque él mismo había confiado hasta ahora en que no llegaría el caso de tener que ponerlo en práctica. Algún milagro sucedería y no aparecerían. A pesar de la carta que enviaron, en la que informaban que vendrían y pedían ayuda. Él había rechazado eso, diciendo que la notaría no era una empresa de transportes, como para ocuparse de despachos, eso tendrían que organizarlo ellos mismos. Pero en el chico ya entonces se notó que temía este encuentro. Muchacho bobo, incapaz de ser independiente. No entiende ni de política, ni de dinero, ni de caballos. De mujeres mucho menos. Para su vergüenza, hasta había sido eximido del servicio militar. Era la degeneración de la juventud. Sólo le interesaban los libros. Las novelas, y también los poemas. En eso, y también en la debilidad pulmonar, se parecía a su madre. Un ratón de biblioteca. Pero la tienda la llevaba bien. La mercancía que se podía encontrar en la provincia, también se podía encontrar en el negocio de él. Se ocupaba de la tienda con el corazón, aunque no con la inteligencia.

¡Diablos! – hizo chasquear con fuerza el látigo. Ya también él estaba pensando en esa maldita tienda como si hubiera llegado a su fin. ¡Pues no, de ninguna manera! No llegará a su fin, por más que lo intenten. ¡Por una vez también a nosotros nos tiene que tocar la fortuna!

Delante de la farmacia salta del pescante y toca la puerta.

–- ¿Estás aquí, hijo? ¡Árpád, si estás aquí, responde! – le dice a la puerta de vidrio, sobre la cual resplandece el nuevo letrero, diseñado por él. Oye sonidos desde adentro. Frascos y potes que se golpean los unos contra los otros. ¡Por el amor de dios, hijo! ¡Abre la puerta!

No le responde, aunque István Semjén siente que su hijo se agazapa al otro lado. Algo muy propio de él. Ridículo.

–- ¡Árpád! ¡Muévete, por todos los santos! Que no tenga que volverlo a decir. Por mi vida te digo que voy a romper esta maldita puerta si no la abres tú mismo – grita con voz ahogada -. No seas ridículo, compórtate como un hombre. ¡Al menos por una vez! ¡Asume la responsabilidad por lo que has hecho!

Árpád Semjén ahora odia a su padre. Resuena largamente en sus oídos: lo que has hecho. Como si no hubiera sido su padre el que lo hubiese animado a aceptar la gerencia, la condición de testaferro, y después no hubiera sido él el que lo hubiese conminado a seguir con la tienda como si fuera suya, puesto que había un papel que así lo certificaba. Es verdad que el trabajo le vino bien, era algo que podía realizar con seguridad, conocía bien todo el proceso, ya tenía experiencia, y obtuvo ingresos, con lo que su padre dejó de zaherirlo diciéndole que era un inútil, que nunca lograría hacer nada por sí mismo. Pero todo fue en vano, ahora otra vez le gritaba como si fuera un crío. Hace girar lentamente la llave en la cerradura, y aparece en el resquicio de la puerta que se abre, donde se mantiene erguido. Aunque tampoco así llega a ser tan alto como el hombre parado frente a él, el cual fue designado por la providencia como su padre. Pero le dice con firmeza:

–- Podéis iros, padre. Yo me ocuparé de mis propios asuntos -. Y se prepara para cuando lleguen y toquen a la puerta, para entonces descolgar del gancho, con un sólo movimiento, su saco de dril y su sombrero de paja, para dejarlos entrar en el negocio y decirles: Señores, respetuosamente os informo que conservé para vosotros la farmacia. De lo que me encargué, lo cumplí. ¡Y ahora, discupadme! Y entonces los saludará alzando levemente el sombrero, haciendo un breve gesto con la cabeza, y así, inclinándola hacia adelante, saldrá apresuramente por la puerta.

El padre parece adivinar por su cara lo que pasa en su cabeza. Abre del todo la puerta y entra en la tienda. Bloquea la vía de escape. Padre e hijo se miran intensamente, frente a frente.

–- Te ocupas de nada. ¿No te imaginarás que vamos a renunciar a nuestro derecho?

–- ¿Cuál derecho?

–- Contrato es contrato. Existe un papel de que la tienda es tuya, ¿o no?

–- ¿Pero qué clase de papel es ése? Usted bien lo sabe.

–- Papel es papel. Que nos pongan un pleito, si pueden.

–- Yo no voy a entrar en ningún pleito con estos.

–- ¿Y qué vas a hacer, entonces?

–- Prefiero abandonarlo todo.

–- ¡Un cuerno! ¡No vas a abandonar nada! ¡Tienes que llegar con esto hasta el final! ¡Actúa como un hombre, por primera vez en tu vida!

Ahora ambos piensan en lo mismo. En Eszter Hórusz, la muchacha del pueblo vecino, a quien Árpád cortejó hace más de un año y a quien aún quiere, pero la que se ha comprometido con un muchacho de allá. Después de eso Árpád Semjén todavía le sigue mandando cartas, y hasta poemas, porque también poemas escribe, lo cual irrita en especial a su padre, pero sus cartas quedan sin respuesta. Árpád no ha logrado sobreponerse. La tienda le sirve tambén para eso. Mientras realiza el mecánico trabajo puede dejar de pensar, y por las noches se sienta, anonadado, enterrándose en los libros.

El padre y el hijo se miran el uno al otro. Ambos quisieran intensamente que el otro por fin tomara nota de sus sentimientos, aunque tienen claro que nunca van a lograr comprenderse.

El hijo se vuelve con lentitud y empieza a arreglar la oferta sobre el mostrador. Su padre se sienta, despacio, en la silla junto a la pequeña mesa, ahí donde los clientes mayores suelen permanecer descansando un rato.

Esperan, juntos.

En la estación de tren acaban de terminar de descargar. Con la carretilla hay que dar un rodeo, pero aún así, siendo dos los que la empujan, el trabajo va más rápido que si llevaran las cajas a mano, una por una, hasta el carro. Cuando ya las once cajas están colocadas en su sitio, Hermann Samuel por fin se muestra dispuesto a firmar los documentos, y también el revisor puede irse tras de sus asuntos. Todavía faltan cuatro horas y media para que el tren parta de regreso. Va a ir a la taberna, piensa, y se quedará ahí, para tomarse unas cuantas cervezas.

Le pide prestada la bicicleta al jefe de la estación y, bajo el sol candente, se dirige hacia el pueblo. El sillín arde debajo de su trasero, pero ya se imagina a la espumosa jarra, mientras el vapor se va condensando en gotas.

Aquellos todavía están acomodando sus cajas y sólo se ponen en marcha delante de la estación cuando el revisor entra en el local en penumbra y se deja caer en una silla junto a la mesa más próxima al mostrador, húmedo y fresco, y lleva hasta sus labios la cerveza de firme espuma.

El cochero y su cuñado se trepan al pescante, luego de haberles ofrecido inútilmente asiento a los dos desconocidos.

El pueblo está como mínimo a media hora de camino desde aquí, dicen, pero el viejo de barba blanca hace una seña indicando que se pongan en marcha.

Junto a las cajas también hay puesto. Subid allá – los instan, pero no reciben respuesta, sólo una seña de apremio, para que comience el viaje.

El sol está en su cenit cuando Mihály Shuba emite un chasquido con la lengua, y con el látigo roza al caballo. Hay un sólo y desvencijado jamelgo uncido al carro, pero es de su propiedad y con él hace los transportes, cuando los hay.

Muchas cosas malas se pueden decir de ellos, pensó, luego de que István Semjén le ordenó presentarse ante él y le dio a conocer sus tareas. Pero no se les puede acusar de que no honren a sus muertos. Que después de un año de ausencia su primera actividad sea visitar el cementerio, siendo que volverse a establecer y poner en marcha el negocio es ya suficiente tarea, esto a ojos de Mihály Shuba es algo grande. Por otra parte, piensa, los muertos muertos están, y a los problemas de los vivos nadie los resuelve.

El carro rueda lentamente, y ellos van dando sus pasos tras de él, uno al lado del otro, con el sombrero puesto, vestidos con su traje negro, en medio del calor de treinta y cinco grados de julio.

Al final de la alameda giran hacia la carretera que conduce al pueblo, la que va a desembocar en la avenida principal. En ese mismo instante el revisor, apoyado en el mostrador, está a punto de llegar al fondo de su jarra de cerveza.

Trajeron once cajas, dice, bajando un poco la voz.

¿Once? – pregunta el tabernero. Para mercancía es poco, como equipaje es mucho.

Pues eso es lo que trajeron. Había que cuidarlos como a la niña de los ojos.

Hay siete hombres más en la taberna, aparte de ellos, a cinco de ellos se les encoge el estómago. Sienten que tendrían que correr a casa y avisarle a la familia que se está presentando un problema. Porque si estos regresan, es posible que vengan también otros más. Y si vienen también otros más, serán muchos, y más temprano que tarde se les ocurrirá pedir de vuelta lo que saben, o intuyen, que está en manos ajenas; lo que ellos mismos confiaron a otras personas para que se los conservaran, o lo que simplemente se volatilizó.

Pero de entre los siete sólo uno se pone de pie, aunque, claro, haciendo como si de todas maneras ya hubiera tenido que irse. Un conductor de trilladora pensionado por invalidez, a quien en el verano de mil novecientos cuarenta y tres una máquina defectuosa le cortó la mano derecha. Él no se trajo nada de los hogares que el año pasado se quedaron sin sus dueños, pero, tal como otros que tenían una familia larga, solicitó una de esas viviendas, y cuando al final, en consideración a su estado de salud, a su desvencijada casa, a los cinco hijos que le quedaron y a su hijo que murió como un héroe en el frente oriental, se la asignaron, se mudó a ella.

Paga con el rostro rígido y, sin dirigirle la palabra a nadie, el conductor de trilladora se dirige a casa. No hay justicia en este mundo, piensa. De una forma vergonzosa tendrá que mudarse de su hogar si vuelven los propietarios originales, con los cuales por otra parte nunca tuvo ningún problema, descontando que toda su vida sintió envidia por como se acrecentaban sus bienes, por su fácil condición de vida y por el futuro que le garantizaban a sus hijos. No hubiera hecho contra ellos nada para obtener sus propiedades, pero ya que por voluntad del destino su casa quedó vacía, no sintió ningún cargo de conciencia por mudarse en medio de las paredes encaladas de blanco.

Los que quedaron en la taberna sospechan por qué se ha ido. También de ellos se apoderó un vago temor, no sólo del que se marchó.

Habría que saber, en todo caso, quienes vinieron, y quienes vendrán todavía, surge en su mente, de modo muy práctico.

Hermann Samuel es el nombre del viejo, pero va con él uno más joven también, dice el revisor, servicial. Percibe la difícil situación que están viviendo los demás e intenta ayudarlos.

Se sienten más aliviados. No conocen a nadie con ese nombre. Se miran, perplejos, los unos a los otros.

–- Puede ser que sean del pueblo vecino. ¿Pero entonces qué buscan aquí? – se pregunta uno.

–- ¿Sólo vinieron dos? – pregunta el tabernero, y los demás de nuevo sienten alivio por no haber sido ellos los que tuvieron que formular la pregunta.

–- Sólo dos – se limpia la espuma de los bigotes el ferroviario.

–- ¿Dijeron algo sobre por qué fue aquí a donde vinieron?

–- Tanto como decir, no dijeron esos nada – mira en derredor con una mirada significativa el revisor, percibiendo que se ha convertido en el protagonista de los acontecimientos. – Si acaso no dice algo la carga que trajeron – se pasa la mano por la frente.

–- ¿Por qué, qué trajeron?

–- Artículos de perfumería, en gran cantidad.

–- ¿De perfumería?

–- ¿En grandes cantidades?

–- Eso mismo, de perfumería. Ya sabéis: talco, agua de colonia, crema para las manos, cosas así. Productos para mujeres.

–- Ah, caramba, entonces al señor notario se le presenta un día bien caliente – pasa el trapo por el mostrador el tabernero. No se nota ningún sentimiento de solidaridad en su rostro, más bien una tenue sonrisa que podría traducirse en una maliciosa alegría.

Nadie respondió. A excepción del tabernero, todos aquí son gente de pocos recursos; entre ellos hay también inválidos de guerra, además de aquel que se ha ido, al que le falta un brazo. Si tenían alguna opinión al respecto, se la guardaron. Ni siquiera tienen una idea clara acerca de qué pensar. Son cosas complicadas éstas, quizás es mejor ni hablar de ellas, y hasta sería mejor ni pensarlas, pero para eso sería preciso no saber nada acerca de todo lo que sucedió. De todas maneras sospechan que no tendrán mayores problemas por unos cuantos bienes, en tanto siga siendo Árpád Semjén el propietario de la antigua farmacia de Török.

Mientras allá adentro en la taberna sopesan en silencio, pensativos, las posibilidades, la extraña marcha se acerca lentamente por la calle principal. En el pescante van el cochero y su ayudante, en la carreta va la carga. Detrás del vehículo caminan los dos acompañantes. Desde las ventanas de las casas que bordean la calle principal atisban mujeres, para cuyos ojos, que pestañean sobresaltados, parecen dos fantasmas. Mudos ellos también, van caminando, y si alguien en este momento pudiera tener una vista panorámica de la aldea y a la vez escuchara hasta los más mínimos sonidos, aparte de esta imagen fantasmal sólo percibiría inmovilidad y un silencio absoluto. Ni siquiera allá a lo lejos, en la frontera, se trabaja en este momento. Los segadores, luego de almorzar, se echan en silencio bajo la sombra del bosque de robles, allá en el extremo del campo de trigo, como si hasta hablar sería fatigoso bajo el calor sofocante.

La marcha llega, lentamente, hasta la taberna. Los que están allá adentro se precipitan hacia la puerta y hacia las ventanas, para poder observar el espectáculo. Parecen pájaros de mal agüero, susurra uno de los comensales, y luego traga grueso y se pasa la lengua por los labios resecos.

Estos siempre se buscan los problemas para ellos mismos, dice el revisor, intentando continuar alimentando la atención hacia su persona, como si por el mero hecho de haber viajado en el mismo tren con los recién llegados pudiera saber más acerca del objetivo de su venida y, de este modo, también de los acontecimientos por suceder. Es comprensible que quiera cumplir con las expectativas, aunque después de expresar lo que piensa, rápidamente mira a su alrededor, a ver si no encuentra algún rechazo.

–- Volvieron, pues volvieron – se encoge de hombros el tabernero. Él no tiene motivos para temer. Él de ninguna manera les quitó nada a estos, es más, había comprado de uno de ellos el permiso de expendio de alcohol, y el local del negocio también, por una suma considerable, de alguien cuyo bisabuelo fue el que recibió el derecho a regentar la taberna, a mediados del siglo pasado.

La mayoría de los presentes se mantiene en silencio. No es tan sencillo esto, consideran algunos, pensando con cierta incomodidad, y turbados, en los muebles, alfombras, ropa de cama y trajes en su poder, a los que compraron a precios muy favorables en la subasta que tuvo lugar en la plaza del mercado, el verano pasado. Pasa por sus mentes la imagen del sentimiento que tendrían si sus propietarios anteriores, regresando al pueblo, se encontraran de frente con sus objetos preferidos. Tienen vergüenza, pero también les da rabia ese sentimiento, en contra del cual protestan con vehemencia. ¿Por qué tendrían que sentir vergüenza? – se preguntan a sí mismos, y de inmediato dirigen su cólera hacia los dos recién llegados, cuya venida proyecta hacia adelante la aciaga visión de que también retornarán otros, de los cuales, en base a las noticias que corrían, habían sospechado que nunca más volverían.

La carreta se va acercando, sobre la tierra las herraduras del caballo resuenan monótonas y sordas, mientras van levantando algo de polvo. Al cochero y a su cuñado les gustaría desaparecerse del pescante. Sienten sobre la piel, cómo no las van a sentir, las miradas que queman desde la puerta de la taberna. Se imaginan cómo sería si también ellos estuvieran observando así, si no fueran justamente ellos los que estuvieran sentados acá.

Mihály Shuba conduce su caballo con la cabeza gacha, no mira ni a derecha ni a izquierda. Sobre todo hacia la derecha no mira, casi que se esconde junto a su cuñado para ni siquiera tener que saludar a los conocidos.

Nadie le habla a nadie mientras contemplan la escena. También los que están parados en la puerta de la taberna observan, rígidos cual estatuas, el paso de la marcha. Sólo cuando la carreta llega a la esquina comienzan a moverse, dan un paso hacia adelante, curiosos, para poder ver qué sucede en la farmacia. Todos sienten que será eso lo que decidirá los próximos acontecimientos y los actos a llevar a cabo.

Adentro, en la farmacia, detrás de las persianas bajas, el notario y su hijo evitan mirarse el uno al otro, y sólo a escondidas escudriñan sus mutuas expresiones. Como si en estos pocos minutos durante los cuales sólo ellos dos permanecen en el local que se ha dejado en la penumbra, se hará evidente para ambos que su relación se ha transformado. Incluso si abriera la tienda, ya Árpád Semjén sabe que, a pesar de que su padre es un hombre poderoso, no es infalible. También en cuanto a sí mismo tiene dudas, y su debilidad consiste precisamente en que intenta ocultar sus dudas con fuerza. El muchacho ya sabe que, para crecer, tiene que irse de este pueblo, dejar tras de sí todo lo que recibió ya listo, liberarse de todo lo que ahora siente que lo asfixia. En primer lugar tiene que llegarse hasta el próximo pueblo, tocar en la puerta de los Hórusz, y decirle a Eszter: aquí estoy, de otra manera no puedo actuar, ¿vienes conmigo a correr fortuna? Y entonces dará lo mismo lo que ella conteste, porque por el mero hecho de haber sido capaz de soñar y de poner en escena e interpretar el papel de la película rodada previamente en su imaginación, habrá logrado lo que cada hombre debe, y puede, alcanzar en esta vida. Porque si es capaz de actuar así en el encuentro con Eszter, será apto también para vincularse con alguna otra, si Eszter dijera que no. Porque aunque de nadie ha recibido promesa alguna acerca de que la vida no sería dolorosa, ahora ya sabe que es soportable, y que todo puede ser descrito con la trivial ecuación entre la extinción y el renacer, en eterno movimiento circular. Y que sería con todo aquello que le prohibieron, de lo que lo protegieron, de lo que lo cuidaron, justo con aquello a lo que se opusieron, con lo que podrá conquistar el aprecio de su padre y de su madre, aunque renieguen de él cien veces, aunque lo deshereden. Gracias a su crecimiento y a todos sus intentos, y a pesar de sus proclamas en sentido contrario a estos intentos.

Y entonces Árpád Semjén comienza a reírse a carcajadas. Por el pensamiento llevado hasta sus últimas consecuencias, por el mero hecho de que de pronto fue capaz de soñar y de imaginarse posibilidades, sintió un alivio nunca antes experimentado. Un alivio como el que siente el que sale de un laberinto, aunque antes ni siquiera sospechaba que andaba en uno de ellos. Sobre esta tierra todo es posible, ahora ya lo sabe. Es incluso factible que le diga a su padre lo que en el instante siguiente está diciendo, mientras hace un amplio gesto con la mano encima de la mercancía preparada para cuando se abra la tienda:

–- Haced lo que querais, padre. Yo me voy. Yo os quiero y os respeto, pero tengo que vivir mi propia vida, no la de vosotros. Y cuando se trate de la tienda, ahí están los libros en el armario, toda la contabilidad. Yo solo saqué mi sueldo. El dinero está en la cuenta.

Y entonces descuelga del gancho su chaqueta de dril, su sombrero de paja, y sale a la intensa luz del mediodía. El vibrante calor se asienta, pesado y grueso, sobre el pueblo, pero él camina altivo y con las manos en los bolsillos, con pasos livianos, como si se hubiera liberado de una gran carga.

István Semjén se queda estupefacto, abrumado, con ganas de llamarlo, pero también sin ellas. Se queda parado en la puerta abierta, ni él mismo sabe qué hacer y, para más agravante, sería inútil reprimir sus sentimientos. Junto a su cólera y su asombro, extrañamente se siente orgulloso de su hijo, el cual por primera vez en su vida se ha comportado como un hombre. Porque a pesar de que sospecha que detrás del asunto se ocultan los sentimientos hacia Eszter Hórusz, y también se imagina que su hijo fracasará en su intento y tarde o temprano volverá, de pronto surge el recuerdo de que también él, una vez, dejó tras de sí todo por una muchacha y dio un portazo en la casa de sus padres. Pero junto a la preocupación paterna nacida de su propia dolorosa experiencia, o quizás por la decepción producida por su fiasco y la envidia no reconocida, los celos, al pensar que a lo mejor su hijo sí tendrá éxito en lo que él fracasó, todo eso es lo que actúa dentro de él y se enmaraña en su alma de forma tan compleja, que resulta imposible ver con claridad la situación, debido a las raíces de sus propios sentimientos.

Confundido, entorna la puerta. Tiene razón su hijo: es él el que debe permanecer aquí. Es suya la obligación. Fue él el que quiso que las cosas se hicieran como se hicieron y, de una manera o de otra, tendrá que asumir la responsabilidad.

Árpád Semjén se dirige hacia la estación del tren. Se encuentra de frente con la carreta tirada por el caballo. Saluda, antes que lo saluden a él, a los que van sentados en el pescante, algo que nunca antes había hecho. Ante los dos desconocidos alza su sombrero. Ellos le retribuyen con un gesto, y para él eso es suficiente. Quería encontrarse con ellos y saludarlos, como si les estuviera pagando una deuda. También eso se lo imaginó allá adentro, tras del mostrador. Se lo imaginó, y he aquí el milagro: ¡lo llevó a cabo! Árpád Semjén por un momento vive la felicidad. ¿Acaso hay algo más grandioso que imaginar, soñar y, por nuestra libre voluntad, llevar a cabo todo aquello que en nuestra mente hemos planeado? Ahora ya puede volver tranquilo a casa, para montarse en su bicicleta y pedalear hasta el pueblo vecino, a casa de Eszter.

La gente agrupada delante de la taberna no puede explicarse la extraña conducta del chico Semjén, ni su partida, así como también la aparición de su padre los llenó de confusión. Giran la cabeza de un lado a otro, a la vista de los acontecimientos. La carreta, mientras tanto, llega a la farmacia. Mihály Shuba tira de las riendas y el caballo se detiene. La tienda debe estar a unos setenta metros de la taberna, desde donde se puede ver cada gesto, y si alguien levanta la voz, también puede oírse lo que se dice. Todos observan tensos, mudos, aguantando la respiración, el momento en el cual los que han venido entren a la farmacia. Pero apenas la carreta se detiene, de inmediato continúa su marcha.

Los que están parados delante de la taberna se sienten totalmente confundidos y, setenta metros más allá, tampoco Mihály Shuba entiende nada. Sus nervios están a punto de explotar. El notario le consigue un trabajo, y él, para su vergüenza pública, tiene que ponerse al servicio de aquellos que se enfrentan a los suyos, a quienes quizás expulsen de sus casas, y al hijo del señor notario de la tienda, en la que trabaja desde hace años. Mihály Shuba no entiende nada de todo esto y tiene miedo. Le tiene miedo al notario, les tiene miedo a los vecinos de la aldea, pero sobre todo les tiene miedo a estos, que van tras de sus espaldas. Por más que sea, deben de tener mucho poder, si se atrevieron a volver, así solos, aquí, de donde tuvieron que irse de una forma tan vergonzosa, y en un dos por tres retoman lo que fue de ellos. El propio Mihály Shuba trabaja una tierra que hace algún tiempo tuvo otro propietario. ¡Cómo no le va a preocupar el que estos hayan vuelto! Hace un año le hubiera parecido una exageración si alguien le hubiera dicho que a estos los iban a botar de sus casas y quién sabe a dónde los llevarían, aunque lo que sí le pareció justo fue que de su riqueza se le otorgara una parte a gente como él. No era correcto que ellos tuvieran de todo y que aquellos que desde sus tatarabuelos estuvieron uncidos al yugo en esta tierra, estuvieran en la miseria.

Pero en su temor y en su confusión ahora no entiende nada. Los dos desconocidos lo exhortan a continuar la marcha.

–- ¿A dónde vamos, entonces? – pregunta, asombrado.

–- ¿Sabe dónde estuvo aquí el templo? – pregunta el más joven.

–- ¿El de vosotros?

–- Ese, ese.

–- Claro que lo sé. Ahí está todavía.

–- ¿Y la yeshivá?

–- ¿Ahí donde estudiaban?

–- Sí, sí.

–- También lo sé.

–- Entonces vayamos para allá.

El cochero sigue sin entender nada, pero al menos por fin indicaron un destino concreto para el viaje. Hace restallar el látigo y la carreta se pone en marcha. Ellos son los que pagan, la música suena a su conveniencia – se encoge de hombros y habla para sí mismo. A él de verdad le importa un bledo a dónde se dirigen. Ya se acabará por fin en algún sitio este transporte.

István Semjén mira y escucha la escena desde la vitrina de la farmacia. Tampoco él entiende lo que ve. ¿Qué demonios quieren estos? ¿Desfilar a lo largo de toda la aldea, como una procesión festiva? ¿Exhibir con soberbia que volvieron, repletos de mercancía, y recuperar lo suyo sólo después de eso? ¿Algo así como el gladiador de su juventud, en el libro de historia ilustrado, que daba la vuelta al Coliseo antes de dar la estocada de gracia? ¡Estos quieren exigir venganza incluso por aquellos de su raza que fueron enviados a la arena romana!

Y eso que hasta ahora no les conocía este aspecto. Nunca gustaron de causar estruendo ni de hacerse publicidad, les gustaba resolver sus asuntos en silencio, porque tenían claro que no eran bien vistos. ¿Pero quién sabe, después de todo eso que supuestamente les sucedió, qué sienten y qué pretenden hacer?

Y ahora se van. ¿Quién entiende esto? No le echaron ni una mirada a la tienda, como si ni siquiera les interesara. Como si no fuera por eso por lo que hubieran venido. István Semjén se apoya en el mostrador. Debajo de su liviano saco de verano el sudor frío ha humedecido su camisa en la espalda. Sus piernas tiemblan y tiene que sentarse. De la jarra de vidrio que está sobre la mesa se sirve un vaso de agua. Hasta ahora, mientras se preparaba para el combate, había reprimido su nerviosismo y sus dudas, pero ahora toda la tensión que había hecho nacer en él la espera y la llegada de los desconocidos, y que finalmente no pudo volverse en contra de ellos, ahora se dirige en contra de sí mismo. Siente una punzada en el corazón, lo tortura la asfixia, sus miembros se han debilitado, y mientras tanto siente odio, porque a fin de cuentas todo fue causado por ellos, con el hecho de su aparición, con el hecho de que regresaran, con el mero hecho de que existen.

La carreta tirada por el caballo vira hacia una estrecha calle lateral. Mihály Shuba señala con el dedo una casa que carece de ventanas hacia la calle.

Aquí rezaban, y ahí en el otro edificio estudiaban.

Se aproximan a la cerca, miran el templo, sobre cuyo techo hay una puerta levadiza, que se abre en dirección al cielo. Sus dueños de antaño la usaban en las ceremonias del tabernáculo, rememorando las viviendas provisionales de la época del éxodo en el desierto y tapando con un haz de caña la abertura, que se encuentra apuntalada con una estaca, quizás para que en el ardiente verano se airee y se seque el mohoso edificio, fuera de uso desde hace más de un año. Esta provisionalidad ya durará por toda la eternidad, intuyen, pero no tienen palabras para decirlo. Hacen una señal al cochero, indicando que pueden ponerse en marcha.

–- ¿Y ahora hacia dónde? – pregunta éste, indeciso.

–- Al cementerio – contesta el que no se ha afeitado.

Mihály Shuba hace un gesto con la cabeza, el látigo restalla y la carreta se pone en marcha.

El más joven de los que llevan sombrero se vuelve, interrogante, hacia el mayor. Este hace un gesto con la cabeza, y entonces el otro comienza a canturrear bajito algo cuya melodía sólo oye el viejo, o quizás ni siquiera lo oye, pero conoce de memoria esa melodía, porque también él la aprendió así, de eso ya hace más de sesenta años. Cualquier otro sólo lo consideraría un lamento, un murmullo que apenas podría denominarse canto.

Los que están sentados en el pescante no se voltean. Sienten que no es asunto de ellos lo que tras de sus espaldas sucede, es más, que no es en su idioma que se están comunicando. Se sienten excluidos. Nunca dijeron acerca de qué cantaban, aunque también es verdad que nunca nadie se los preguntó. Quizás ni siquiera exista palabra con la que se pueda preguntar algo así.

El canto suena cada vez más bajito, casi no se oye, en ocasiones apenas si se puede deducir del movimiento de los labios cómo el que canturrea va diciendo, murmurando, lo que debe ser dicho. El mayor a veces hace un gesto con la cabeza, a veces se une al canto, en otras oportunidades pareciera más bien discutir con alguien, mientras balancea y sacude la cabeza.

El cementerio no está lejos. Al borde de la aldea, más allá de las casas, en dirección a oriente, sobre una tierra un poco ondulante, se encuentra la primera parcela, separada del camino por una cerca de piedra de poca altura. Se abre un amplio espacio desde el cementerio, cuyo límite sólo lo señala el cielo. Es la mejor tierra de la región, Mihály Shuba nunca entendió por qué justo ahí fue necesario señalar el lugar del cementerio de estos. Los otros muertos del pueblo no yacen aquí. También esto es una extravagancia, piensa.

Se detienen delante del oxidado portón, y de un empujón abren sus dos alas.

–- ¡Bajad las cajas y llevadlas allá, junto a la casa! – señalan con la mano la edificación de piedra donde se lavan los muertos.

Mihály Shuba obedece la orden mecánicamente, aunque no entiende nada. No pregunta, ya ni siquiera siente curiosidad, sólo quiere terminar de una vez este trabajo, liberarse de éstos lo más pronto posible. Trabajan en silencio. Las once cajas bajan de la carreta.

–- ¿Tenéis pala?

–- Así fue pedido, de modo que trajimos.

–- Bueno, entonces cavad una tumba. Que tenga dos metros de largo, uno de ancho, dos de profundidad. Digamos allá – señala el barbudo un claro en el terreno, delante de las piedras de la primera fila, algo lejos del portón.

Mihály Shuba levanta de golpe la cabeza. Por primera vez los mira a los ojos desde que partieron de la estación. ¿Qué quieren estos? ¿A quien quieren enterrar ahí? También él había escuchado, cuando muchacho, que le sacan la sangre a los niños cristianos, para verterla en la masa de su pan ázimo de pascua, pero aquí no hay niños, ni es pascua, y estos definitivamente no se ven como quien sea capaz de sacarle la sangre a nadie. Esa historia nunca la entendió, pero le tenía miedo. Aunque es de conocimiento público que estos no beben sangre. Para ellos la sangre es el alma.

–- ¿Una tumba? – pregunta, asombrado.

–- Exacto.

Se miran el uno al otro, con su cuñado. Ese tampoco ahora dice nada, ni una mísera palabra, Mihály Shuba no puede contar con él. Ese sólo está pensando en lo arduo que será el trabajo de cavar un hoyo tan grande bajo este calor tan ardiente. Si pudiera escoger, no sería este el trabajo que escogería.

Bajan las palas del carro y se dirigen al sitio señalado.

–- ¿Aquí está bien? – pregunta Mihály Shuba con cólera reprimida. Se acuerda de que en el frente hacían cavar con algunos su propia tumba, y luego los ametrallaban para que cayeran adentro. Estos al menos no tienen armas.

–- Sí – gesticulan con la cabeza.

Comienzan a cavar. No se atreven a quitarse la camisa, sólo el chaleco, aunque el sol les quema rabiosamente la espalda. Aquellos llevan incluso saco y sombrero, aunque, también es verdad, ellos ahora sólo se ocupan de abrir las cajas.

Mientras trabajan, aparece una extraña compañía junto a la casa más cercana al cementerio. Vienen los de la aldea, encabezados por el notario, pueden ser como una docena, pero allá, a una distancia respetable de los acontecimientos, se detienen en seco. Ven, sorprendidos, que los desconocidos realmente vinieron al cementerio.

Para cuando aquellos abren hasta la última caja, Mihály Shuba está ya parado hasta la cintura en el hoyo, mientras cavan, turnándose, con su cuñado. Los desconocidos, callados, trabajan bien acoplados, como si no fuera la primera vez que llevaran a cabo esta actividad. Aparecen los doblados paños de rayas, deshilachados, que son para rezar. Los extienden sobre la hierba seca y quemada por el sol, muy cerca de las cajas. Una navaja se abre con un chasquido en la mano del más joven. Ante este sonido Mihály Shuba levanta de golpe la cabeza, y entonces puede ver cómo el hombre se agacha junto a cada pañolón y hace un corte en la tela.

Del otro lado de la cerca de piedra de poca altura están parados, uno al lado del otro, los lugareños.

Como si hubieran sentido que los observan, los dos desconocidos levantan la mirada.

Buenos días, les saluda el notario.

No responden, sólo hacen un gesto con la cabeza, después se miran el uno al otro y continúan con el trabajo. Una a una arriman las cajas junto a las extendidas mantas para rezar, del tamaño de una sábana, y comienzan a desempacar la carga. Colocan uno al lado del otro unos jabones de forma y tamaño de ladrillo, de un color cuyos matices varian entre el rosado y el gris, sobre los cuales pueden leerse las letras RIF. La inscripción es la abreviatura oficial de Reichstelle für Industrielle Fätte und Wachsmittel[1], aunque en la cabeza de ellos el significado de las tres letras no ofrece dudas: Reines Israelitisches Fett[2].

Con movimientos rápidos van vaciando, una tras otra, las cajas. Luego reunen las cuatro puntas de los paños, haciendo con ellos un hato y amarrándolos. Ahora también las caras de ellos están rojas, de su frente y de su cogote chorrea el sudor.

Ya de la cabeza de Mihály Shuba, desde la fosa, no se ve ni el copete, para cuando terminan de desempacar y volver a empacar el contenido de la última caja. Diez bultos se alinean el uno junto al otro.

–- ¿Están todos? – pregunta el viejo, secándose la frente.

–- Sí – mira en derredor para mayor seguridad el más joven. En total mil cuatrocientas diez y siete unidades. Las conté.

Se ponen de pie, se aproximan a la tumba y ayudan a Mihály Shuba a salirse. Llevan los paquetes hasta la fosa y ahora es el de la barba de varios días el que desciende. Del bolsilo de su saco extrae tierra de Jerusalén amarrada en un pañuelo, eso es lo que coloca de primero, y luego pueden empezar a bajar los paños amarrados.

–- Con cuidado – dice el viejo, con voz preocupada.

Después de bajarlos todos y de ordenarlos, ayudan al más joven a salir de la fosa. Mira al mayor un poco perplejo, como si ése pudiese decir algo que lo alivie, pero nada se puede decir. En lugar de eso se agacha hasta donde se amontona la tierra excavada, toma un puñado y lo lanza a la tumba. Así hace también el más joven. De detrás de la cerca miran en silencio la escena. Mihály Shuba no soporta más sin decir palabra. Como si gimiera, pregunta:

–- Sólo quiero que me digáis: ¿por qué justo esa cantidad?

–- Ese fue el número de los que vivieron aquí, en los pueblos circunvecinos – lo mira el de la barba canosa, tratando de sofocar sus sentimientos, aunque no puede evitar que sus ojos se nublen mientras mira al otro viejo. Como si por un instante resurgiera en él la esperanza de obtener comprensión y simpatía. Pero luego, con el dorso de la mano se seca las lágrimas y se aclara la garganta:

–- ¡Cubrid la tumba!

Shuba y su cuñado trabajan con rapidez. El desconocido más joven se arrima al más viejo, por si éste necesitase de auxilio, pero el viejo se mantiene erguido, inmóvil, mientras aquellos hacen un cúmulo y nivelan la tierra.

Colocan las herramientas en la carreta. El más joven se acerca a ellos, saca la billetera del bolsillo interior de su saco y paga. Vuelve hasta la tumba y por un rato también él se mantiene mudo junto al mayor, pero luego le roza el hombro:

–- Mir muzn gejn, tate[3].

El viejo se vuelve sin decir palabra y se dirige hacia la salida. De entre el grupo que se aglomera fuera del cementerio se desprende el notario.

–- Por favor, como representante de la comunidad, permítame que le manifieste mis condolencias. Nos ocuparemos de que la memoria de las víctimas se conserve debidamente.

Meditabundo, Hermann Samuel titubea un instante, en cuanto a aceptar o no la mano que se tiende hacia él. Luego, a disgusto, se decide, hace un gesto con la cabeza y le da la mano al notario.

–- Por supuesto, no podemos ocuparnos del mantenimiento de la totalidad del cementerio, pero haremos todo lo posible, especialmente si recibimos algún aporte para ello – dice el notario.

Parado detrás de su padre, gracias a su sombrero y a la barba de varios días, no se nota que los músculos de la cara del más joven comienzan a sufrir un tic. El viejo entrecierra los ojos y retira la mano de la mano del otro. Un momento antes se sintió confundido, pero estas palabras ya son harto conocidas. Su mirada recorre las caras de los hombres parados detrás del notario, y luego sólo dice:

–- Gracias. Tomaré las providencias necesarias.

Como si caminaran en medio de una guardia de honor, así pasan delante de dos filas, a ambos lados de la avenida del cementerio, los dos hombres vestidos de negro y con sombreros negros. Luego giran a la derecha, pasan de nuevo delante del templo y de la yeshivá; en la calle principal tuercen a la izquierda y luego de nuevo a la derecha, a lo largo de la alameda, hasta llegar a la estación del tren.

No se voltean ni una sola vez, pero en ningún momento dejan de sentir, clavadas en las espaldas, las miradas de la gente de la aldea.

Traducción del húngaro de Judit Gerendas Kiss

Durante la segunda guerra mundial la propaganda inglesa difundió la noticia de que de los restos de los exterminados en los campos de la muerte los nazis habían elaborado jabón. Las investigaciones históricas no han confirmado esta suposición, a pesar de lo cual en muchos lugares, después de 1945, fueron sepultados, simbólicamente, en lugar de restos humanos, jabones.

[1] Oficina Imperial de Grasas y Detergentes Industriales (alemán).

[2] Grasa pura israelita (alemán)

[3] Tenemos que irnos, papá (yiddish)


Buscar
¿Sabías que?

ayuda | redacción y contacto | nota legal
Edita la Fundación Húngara del Libro Copyright © LHO, 2007