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Encuentro con un joven

Frigyes Karinthy


Me sentía de buen talante. Había enterrado en el olvido muchas cosas. Encendí mi cigarro a duras penas y emprendimos nuestra caminata por la avenida Andrássy. Bajo su velo me sonreía mi amor, mi adorada y hermosa mujer, que me amaba y me permitía que la amara.

Me sentía de buen talante. Había enterrado en el olvido muchas cosas. Encendí mi cigarro a duras penas y emprendimos nuestra caminata por la avenida Andrássy. Bajo su velo me sonreía mi amor, mi adorada y hermosa mujer, que me amaba y me permitía que la amara.

Con el joven, me encontré en la orilla del Danubio sobre las seis de la tarde. Pasó junto a nosotros, pero como estaba anocheciendo, no nos percatamos de él. Estaba ya a unos veinte pasos cuando lo vi por detrás. De pronto me callé preso de una turbia inquietud. La delgada cintura se destacó con nitidez del fondo de un barco de carga, aunque en realidad me parecía haberlo reconocido por sus pasos. Su vestimenta estaba un tanto gastada. Llevaba en la mano un cuaderno ancho. Tendría dieciocho o solo diecisiete años… Titubeé, no me atrevía a creérmelo… quise darme la vuelta, pero de súbito una violenta punzada me atravesó el corazón, que luego empezó a latir con tal vehemencia que me tuve que parar. Había alcanzado a ver uno de sus movimientos, levantar una mano y llevársela al rostro, ¡ay!, fue terrible, era la misma mano. Incluso reconocí la herida en ella que en el gimnasio había…

Mi mujer me miró asombrada y yo le dije farfullando:

––Por favor… espérame… necesito hablar con ese joven…

La dejé allí y me apresuré hacia él. Pronto moderé mis pasos. Ya estaba oscureciendo. El joven no volvió la cabeza. Sabía que estaba a su espalda.

Continuaba caminando tranquilo. Llegado a un noray se detuvo con calma, se giró hacia el Danubio clavando la mirada en la distancia, hacia los montes. Yo estaba inmensamente aturdido, carraspeé. Me detuve junto a él para que notara mi presencia. Miré su boca con el rabillo del ojo, era aun más fina que la mía. Sus ojos más grandes y más claros. Ay sí, era él. Y el cuaderno que llevaba en la mano, ese viejo cuaderno… que había metido en el fondo de mi armario y que olvidé allí… Era una inquietud pesada y agobiante.

––¿Es que… no me ves?-le pregunté por fin en voz baja.

––Sí-contestó, pero sin volver la cabeza hacia mí.

Yo callaba turbado. De pronto me avergoncé. Era ridículo. ¡Un joven de dieciocho años! El encuentro era raro, pero tenía que arreglármelas. Me mostraré desapasionado. Debía alegrarse de haber tenido la oportunidad de verme.

––Te reconocí en seguida-dije en voz alta-, en cuanto pasaste a mi lado.

––Ya lo sé-dijo.

––¿Y por qué no te acercaste? ¿No te intereso?

No contestó. Me puse nervioso.

––Bueno, ya sé lo reservado y soberbio que eres. Pero ves que eso no tiene ningún sentido… Creéme, me he dado cuenta de que no tiene ningún sentido… Ya te lo explicaré… Y tú mismo reconocerás que no he podido seguir siendo reservado y soberbio. ¿Pero por qué no me miras…? ¿Ves?, llevo bigote… Tengo veintiséis años… Qué raro estás. ¿Estás enfadado conmigo?

No contestó. Su boca se contrajo amargamente.

––¡Eh!-dije-¡Ese magnífico silencio! Está bien, está bien, ya me acuerdo… ¿Y qué? Aquello no se podía hacer hasta la eternidad. Vaya, al final acabarás haciéndome reproches. Anda ya, tu silencio no es gran cosa… No veo que te haya servido de mucho… Tu ropa es de pena hijo mío. Y estás muy flaco. Perdóname que te lo diga, pero yo no podría vestir ropa así… ¿Qué? Anda, llora un poquito y te daré un céntimo.

Fue la primera vez que me miró. Me miró duramente a los ojos. Luego volvió de nuevo la cabeza.

––Hablas mucho-dijo secamente.

Me ofendí.

––¡Oh! ¡Mira! Te crees perfecto. Sí, hablo mucho porque quiero enseñarte… ¿entiendes? Al fin y al cabo, soy mayor que tú… y desde entonces he visto muchas cosas… y he experimentado muchas cosas… tú eres un niño… ¿qué sabes tú?…

De súbito se me entrecortó la voz, agaché la cabeza y sonreí silencioso y turbado, alcé la mano silencioso y turbado y susurré sonriendo y turbado:

––…¿Qué le voy a hacer?… es que no se podía hacer tal como tú te lo habías propuesto. Créeme por favor, no se podía… yo lo intenté… pero te juro que no se podía…

Ahora se giró hacia mí. Me miró con odio y con los labios encorvados.

––¿Dónde está el avión?-preguntó roncamente.

Farfullé turbado:

––Pues… qué le voy a hacer… lo inventó otro… Farman… los hermanos Wright… no estaba presente… Pero créeme que ellos también lo hicieron bastante bien… relativamente bien… Para volar, sirve…

––Ya lo veo-respondió con sorna. Luego volvió a clavar los ojos en mí-. ¿Dónde está el Polo Norte?

Bajé la mirada:

––Lo alcanzó un tal Peary… Sabes, no tenía tiempo… te equivocaste… no se puede todo… yo entonces iba a la universidad…

––Ya-dijo.

A continuación:

––¿Y dónde está la Hungría orgullosa y libre?

––Mira… es que tú eres realmente raro… estamos en ello… yo y otros… pero eso no se hace en un pispás… uno necesita también vivir.

Empecé a farfullar:

––Pero ves que… a pesar de todo, hice esfuerzos para que se cumpliera al menos en parte… lo que te prometí… He escrito. He escrito cosas bastante buenas… Mira por favor los escaparates… mi nombre es conocido… soy célebre… como lo pretendías… y la gente me respeta bastante… ¿Y ves?, he escrito también libros… como lo deseabas… mira… aquí tienes uno… bastante bueno…

Saqué nervioso de mi bolsillo uno de mis libros con dibujos humorísticos y cuentos, y se lo enseñé.

––Mira… Está bastante bien…

Lanzó una sola ojeada al libro, no lo cogió.

––Sí, ya lo he visto-dijo escuetamente-. Está bastante bien.

Extendió el brazo hacia el ocaso y los encorvados montes.

––¿Dónde queda la gran sinfonía, el terrible drama sobre el grisáceo horizonte y los soberbios dioses que laten y se contorsionan tras él?

Me ruboricé.

––Pues… eso no se podía… Eso no se puede realizar en tres actos… Te equivocaste… Un actor no puede desempeñar el papel del horizonte gris… y además me di cuenta de que ese no era el género pertinente… y tampoco podría llevarlo a cabo… Pero escribí sobre el tema un bonito soneto… lo publicó una revista prestigiosa… y tuvo éxito… y desde entonces me pagan mejor…

No contestó. Se sumió en un silencio hosco, su mirada se perdió en la distancia. Quería añadir algo más, explicarle que era muy joven… pero recordaba vagamente que en esas ocasiones, cuando tenía esa mirada, no se le debía molestar. De pronto, me acordé de mi mujer y empecé a inquietarme.

––Por favor-le pedí, ven conmigo y te presentaré a mi mujer. Ah, esto te alegrará. Es una mujer bellísima… una mujer excelente, de gran valor… ¿ves?… y yo la conquisté… me ama… ¿ves?… soy alguien… Como pretendías…

––La conquistaste-dijo-. ¡Anda ya! Ay, ¡qué orgulloso estás de ello! Te le acercaste tú, la conquistaste tú… El castillo bajó del monte, asedió al valle y lo conquistó… El roble conquistó la enredadera y se lió amoroso alrededor de ella… ¿Por qué no se acerca tu mujer?

Fruncí los ojos.

Ahora me miró, y su mirada reflejó un inmenso sarcasmo.

––Eres necio-dije-. Un niño. Esas son fantasías. No llevas razón. Yo llevo la razón. Yo soy adulto, he conocido la vida. ¡Qué sabes tú de la vida! ¡Todo el mundo se reiría de ti!

Se puso a mi lado muy cerca de mí y me miró a los ojos. En ese momento me percaté de su tupido pelo moreno.

––No quería conocer la vida… quería que la vida me conociera a mí… Sin duda, todo el mundo se reiría de mí, y tú no querías que por mi culpa se rieran de ti… Pero tú lo sabes Mírame a los ojos, atrévete a mirarme a los ojos… tú sabes que el ridículo y pequeño eres tú… y que yo llevo la razón… y que lo que yo digo no es ridículo en absoluto… sabes que tengo razón… pobre de ti… pequeño… eres un cero a la izquierda… Atrévete a mirarme a los ojos…

Tuve que volver la cabeza, la situación era absurda e incómoda. El se fue alejando de mí poco a poco, luego dejó de mirarme y emprendió el camino lentamente, pensativo…

Solo minutos después, fui capaz de hablar en voz baja:

––¿A dónde vas? Quédate… -susurré. Pero él ya no volvió más. Solo alcancé a oír sus palabras que me llegaban desde la lejanía:

––Recuerda que me has visto una última vez… Y si aún queda algo de mí en ti, moja tu pluma en el fuego del sol poniente y escríbeles… escribe este último encuentro… y escríbeles cómo te he abandonado y cómo he desaparecido fundido con el cielo crepuscular, joven, hermoso e infinitamente libre para no volver a verte…

Esas palabras ya me llegaban de muy lejos, y la delgada figura se iba adelgazando, derritiéndose y alzándose. Seguí mirándola un rato, creía verla, pero luego me di cuenta de que solo una delgada nube flotaba por el cielo rojizo.

Mi mujer se impacientó.

––¿Quién era ese joven?-preguntó.

––Un viejo conocido-le dije confuso-. Un chico simpático…

––Sí-contestó mi mujer algo irritada-. Pero de malos modales. ¿Por qué no se ha presentado? Y eso que se parece mucho a ti.

Luego hemos venido a este café. El mal humor que pesaba sobre mí se ha ido mitigando lentamente.

El tema es hermoso-dije para mí mismo ya alegre-. Para un poema sería demasiado largo, pero serviría para un cuento. Un relato breve y sarcástico. Por cierto, hoy es martes, conviene entregar algo.

Pedí papel, y tras un rato de reflexión escribí el título: “Encuentro con un joven…”

Y la herida ya solo dolía quedamente.

Traducción de Eszter Orbán y Elena Ibáñez

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