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La bella y la bestia

Cuento popular húngaro


Érase una vez un mercader rico que tenía tres hijas. Un día, antes de que el mercader partiera para un largo viaje, llamó a sus hijas para preguntarles qué regalo querían que les trajera.

La mayor pidió a su padre preciosas perlas, la segunda un vestido de brocado, y la menor, que no quería agobiar a su padre con peticiones, finalmente se dejó convencer por sus hermanas y le pidió una rosa blanca.

Érase una vez un mercader rico que tenía tres hijas. Un día, antes de que el mercader partiera para un largo viaje, llamó a sus hijas para preguntarles qué regalo querían que les trajera.

La mayor pidió a su padre preciosas perlas, la segunda un vestido de brocado, y la menor, que no quería agobiar a su padre con peticiones, finalmente se dejó convencer por sus hermanas y le pidió una rosa blanca.

El mercader se marchó, y compró todo lo que le habían pedido sus dos hijas mayores, pero no logró conseguir por ninguna parte una rosa blanca para su hija menor. Miraba todos los jardines para poder complacer a su querida hija pequeña, cuando finalmente vio en un lujoso jardín una hermosa rosa blanca. Se detuvo en seguida, abrió la puerta del jardín, entró y miró alrededor. En el jardín no vio a nadie y, por más que llamara, no apareció ni un alma. Entró en el palacio, donde encontró unas preciosas habitaciones, pero no había nadie en ellas. Después de observar bien todo, volvió al jardín y arrancó la rosa blanca. Acto seguido, salió de entre la espesura de un arbusto dando un gran salto, una repugnante bestia y le gritó:

–-¿Cómo te atreves a hacer esto?

El mercader le explicó que quería cumplir el deseo de la más bella de sus hijas. La bestia lo escuchó, y luego dijo:

–-Bien, que se cumpla tu deseo, pero al cabo de tres días quiero ver a tu bella hija aquí, si no, te quitaré la vida.

Afligido, el mercader emprendió el camino de vuelta a casa. Cuando llegó, sus hijas corrieron a recibirlo; la primera, aquella a la que más quería. El apenado padre relató lo que había sucedido, pero la menor lo consoló diciéndole que lo rescataría con mucho gusto, y pronto comenzó a prepararse para la partida.

En el día y la hora señalados, fue a buscarla una carroza tirada por seis caballos. Se despidió de sus desconsolados padres, y como nadie debía acompañarla, emprendió el camino sola. Cuando llegó al palacio, ya era oscuro. Tras bajarse de la carroza, las puertas del palacio se abrieron ante ella, pero no vio ni un alma. En la cocina, los asados giraban por sí solos, y las delicadas comidas se guisaban y se asaban solas. Todas las habitaciones estaban ricamente decoradas, pero allí no había nadie.

La muchacha fue al comedor, donde la mesa se puso por sí sola, pero solo para una persona. Iban llegando las mejores comidas, una tras otra. La muchacha se sentía muy triste, y al principio no se atrevía a tocarlas, pero luego tomó ánimo y comió.

Después de la cena, las comidas salieron por sí solas, la mesa se quitó ella misma y la cama se hizo. Mucho tiempo lloró la muchacha, pero finalmente se acostó y se durmió.

Por la mañana se levantó, el desayuno ya estaba preparado y la esperaba, y todos sus deseos se cumplieron.

Después del desayuno, fue al jardín a dar un paseo, se quedó allí durante todo el día y se divirtió con las flores. No le faltaba nada, y solo lloraba por que Dios le dejase ver por fin algún animal vivo. Tras haberse acostumbrado ya un poco a aquel lugar y haber llenado la soledad con un poco de alegría de sus cantos, antes de la cena vio que la mesa estaba puesta para dos personas.

Primero se asustó sobremanera, pero luego se dijo que no le importaba quien apareciera, tan solo deseaba que por fin apareciera alguien vivo.

Cuando la cena llegó a la mesa, una fea bestia se presentó ante la muchacha, se sentó junto a ella y cenó a su lado sin decir palabra. A partir de entonces, la bestia llegaba cada día para cenar con ella, y la muchacha, poco a poco, se fue acostumbrando a su fealdad, y fue dejando de temerle.

Un día, la muchacha le dijo a la bestia:

–-Me gustaría volver a casa para ver a mis padres y hermanas.

La bestia le dio un anillo y un espejo y le dijo que por la noche, al acostarse, pusiera el anillo debajo de un vaso y que se imaginara estar en su casa y de repente, se hallaría allí. Luego, tendría que llevar el anillo siempre puesto, y no debería dejárselo a nadie, porque si se lo quitaba del dedo, la olvidaría al instante. Si se miraba en el espejo, vería a la bestia, qué hacía, cómo vivía y cómo le iba la vida.

Cuando llegó a casa, sus padres y sus hermanas apenas la conocieron, pues la creían muerta desde hacía mucho tiempo; ella les relató su historia y les enseñó el anillo y el espejo. A sus hermanas les gustó el anillo sobremanera, y le pidieron que se lo prestara por un par de días, pero ella no se lo quiso dejar de ninguna manera.

Sin embargo, sus hermanas se lo quitaron por la noche y se lo pusieron en sus dedos; así que la muchacha olvidó por completo a la bestia. Así pasó una semana tras otra.

Un día, se le apareció en sueños la bestia, con el cuerpo destrozado, pidiéndole ayuda. En cuanto se despertó, en seguida les quitó el anillo y el espejo a sus hermanas; se miró en el espejo y vio a su querida bestia, moribunda y bañada en su propia sangre. Inmediatamente deseó estar a su lado y su deseo se cumplió, pero recorrió el jardín y todos los rincones del palacio sin encontrar a la bestia por ningún lado. Finalmente la halló en un barrizal, moribunda. Se inclinó sobre ella, lloró y le suplicó que no se muriera, que se casaría con ella.

Apenas pronunció esta palabra, el palacio se llenó de gente, se empezó a sentir un gran júbilo y música, pero ella no oyó nada porque vio a la bestia convertirse en un hermoso príncipe. Lo había hechizado un hada, y tenía que llevar aquella fea piel hasta que una muchacha bella se casara con él por su propia voluntad.

Hubo boda con un gran banquete, y fueron felices y comieron perdices.

Traducción de Eszter Orbán y Elena Ibáñez

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