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Historias romanas

Sándor Lénárd


No importa por dónde empiece. En el universo todo está relacionado con todo. Todo forma parte de un mismo gran proceso, cuyo rumbo tan solo intuimos; y que cada uno se imagina de una manera diferente. ¿Acaso se detendrá la gran máquina una vez se haya dispersado uniformemente el calor de las estrellas en el espacio? ¿Acaso se alzarán en el cielo guirnaldas humanas a la Michelangelo el último día?

EN ROMA

1938

Primer capítulo

No importa por dónde empiece. En el universo todo está relacionado con todo. Todo forma parte de un mismo gran proceso, cuyo rumbo tan solo intuimos; y que cada uno se imagina de una manera diferente. ¿Acaso se detendrá la gran máquina una vez se haya dispersado uniformemente el calor de las estrellas en el espacio? ¿Acaso se alzarán en el cielo guirnaldas humanas a la Michelangelo el último día?

El hecho es que solo el Estado conoce fronteras. Los sucesos confluyen como las olas del océano; a veces también ellas parecen unos resueltos soldados marchando hacia un mismo destino. El escritor aferra la realidad en alguna parte y llega a lo que debe decir: “Tres caballeros en armadura se dirigen hacia el castillo” o “Una golondrina pasa volando ante la iglesia griega…”, ocho renglones más allá ya vemos a Juan apretando los puños, y nuestra alma, de alguna manera, ya se ha fundido con la suya. Apenas llegados a la segunda página palidecemos si apuesta una inmensa suma a una sola carta…

Entre el mundo libresco y el mundo vivo no hay límite. La historia de la Humanidad es la descripción desde un determinado punto de vista de los cambios producidos en la proteína. El libro es la proyección de los procesos químicos desencadenados por la pluma, el papel y la tinta de imprenta; el rayo que refleja la letra vuelve, a través del cristalino y el cuerpo vítreo, a la proteína de la retina, donde crea una imagen reflejada del proceso anterior. La lectura de una atrocidad termina produciendo el mismo flujo de adrenalina que la atrocidad misma. El mundo libresco no es un mundo aparte, la frontera es fluida: la imagen de los movimientos entra en él a través de la tinta. Ni siquiera la imaginación crea nada nuevo, solo vierte lo existente en una forma más modesta y atractiva.

Lo más sencillo es que empiece por el momento en que salí con mi pequeña maleta de la estación de tren de Roma y miré alrededor en la gran plaza, donde pululaba la gente y los tranvías esperaban en fila. Un antiguo muro de ladrillo romano miraba abajo desde el otro lado de la plaza. A veces la gente gritaba algo en la lengua en que se canta el Don Giovanni en el Festival de Salzburgo, pero por alguna razón sonaba diferente. Unos soldados se daban empujones ante una puerta. De niño había visto el mismo uniforme y el mismo sombrero con una pluma: “Prisioneros de guerra italianos”, se reían los tiroleses cuando veían un grupo de ellos. “Prisioneros de guerra italianos”, repetí inconsciente, italianos.

Tenía tiempo de sobra. Me senté pues sobre mi maleta en un rincón de la plaza a la espera de acontecimientos. Tenía la sensación de que estaba a punto de alzarse un telón y de comenzar el espectáculo por el que había viajado hasta allí desde Viena. De que iba a arrancar un nuevo proceso, en el que entraría con mi pequeña maleta, me darían un papel, hablaría, existiría. Esperaba que las cosas ocurrieran como solían hacerlo en mis sueños. Alguien nos enseña una imagen, la gente se mueve en ella, nosotros entramos, seguimos viviendo allí hasta que alguien saque otra postal de su bolsillo.

El mundo podía dar un vuelco. En Venecia había hablado con un caballero francés que estaba bien enterado. “Musolini padece úlcera gástrica, dijo, tiene una salud precaria. ”Esa úlcera puede romper la pared del estómago. La pared del estómago es de un grosor de cuatro o cinco milímetros; quizá solo esa ridiculez nos separe de la paz. Dos capas de músculos y una membrana. La úlcera va profundizando, sangra y se desborda. La operación llega tarde. Un sepelio. Luego el ejército y el partido se enfrentan por el poder; es más, tal vez ni siquiera se llegue a un sepelio. Alemania pierde a su vasallo más fiel justo cuando se inicia la lucha diplomática por anexionarse a los alemanes de Bohemia. La tensión se suaviza. La dictadura cesa y perece. Se vuelca como un aro que ha perdido impulso.

O quizá le toque a Hitler. Es imposible que en la sabia y comedida Alemania no se haya urdido una conspiración contra el dios de Köpenick. ¡Coroneles y obreros han sido capaces de detener a ese terrible cilindro de acero antes de que se abra camino hacia el borde del precipicio! Quizá los conspiradores ya hayan actuado y hayan capturado al pintor de brocha gorda que ha subido demasiado alto por la escalera-el pueblo alemán permanecerá callado y a lo mejor también rezará al enterarse de que el Líder ha sido fusilado mientras huía-, quizá los vendedores de periódicos me estén gritando la noticia, quizá por eso corran hacia mí. Voy a comprar un periódico. Mis conocimientos de italiano se reducen al latín y al francés, pero una cosa entiendo bien: que los dictadores continúan vivos. No regresaré a Viena en el próximo tren. Me quedo aquí, hasta que pueda emigrar a una isla tranquila, a algún lugar bajo las palmeras del Océano Pacífico.

Por el momento estoy aquí y tengo que emprender una nueva vida.

¡Emprender una nueva vida! ¿Quién no se ha decidido nunca a ello? Lo más común es animarse a empezar una nueva vida tras el sermón matutino del domingo. O cuando el médico afirma que los resultados del análisis de la sangre son, esta vez, negativos. O cuando dice que, bueno, esta vez se ha curado, pero la próxima tenga cuidado. O cuando alguien se pone a aprender inglés o deja de fumar… Pero una nueva vida, y ellos lo saben mejor que nadie, precisa de una intervención más dolorosa. Ni siquiera un par de años en la cárcel o el monasterio son suficientes. Si quieres emprender una nueva vida, coge tu pequeña maleta y vete a un país extranjero. No te lleves dinero, porque tarde o temprano terminarás comprándote con él tu vieja vida: volverás a adquirir tus libros y tus partituras más queridos, mantendrás correspondencia con tus amigos, amueblarás tu habitación según tu viejo gusto. Tendrás un escritorio y una lámpara, como en casa, utilizarás la misma tinta, tomarás los mismos medicamentos y te rodearás de las mismas plantas que en casa siempre esperabas que florecieran. En la pared colgarás la imagen de tus padres, y tus viejos diarios estarán a tu lado. Tu vieja vida emanará de los objetos que te han acompañado hasta el momento y que han sido tus fieles servidores, estrangulando tu nueva vida.

Si decides emprender una nueva vida, has de acabar con la vieja. Has de morir y has de resucitar. Has de aprender balbuceando el nuevo idioma y los nuevos parangones formados con las nuevas palabras; si quieres citar, has de memorizar nuevos versos. Has de aprender que la botica tiene otro olor. Que otras son las palabras de cortesía y otros los tabúes. Has de exclamar de otra forma si alguien te pisa en el pie. Si tienes hambre, sueñas con otras comidas. Si ganas dinero, son nuevos los números que indican su valor.

A los veintiocho años resulta ya difícil emprender una nueva vida. Ya se ha echado raíces, ya se ha aprendido y se ha conseguido algo. Se tiene capital: amigos, la confianza de los tenderos, un idioma, del que se conocen todos los secretos, y que al parecer describe perfectamente el mundo que le es familiar. Si se es filósofo, los cimientos de su sistema ya están construidos. Si se es poeta, ya conoce su propia voz. Si se es comerciante de zapatos, tiene sus contactos. Las heridas cicatrizan con más lentitud que a los dieciocho años. En las venas se forman manchas escleróticas, el cristalino ya es meno flexible y ya ha vivido los grandes amores, o al menos eso cree; ama sus costumbres, a sus queridos escritores y sus queridos paseos. No es bueno empezar de nuevo.

Ni siquiera a los diez años. Ya entonces resulta difícil aprender perfectamente un nuevo idioma de modo que la imaginación pueda volar en él libremente. A esa edad ya significan algo “hace mucho” y “antes”.

Allí, junto a la estación sentía nítidamente que no hay mayor determinación que emprender una nueva vida. Es mucho más sencillo poner fin a la vieja con una bala. Una nueva vida solo se puede emprender con ojos ciegos; o como si uno avanzara en la neblina: mirando dónde pisa. Con la fe de que un solo paso más adelante surgirá el milagro, y podremos regresar a la vieja vida.

En Roma quedaba un resto de mi vieja vida: la habitación en la que diez años atrás había pasado unos días de verano. El ama tenía una hija agraciada, pálida y de ojos profundos como un pozo. La habitación estaba a la vuelta de la esquina. Allí acudí.

Traducción de Eszter Orbán y José Miguel González Trevejo

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