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Poder cultural: El Museo Etnológico de Budapest

Tomàs Escuder Palau

El interior del museo
El interior del museo
El Palacio de la Justicia –el actual Museo Etnológico– fue construido en 1896 según los planes de Alajos Hauszmann. La convocatoria exigía un edificio monumental, solemne que al mismo tiempo irradiara cierta modestia. El estilo neorrenacentista salpicado con elementos barrocos, sus proporciones equilibradas y solemnidad clasicista son características propias del eclecticismo tardío. Durante la II Guerra Mundial el palacio sufrió daños serios, pero fue renovado, y desde 1950 hasta 1957 sirvió de sede para el Instituto de Movimiento Obrero. Después de la revolución de 1956 la Pinacoteca Nacional Húngara ocupó gran parte del edificio, aunque una ala continuó siendo propiedad del Instituto de Historia del Partido. El Museo Etnológico se trasladó al palacio en 1973.

El Museo Etnológico de Budapest es uno de los primeros museos especializados en Europa. Se fundó en 1872 cuando János Xantus (1825-1894) fue nombrado presidente del Departamento Etnográfico del Mueso Nacional de Hungría. Xantus –que había luchado contra los austriacos en la Guerra de Independencia de 1848-1849– era un jurista que gracias a sus viajes por el Asia Oriental se convirtió en etnógrafo. Impulsó la colección de objetos etnográficos húngaros para la Feria Mundial de Viena de 1873. Las dos colecciones –de Asia Orienetal y de Hungría– fueron la base de las exposiciones permamentes del Museo.

Casi 25 años más tarde, en 1896 János Jankó, el director de entonces, para la famosa Feria del Milenio de Budapest montó una exposición al aire libre de 24 casas típicas de todas las regiones de Hungría. De aquí pasaron a formar parte de los materiales de la Institución. A principios del siglo XX el Museo Etnológico fue uno de los museos especializados más importantes de Europa. Su empleado Béla Vikár fue le primero en el mundo de recoger canciones folclóricas con la ayuda del fonógrafo. Béla Bartók y Zoltán Kodály siguieron sus pasos, y gracias a las investigaciones de música popular el museo ganó fama internacional. La colección etnográfica se amplió durante las primeras décadas del siglo XX y en 1930 se publicó la primera monografía de cuatro tomos con el título Etnografía húngara.

La actual exposición permanente –La cultura tradicional del pueblo húngaro– es una muestra de los objetos de la vida rural desde los finales del siglo XVIII hasta la I Guerra Mundial.

Digamos que siempre había tenido una idea, aunque vaga, de lo que Hungría significaba como potencia cultural europea. Lo imaginaba y, además, lo presuponía por toda una serie de datos y detalles. Pero eso era antes de visitar y vivir largos periodos en este país.

Ahora esa imagen se ha confirmado. Digamos que se confirma cada día que pasa.

Como nunca vine como turista no se me ocurrió hacerme un listado de aquellos lugares que debía ver o visitar pues pensaba que poco a poco los iba a ir encontrando.

Así ha sido y uno de mis recientes descubrimientos es el Néprajzi Múzeum o, traducido al castellano, el Museo Etnológico. Hablar tanto de su privilegiada situación en el corazón mismo de la ciudad de Budapest o de su arquitectura pueden sonar a tópicos y lugares comunes. Pero no lo son. Enfrente mismo del Parlamento, por lo tanto en la ribera del Danubio, es lugar de fácil acceso y que permite la observación de su imponente fachada desde una distancia suficiente como para admirarla en su magnificencia. Y si no fuera porque la mole soberana de la Casa del pueblo hace que hacia ella se dirijan las miradas, el edificio del Museo las atraería todas.

El estilo arquitectónico y decorativo, tanto exterior como interior es de aquellos que impresionan. Más en el interior que fuera. La entrada, con sus escaleras principescas, los altos techos y las columnas soberbias, no llegan a intimidar porque, aun siendo una arquitectura grandiosa, tiene el elemento humano como medida.

Pero claro, al Museo se viene a visitar su contenido. Y aquí hay que hacer una distinción como suele pasar con este tipo de instituciones. Por un lado tenemos las exposiciones temporales que se renuevan de vez en cuando, por otro, la permanente, la propiamente etnológica que ocupa algunas de las salas principales.

En ellas más que en las otras me he entretenido. Las he visitado más de una vez. Y eso es lo que recomiendo al futuro visitante porque el volumen, si se quiere ver con una cierta atención, es tan enorme y variado que requiere tiempo. Contienen por lo menos cuatro apartados: el del ciclo vital, el de las casas y el de la vida en los pueblos, más una parte de indumentaria muy surtida. Y a través de ellos nos podemos hacer una idea bastante clara de como era la Hungría tanto la rural como la urbana de hace un siglo. Es una manera rápida, fácil de ver lo que la ha configurado. Y bien es cierto que, una vez más, aquí en el Museo como en la realidad actual, se puede ver esa dualidad que existe en la sociedad húngara. La gran cultura urbana de una parte, y la discreta cultura popular por otra. Ambas igualmente apreciables pero diferentes y, a veces, muy distantes en tantas cosas.

En el Museo se pone de relieve una vez más esa imagen que me alcanzó hace tiempo: la del poder de la alta cultura de este país. Porque no hay mas que ver como ya a mediados del siglo pasado se respiraba en Budapest lo que tardará bastante tiempo en llegar a lugares igualmente europeos.

Aquí el estudio tanto de sus propias culturas nacionales, como un modo de hacer autoanálisis, era ya un tema al que se le dedicaba atención. Y, al mismo tiempo que se fundaban Museos como éste, se ponían en pie estudios e investigaciones que todavía hoy continúan creando la gran tradición cultural que aquí existe en casi todos los campos del saber humano.

No es gratuito el prestigio que los hombres de ciencia de este país tienen en el extranjero. Y este Museo, como otros que he ido visitando poco a poco me confirman mi primera impresión de ser Hungría una potencia cultural a pesar de su reducida demografía.

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