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Cuento sobre el conejo enano primogénito

Anita Moskát


El veterinario dijo que tendría alguna infección. Se le ha hinchado el vientre como un globo, explicaba. Le iba a administrar una inyección antiinflamatoria, ella debía observar sus heces y volver con el conejo para un chequeo minicioso en caso de que empeorase su estado.

La niña puso a su conejo enano el nombre de Fresita. Era un regalo de cumpleaños, y sus padres le permitieron que durmiera en su cama. Mientras hacía los deberes, lo acogía en su regazo, le ofrecía colinabo y cuando subía a la bicicleta, el conejo sacaba su nariz de goma de borrar de la cesta de plástico fijada en el manillar para olfatear el aire.

Le había tocado la primera ola de creación. Ya por la mañana, se comportaba desconcertado, rasgaba la alfombra, como si quisiera hacer un agujero, luego se puso a dar vueltas a toda velocidad, con las garras golpeandoel suelo, hasta que terminó lanzándose de cabeza contra la cómoda. La niña intentó calmarlo, pero Fresita huyó de ella y buscó refugio tras el cesto de la ropa sucia.

El veterinario dijo que tendría alguna infección. Se le ha hinchado el vientre como un globo, explicaba. Le iba a administrar una inyección antiinflamatoria, ella debía observar sus heces y volver con el conejo para un chequeo minicioso en caso de que empeorase su estado.

Las primeras alteraciones parecían tumores. Abultamientos bajo la piel que cerca del cuello llegaban a formar racimos, luego comenzó a transformarse también su tronco, daba la impresión de estar derritiéndose o estirándose, como el hormigón con el calor.

––No pasa nada – le decía la niña-. Te vas a poner mejor, ahora te vas a poner mejor.

Pero temía que no fuera así. Recordó las palabras del médico, el reconocimiento minucioso, que no podía significar nada bueno. Quizá más adelante sacara con bisturí los nudos de debajo del cuello del conejo. A sus padres no les dijo nada, prefirió hacer un nido a partir de jerseys y esconder a Fresita en el fondo del armario. Para entonces, ya no se movía. Respiraba jadeando con la boca abierta. De su piel emanaba una sustancia marrón pegadiza, que se le adhería al pelo para luego cuajarse en forma de unas largas fibras. Se parecía a la larva en plena metamorfosis que la niña había observado en el peral la primavera pasada.

––¿Dónde está Fresita? – venía preguntándole su madre -. ¿No será que se ha escapado por la valla?

Finalmente, fue su padre el que oyó el gemido del armario. Para entonces el conejo había crecido y alcanzado la altura de la niña. El pelo que le quedaba se le iba desprendiendo dejando manchas del tamaño de la palma de la mano. La criatura atrapada en la crisálida de caramelo era un monstruo de espalda deformada y extremidades alargadas, y allí donde se esperaba un morro de conejo, se dibujaban bajo la envoltura unos rasgos humanos. En la pegajosa sustancia, se vislumbraban los contornos de unos labios a punto de esbozar una sonrisa. En lugar de sus alargadas orejas se veían unas conchas que terminaban en lóbulos.

––Se le puede curar, ¿verdad? – sollozó la niña -. ¡Llevémoslo al médico, papá, por favor!

Quiso abrazar a Fresita, pero su padre le gritó que ni se le ocurriera tocarlo, que podía ser contagioso, que se lavara las manos. Se ató un chal ante la boca y se puso los guantes de goma que usaban para limpiar el wáter. Les ordenó que se quedaran en casa y arrastró al conejo por el parqué hasta el jardín.

Era una niña obediente, no les siguió. Desde la ventana del piso de arriba, vio cómo su padre se acercaba al cobertizo y trasteaba junto al cortacésped, para luego volver a la hierba con Fresita. No podía pensar en otra cosa que en aquella arqueada línea en el pelo del conejo que se parecía a una boca, tanto que quizá incluso fuera capaz de hablar por ella.

Se acercó aún más a la ventana, apretó la palma de la mano contra el cristal. Contempló cómo la rutilante pala caía y volvía a caer, una y otra vez.

Traducción de Eszter Orbán y Elena Ibáñez

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